Los últimos días del bipartito

En la misma noche de aquel 1 de marzo de 2009, y con mayor intensidad en los días siguientes, la izquierda política y sus aliados mediáticos extrajeron una conclusión de las elecciones gallegas que acababan de devolverle al PP la mayoría absoluta: el gobierno de coalición de PSOE y BNG estaba en disposición de seguir rescatando a Galicia del pozo donde la sumió el «fraguismo» y conducirla hacia un futuro mejor, pero fue una inesperada «campaña sucia» de la derecha, con apoyo mediático, la que truncó ese progreso.

A punto de cumplirse diez años de las elecciones que iniciaron el cambio de ciclo político en España, protagonistas de aquel gobierno bipartito arrojan luz y matizan las interpretaciones más superficiales. Lejos de victimismos, reconocen que los pecados estaban dentro y no en el enemigo exterior. «Un gobierno en el que el presidente y el vicepresidente no se hablaban era imposible», lo resume un estrecho colaborador de Emilio Pérez Touriño. Y sin embargo, la historia pudo haber tenido otro guión bien distinto.

Prólogo: agosto de 2008.

El adelanto que pudo cambiarlo todo

La crisis económica estalla con la burbuja de las hipotecas basura a finales de 2007. Todavía no ha cruzado el charco cuando el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero revalida su mayoría en las elecciones del marzo siguiente. Pero el espejismo se diluye al poco tiempo, y los indicadores empiezan a encender las luces de alarma ante una crisis cuya dimensión todavía nadie es capaz de imaginar. A José Blanco, secretario de organización del PSOE, le preocupa que las consecuencias puedan afectar a la siguiente cita con las urnas, las gallegas previstas para el verano de 2009. Y avisa personalmente en agosto de 2008 a Touriño: lo más conveniente es adelantar al otoño de ese año, aprovechar los últimos vientos de cola de la bonanza económica ante lo que pueda llegar.

La Xunta bipartita no era ajena al paulatino empeoramiento de la situación. «Desde mediados de 2008 había ya datos sobre la mesa, puestos de manifiesto en el Consello de la Xunta», reconoce un exconselleiro socialista. Aquel verano, el PSdeG toma partido abrumadoramente en favor del adelanto, e incluso las controvertidas encuestas que José Manuel Rivera Otero «Petene», el secretario xeral de Análise e Proxección y uno de los más estrechos asesores de Touriño, arrojan que todavía se puede rentabilizar la acción de gobierno y subir de tres a cinco diputados, más lo que por su lado mejore el socio nacionalista. «Había drogas duras, blandas, y las encuestas de Petene», ironiza un destacado exparlamentario del BNG de entonces, «a Touriño le hizo mucho mal el envenenamiento por incienso».

Pero ¿era el adelanto un clamor unánime alrededor de Touriño? No. Un pequeño sector, un puñado de colaboradores le susurran al oído que es mejor aguantar la legislatura. «Si Pepe (Blanco) dice que se adelante y tú dices lo que dice Pepe, va a parecer que eres débil», es el comentario que más erosiona la confianza del presidente. Ese círculo lo conforman principalmente Rivera Otero, los conselleiros María José Caride y José Luis Méndez Romeu «y la mujer de Touriño», Esther Cid, en palabras de un alto cargo de la Presidencia.

Lo que debía ser una decisión alrededor de los intereses generales del PSdeG y, por extensión, de la coalición de gobierno, se toma en clave personal. Rivera Otero llega a decirle a Touriño «que tiene mejor valoración entre el electorado que el propio Zapatero», una de las mejores bazas del PSOE. «El discurso de ‘tu imagen está en juego’ a Emilio le hizo más efecto que ‘tu presidencia está en juego’», sintetiza este alto cargo. La alargada sombra de un todopoderoso Blanco nubla la visión del presidente, que «se siente muy presionado y responde con un ataque de arrogancia», explica este exconselleiro socialista.

