Marchena y Zaragoza, los dos protagonistas del juicio del «procés»

Con exquisita corrección y un absoluto control de todo cuanto acontece a su alrededor, el presidente del tribunal del «procés», Manuel Marchena, está demostrando con creces por qué todas las miradas se posaron en él cuando se buscó al mejor candidato para presidir la más alta instancia jurisdiccional del país, el Tribunal Supremo.

Si su renuncia a ese puesto (en defensa de la independencia judicial) ya dignificó a toda la carrera, la forma en la que está conduciendo esta vista es, para muchos, el fiel reflejo de la esencia de un juez: sin una tacha de parcialidad y una autoridad fuera de toda duda.

Ni un reproche podrá hacer Estrasburgo a la forma en la que el presidente de la Sala Penal está llevando a cabo este juicio, con una publicidad absoluta y un escrupuloso respeto a los derechos de los acusados. A Marchena, moderado y dialogante, no le ha temblado el pulso al abroncar –siempre de forma exquisita– a las defensas, pero tampoco a ninguno de los representantes del Ministerio Fiscal, a la Abogacía del Estado o a los letrados de Vox.

Durante estos días ha demostrado tanto los amplios conocimientos jurídicos que se le presuponen, como sus reflejos para declarar la impertinencia de preguntas, no escuchar más alegatos políticos de los estrictamente necesarios (bajo la amenaza de Estrasburgo) o percatarse de cuando quieren meterle un gol. En apenas seis sesiones todas las partes ya tienen claro cuáles son las líneas rojas que no se pueden cruzar.

Zaragoza, puesta en escena arrolladora

Con un marcado perfil ideológico, tiene amigos y enemigos a partes iguales, pero todos coinciden en su arrolladora puesta en escena y en su habilidad en los interrogatorios: cuando coge una presa no deja de marearla hasta que cae rendida.

Y eso es lo que ha hecho en el juicio del «procés», donde ha conseguido eclipsar a sus tres compañeros con dos intervenciones estelares: la que abrió el telón con las cuestiones previas y la declaración de Jordi Sànchez, a quien, pese a reconducirle el presidente Marchena, logró sacarle varias contradicciones en un duelo de más de tres horas. Sin embargo, fue una medida más efectista que práctica, pues la estrategia de la Fiscalía es demostrar la rebelión en las pruebas testificales, periciales y documentales.

Nadie espera la confesión del acusado y preguntarle por la violencia tiene, señalan fuentes jurídicas, el efecto contrario: permitirles pronunciar más veces la palabra paz. Al margen de algún sonado tropezón de sus compañeros con las fechas o los nombres de resoluciones aprobadas, no se puede negar que Zaragoza es hábil y tiene carisma en los en estrados –como ya demostró en sus brillantes conclusiones tras el juicio del 11–M– y también una mayor experiencia y relación con el mundo de la política: no en vano fue diez años fiscal-jefe de la Audiencia Nacional. El destino le une hoy a fiscales «más técnicos», como Jaime Moreno, Fidel Cadena y Consuelo Madrigal, que como fiscal general fue radical en la defensa de la autonomía del Ministerio Público, lo que le acabó costando el cargo.

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