«El discurso de “tu imagen está en juego” a Emilio le hizo más efecto que el de “tu presidencia está en juego”», asegura un exasesor de Touriño

En esencia, no se consideraba ni por asomo que el PP pudiera recuperar la mayoría, y con esa variable descontada, Touriño convoca a los medios el 28 de agosto en Monte Pío para anunciarles el no anuncio: no adelantará las elecciones en respuesta no a clamor ciudadano alguno, sino a su propio partido. «Fue una decisión sesgada y mala», sentencia un dirigente socialista de la época, «se toma con poca perspectiva».

Antes de oficializar su parecer, «Touriño hace muchas consultas, escuchaba y preguntaba, pero no se pronunciaba», evoca uno de sus más próximos colaboradores. Era «tan reservado y tan desconfiado» que no comunicó su parecer hasta pocas horas antes de convocar a la prensa. Y su gabinete, que no conocía la decisión, llegó a prepararle dos discursos, uno para el adelanto, y otro, el que finalmente leyó, para agotar el mandato.

En su comparecencia, alude a que dio su palabra de llegar hasta 2009 y él mantiene «un contrato con los gallegos». En el partido, a dirigentes como Ricardo Varela se lo llevan los demonios. «No conozco a nadie que haya ido a votar y diga que lo ha hecho en contra de alguien por haber adelantado unas elecciones», comenta a sus próximos. Tras esta decisión, Touriño cava una sima que le enfrentará no solo a Ferraz, sino al partido en Galicia, con «terribles» consecuencias en los meses siguientes.

¿Alguien le consultó al socio nacionalista sobre el posible adelante? «Con nosotros no se habló», responde un exalto cargo de la Vicepresidencia; «no fue un tema que se debatiera en el gobierno», añade un exconselleiro del Bloque; «Touriño consideraba que era una prerrogativa exclusiva del presidente, como si estuviera puesto allí por la gracia de Dios y no por un acuerdo político con el BNG», apostilla este exdiputado. El malestar nacionalista estaba lejos de alcanzar su punto más tenso.

El estallido

El eólico dinamita el gobierno

A partir del «no adelanto», «empieza una carrera contrarreloj, todos a acelerar para sacar los proyectos pendientes», relata un dirigente del BNG. En el ala nacionalista, la estrella era el concurso eólico que durante toda la legislatura fue amasando la Consellería de Industria que dirigía Fernando Blanco. «Fue el resultado de una planificación, de un estudio», explica, aunque desde el principio había recelos en un PSOE que no compartía el modelo de la participación pública en los parques eólicos «porque esto no es un país del este». «Esta vía aseguraba un retorno para los gallegos y que no repercutiera en la factura de la luz, cosa que el canon eólico sí hace», defiende aún hoy el Bloque. Pero el PSOE no se fía, y en la última reunión técnica entre la consellería nacionalista de Industria y las socialistas de Política Territorial y Medio Ambiente, los representantes de estas dos últimas se levantan y dan plantón. Como colofón, esta desautorización expresa se filtra a la prensa.

«Aquello fue una deslealtad absoluta», asevera un exdirigente nacionalista, «pero tampoco cogió por sorpresa porque fue la tónica de toda la legislatura». La diferencia es que aquella división entre los socios nunca antes había trascendido, y ahora se hacía a bombo y platillo.

El Bloque entendió a la primera que si Caride desautorizaba el concurso eólico es que tenía la bendición del presidente de la Xunta

Además, no desautorizaban al BNG dos consellerías cualquiera. Política Territorial estaba dirigida por María José Caride, una desconocida hasta aquel entonces elegida personalmente por Touriño para aquella cartera, y que durante toda la legislatura exhibió una capacidad de «influencia enorme» sobre el presidente más allá de su propio departamento, destaca un exconselleiro del PSdeG, «eso dio lugar a muchos comentarios, ninguno agradable para ella, basados en que nadie le reconocía méritos para ser consejera áulica».

La lectura que hizo el Bloque fue automática: si Caride ordena a los suyos desautorizar el concurso eólico es que tiene la bendición del presidente. Aquello encoleriza al conselleiro Fernando Blanco, que en una entrevista reta a Touriño a que anule el procedimiento «si tiene competencias» y que si quiere conocer las adjudicaciones eólicas deberá leer el DOG. Pura dinamita.

La furia de Touriño, un tipo de reconocido mal carácter, estalló. «Amenazó a gritos con destituir a Fernando Blanco y que Quintana se hiciese cargo», pero al mismo tiempo «era consciente de que eso hacía saltar por los aires el pacto de gobierno», cuentan dos testigos de aquella crisis. «Fue una provocación estúpida del conselleiro», añade otro exasesor de Touriño. Y sin embargo, voces del PSdeG veían en aquello una oportunidad para romper con un socio nacionalista «que se había pasado toda la legislatura en un intento absurdo por diferenciarse», preso «del miedo a ser fagocitado» y que le llevaba «a hacer hincapie todos los días en que había dos gobiernos», con la rémora para la opinión pública que aquello conllevaba.

Lo cierto es que Touriño no cesó a Fernando Blanco. Ni siquiera le pidió explicaciones, pero no por que el BNG le negara esa facultad, sino porque deliberadamente desistió de coordinarse con los departamentos de su socio. En declaraciones a ABC, el exconselleiro Blanco asegura que Touriño «no me llamó en la vida, y si alguna vez lo hizo y no fui, que lo diga porque lo denuncio». «Los altos cargos de las consellerías socialistas se levantaron del concurso eólico por una decisión política y no técnica, y así nos lo reconocieron», añade, «y me doy cuenta de que [el presidente] quiere una guerra, y yo no soy prudente tampoco», afirma como justificación a sus polémicas declaraciones. A su juicio, los socialistas «se empeñaron más en pelear contra nosotros que en asentar el gobierno».

El estallido del concurso eólico fue la primera quiebra pública del matrimonio político PSOE-BNG, en las postrimerías de la legislatura, pero que daba la razón de lleno a aquellos que se referían al gobierno como «un bipartito». «En ese momento pasamos de ser un cogobierno a un bigobierno», reconoce un exalto cargo de la Vicepresidencia. No era una solitaria golondrina intentando hacer verano, era la eclosión de un mandato de tensos desencuentros entre los dos socios, que en el pasado se habían ido solventando a través de diálogo forzoso, pero que en aquel caso no encontró arreglo.

«Todo venía del mal feeling entre Emilio y Quintana», cuenta un exconselleiro socialista, «Emilio se quejaba de que Quintana no lo respetaba, y viceversa». El vicepresidente nacionalista, no obstante, sí intentó mejorar la imagen de cara al exterior de ambos dirigentes. «Se lamentaba de que nunca comían a solas, que Emilio nunca lo llamara para tomar un café y abordar algún tema. Todo era seco, por personas interpuestas», añade. «La relación era muy mejorable», admite Fernando Blanco, «pero hay que hacer esfuerzos para mejorar», y el Bloque no los veía en el PSOE.

«El escándalo eólico debió pararse antes de que estallara, porque no había puentes posibles entre el presidente y el expresidente; no se hablaban»

«Touriño era de esos que creía que el nacionalismo era una suerte de mal pasajero, una dolencia transitoria, advenedizos que ocupábamos unos votos que no se sabe con qué derecho innato correspondían al PSOE, y que cuando pasara aquel estado febril irían del BNG de regreso al socialismo», analiza un exdiputado nacionalista.

«Era imposible un gobierno en el que el presidente y el vicepresidente no se hablaban y que se miraban por el rabillo del ojo para ver quién iba en la página impar de La Voz de Galicia», retrata con crudeza un excolaborador del dirigente socialista, «básicamente faltó cultura de coalición». «Este escándalo debió haberse parado antes de que estallara», admite otro exconselleiro del PSdeG, «pero no sé cómo, porque cuando la desconfianza se tornó absoluta, no había puentes posibles». Al final, el mantra del PP del «bipartito» emergía en el debate político con una fuerza incontrolable.

El divorcio

Entre Touriño y el PSdeG

Tras anunciarlo a finales de diciembre, el 7 de enero de 2009, con el concurso eólico calcinando su gobierno, el presidente de la Xunta firma el decreto de disolución del Parlamento y convoca a elecciones para el 1 de marzo. Su socio ha tenido noticia del adelanto técnico de apenas tres meses minutos antes de comunicarlo al gabinete en una reunión extraordinaria. A Touriño se le iba a abrir otro frente hostil hasta el comienzo de la campaña: el profundo desafecto de su partido hacia su persona y su gobierno.

Casi desde el primer minuto, el PSdeG no sintió como suyo el primer ejecutivo socialista que alcanzaba la Xunta a través de las urnas y no de una moción de censura apoyada por tránsfugas, como había ocurrido con el precedente de González Laxe. La selección de conselleiros tuvo mucho que ver. Había, es cierto, algunos de marcado pedigrí socialista, como Ricardo Varela, Pachi Vázquez, José Luis Méndez Romeu y Carmen Gallego, pero al mismo tiempo cuatro áreas muy sensibles se dejaron en manos de independientes: María José Caride (Política Territorial), Laura Sánchez Piñón (Educación), María José Rubio Vidal (Sanidad) y José Ramón Fernández Antonio (Economía), «cuatro personas a las que el partido no conocía de nada», según este exasesor.

«Era un tripartito donde estaban los del PSOE, los del BNG y los que no sabían nada de política», bromea jocosamente un exdirigente socialista, «era un gobierno con mucho déficit de política en la primera línea, y en la segunda ya no había nada». El partido no se sentía consultado ni representado en estas consellerías, y llegó a desarrollar notorias antipatías hacia conselleiras como Caride, a pesar de depender de ella el grueso de la inversión en carreteras. «La acabó odiando todo el mundo», comenta sin tapujos un exdirigente de aquella cúpula socialista. Lo que daba por un lado lo quitaba con decisiones en el plano urbanístico que la enfrentó con numerosos alcaldes, los mismos que, fruto de este desafecto «dieron un paso atrás en su implicación en la campaña electoral». «Algunos salían llorando de su despacho, renegando de María José, y diciendo que a ellos no les gritaba nadie, que ellos conseguían sus propios votos».

Ese mismo desapego fue el que llevó a la conselleira Sánchez Piñón a encastillarse en aprobar el decreto del gallego en la enseñanza, del que se desmarcó el PP de Feijóo en el último minuto por entender que abría la puerta a la inmersión lingüística. «El partido dijo que la conselleira no era de la casa y se puso de perfil». La cuestión lingüística fue decisiva en los entornos urbanos de Vigo y La Coruña para la victoria electoral del PP.

Con esta mala relación entre el ala socialista del gobierno y el PSdeG, Touriño perdió el poco control del aparato del partido que tenía en el congreso autonómico de julio de 2008, donde se apreció la larga mano de José Blanco. La controversia por el no adelanto a aquel otoño tensó aún más la cuerda. La estocada final fue la confección de las listas, que Touriño quiso hacer de un modo absolutista, según su criterio. Así, decidió encabezar la candidatura de Pontevedra, y con María José Caride a su estela. Eso apenas dejaba un puesto de salida para Vigo, que Abel Caballero exige para uno de sus hombres de confianza, Abel Losada, por aquel entonces director del gabinete del presidente gallego. Eso obliga a sacrificar a Dolores Villarino, presidenta del Legislativo.

Ajeno al partido, Touriño cedió el control del aparato en el congreso del verano de 2008. Quedó en manos de José Blanco y su gente. La tensión con el presidente aumentó

Lejos de imponerse para no dejar fuera a la segunda autoridad de Galicia, Touriño abandona a una de sus pocas amigas en política y acepta la exigencia de Caballero. En venganza, cesa fulminantemente a Losada de su cargo en su gabinete. De nuevo, su ira se desataba contra los más próximos. «Entronizar a Caride, que en términos electorales daba igual, fue un encabezonamiento de Emilio que acabó enemistándolo definitivamente con el aparato del partido», señala este exconselleiro socialista. Pero en un primer momento se cree que «nada nos hace pensar que hubiese algo que nos enemistase con el electorado».

Ferraz alarga su mano para controlar la campaña del PSdeG. En primer lugar, obliga a anular el contrato con la agencia gallega BAP Conde, la elegida para diseñar la estrategia de imagen y comunicación, con la consiguiente indemnización «Unos 10.000 euros», revela un exdirigente socialista. Blanco impone a la agencia Sra. Rushmore, la responsable de las victorias de Zapatero. De ellos surge la cuestionada campaña de «O Presidente», en que se retrataba a un Touriño con pose de estadista sobre fondo negro. «Salía muy guapo, muy elegante, porque a Emilio le gustaba ese tono institucional, pero no lo tenían medido porque no conocían Galicia», lamenta un integrante de aquel equipo de campaña. El tono fúnebre del presidente era solo un presagio de lo que vendría.

La campaña del 1-M

Muebles, fotos y silencios

La carrera electoral arrancó en la noche del jueves 12 de febrero. Pero la campaña real lo había hecho el lunes 2 de febrero, cuando ABC desveló el gasto de 4 millones de euros del bipartito en plena crisis para reformar una zona del complejo administrativo de San Caetano. Las informaciones, que se sucedieron a lo largo de toda esa semana —aportando documentación, nunca rebatida por el gobierno gallego—, daban cuenta de la exquisita selección de materiales y mobiliario. Se introduce en el ideario de la campaña el mantra del despilfarro y el gasto suntuario de Touriño y su gabinete.

La respuesta que da el presidente es el silencio. «A Emilio no le gustaba responder, el gobierno no quería contestar, les parecía poco elegante dar datos, todos estábamos demasiado institucionalizados», reconoce un alto dirigente socialista; «Emilio no entraba a esas cosas, quería que se filtraran pero sin bajar él a esa basura», añade este exconselleiro del PSdeG.

A pesar de la insistencia de algunos de sus más próximos asesores, que le conminan a dar la cara y responder, el mutismo de Touriño alcanza punto de ebullición cuando, en su rueda de prensa, despacha con sucesivos «siguiente pregunta» varios requerimientos de ABC para que aclare las controvertidas obras de San Caetano. En los últimos días de la campaña, en una entrevista en la Ser —«méritos no habéis hecho», espetó a este periódico cuando preguntó si tendría opción a entrevistarlo—, Touriño admitía el fracaso de su espiral de silencio: «Mi error ha sido no salir con toda la fuerza a decir que esto es mentira». Nunca en todos aquellos días acompañó sus desmentidos con datos que rectificaran a este periódico.

Aún hoy, un sector del PSdeG y del ala socialista de aquel gobierno considera que esas informaciones «fueron bulos, las primeras fake news» en un contexto electoral. «Todo era absolutamente falso», sostienen. No lo sería tanto cuando, una vez perdida la Xunta, el bipartito intentó maquillar a finales de marzo las obras con modificados, cambiando alguno de los elementos más polémicos, como las famosas sillas «Oxford» de 2.269 euros la unidad o las «Aluminium Group» de 1.960 euros cada una. Habían sido auténtica munición para el PP.

Las informaciones sobre despilfarro ahogan al gobierno, encerrado en su propio silencio. Primero las obras, luego el gasto en coches oficiales o el coste del mobiliario del despacho del propio Touriño, reformado meses antes. «Al final, cuando no le cuentas a la gente tu objetivo, se queda con las anécdotas, con los muebles, que por cierto costaban un pastizal. Me pregunto si ese era el momento de amueblar los despachos», reflexiona en voz alta este exdirigente socialista.

Si las elecciones hubieran sido seis meses antes, con la crisis todavía en estado larvario, el mantra del despilfarro habría tenido menos eco social

¿Era un problema de gasto o del momento en que se conoce? «Para que esas noticias tengan éxito necesitas esa coyuntura, y nosotros celebramos las elecciones cuando hay un cataclismo económico». Valga un dato. El 10 de febrero, un adusto José Luis Rodríguez Zapatero anuncia en el Congreso un recorte de 1.500 millones de euros de gasto corriente y avisa respecto a la crisis: «Todavía no hemos tocado fondo». 24 horas más tarde comenzaba la campaña electoral en Galicia.

Sin excepción, todas las personas participantes en este reportaje coinciden: si las elecciones hubieran sido seis meses antes, con la crisis todavía en estado larvario, el mantra del despilfarro habría encontrado una opinión pública menos sensible y, por tanto, menos proclive a castigar electoralmente al bipartito. «Es posible que el gobierno se hubiera salvado con elecciones en octubre», elucubra un exalto cargo nacionalista.

No fue el único frente que se le abrió al PSdeG durante la campaña. A dos días de cerrarse, de nuevo ABC lleva a su portada las obras sin licencia en su casa de San Amaro del entonces conselleiro de Medio Ambiente y cabeza de lista por Orense, Pachi Vázquez. Había pedido un permiso para cambiar las tejas y acabó en reforma integral. «Eran hechos objetivos, aquello no podía rebatirse», admite circunspecto un exconselleiro.

¿Y el socio? El BNG también atravesó un particular calvario durante la campaña electoral. El 21 de febrero, La Voz de Galicia informaba de que una excursión de setecientos pensionistas que iban camino a Portugal hicieron una parada en Oia. Allí los fue a saludar el candidato del BNG y vicepresidente de la Xunta, Anxo Quintana. «Si se hubiera pensado bien, aquello no tendría que haber pasado nunca», reconoce el exalto cargo de la Vicepresidencia en conversación con ABC.

Anxo Quintana, a bordo del yate del constructor Jacinto Rey
Anxo Quintana, a bordo del yate del constructor Jacinto Rey – LA NACIÓN

La foto tenía varias derivadas. Más allá de la lectura de los «mayores cautivos en un mitin que no esperaban», ponía de nuevo de manifiesto algunas prácticas del nacionalismo en sus políticas con el colectivo de la tercera edad que se distanciaban poco de aquellas que tanto criticaban de la época de Manuel Fraga. «Había un debate en el BNG, había quien entendía que debían cambiar las formas», reconoce un relevante exdiputado.

También lo había en el PSOE. «La primera vez que Quintana fue a las fiestas de los mayores a bailar con ellos con cargo al presupuesto creo que Emilio le dijo algo, que había sido feo, pero es que hizo dos o tres más como aquella», apunta un exmiembro del gobierno. Y como presidente y vicepresidente acabaron sin hablarse, los reproches los acabó rumiando Touriño para sus adentros.

«La Voz de Galicia fue a ver a Quintana para avisarle de que apoyar al Xornal era casus belli, pero no hizo caso»

De nuevo, ABC. El 25 de febrero, apenas calmado el alboroto por la foto con los mayores en Oia, este periódico lleva a su portada una instantánea de Quintana con el constructor Jacinto Rey a bordo de su yate. Este empresario había sido adjudicatario de concesiones eólicas y, sobre todo, impulsado el periódico Xornal de Galicia, muy próximo al ala nacionalista del bipartito. «Jacinto Rey venía de estar con La Voz en Diario 16 —rememora un exasesor de Touriño—, y La Voz vino a ver a Quintana para avisarle que apoyar aquel proyecto era casus belli, y algunos se lo dijimos personalmente al vicepresidente, que no tenía nada que ganar». Sin embargo, aquello provocó una airada oposición del diario coruñés, el de mayor difusión de la Comunidad. «Fue claramente hostil sobre todo el último año, y mantuvo una distancia con el BNG toda la legislatura». Las elecciones se deciden con un escaño que los nacionalistas pierden, precisamente, en la circunscripción de La Coruña.

La respuesta del BNG a la foto de Quintana en el yate difiere de los mutismos socialistas. El propio vicepresidente da la cara para explicar que está «descontextualizada». «Tengo la obligación y satisfacción de hablar con todos aquellos que me lo pidan», se defendió. Pero su reacción se vio empañada por quien menos se esperaba. Preguntado por las fotos, Emilio Pérez Touriño sentenció que «cada uno debe ser consicente de las compañías que escoge y del transporte que utiliza». El presidente dejaba vendido a su suerte a su socio. Sin embargo, sus palabras tenían varios destinatarios. «José Blanco mantenía excelentes relaciones con Jacinto Rey en aquellos momentos, y aquel mensaje podía tener segundas lecturas», desvela un estrecho colaborador de Touriño, que así ajustaba también cuentas por persona interpuesta con quien pensaba que era su gran enemigo dentro del PSOE. Blanco, en los últimos días de la campaña, ya veía los negros nubarrones y confiaba enque el aterrizaje en los mítines de Zapatero movilizara al votante socialista.

Portada del 26 de febrero con las obras ilegales en casa del conselleiro de Medio Ambiente, Manuel Vázquez
Portada del 26 de febrero con las obras ilegales en casa del conselleiro de Medio Ambiente, Manuel VázquezABC

Cuando el gobierno quiso salir de su ostracismo y trasladar su versión —tarde— a la opinión pública, se encontró sin comprador, principalmente el presidente. «Fue maltratado por la prensa, pero porque se lo había ganado a pulso», detalla un exconselleiro, «cuando llegó a la Presidencia, los primeros días levantaba el teléfono y llamaba al director de un medio para abroncarlo directamente por una información. Y eso lo aguantas un día o dos, pero no más». Obsesionado por la imagen que de él daban los medios, la gran víctima de sus iras con los periodistas era su secretario xeral de Medios, Fernando Salgado. Sus broncas no conocían límites. «Perdía el control y había que aguantarlo porque insultaba a cualquiera, le salía el genio y decía lo que no debía», confiesa un testigo de aquelas situaciones.

En el ánimo de Anxo Quintana hubo otro peso, en esta ocasión provocado por sus rivales políticos. Mediante insinuaciones veladas y sin prueba alguna, José Luis Baltar daba a entender que su separación familiar tenía causa en episodios violentos. Lo repitió en varios mítines de la provincia de Orense. «Fue una indignidad», proclama este exalto cargo de la Vicepresidencia, «fue una agresión inmunda e injusta».

Este exalto cargo confesó a ABC que, en mitad de la campaña, recibió una llamada del gabinete de la Presidencia «para que se sacaran las adjudicaciones de Feijóo a Marcial Dorado de su época de secretario xeral técnico de la Consellería de Sanidade. Pero Quintana no quiso entrar ahí, dijo que prefería perder las elecciones que entrar en ese tipo de mierda. Eso era febrero de 2009. Hoy la política es una guerra».

Quintana terminaría denunciando semanas después a Baltar, pero la justicia no encontró delito. Feijóo acabaría disculpándose en varia entrevistas e incluso en el último mitin de campaña, precisamente en Orense.

Dos días más tarde, Galicia votó.

Epílogo: el día después

Despedidas y ajustes de cuentas

Tras una campaña de una dureza extrema, en la que no hubo debates electorales —porque Touriño le negó un cara a cara a Feijóo, quien solo accedía a verse con el presidente— llegó una jornada electoral en la que las israelitas de la tarde ya anuncian el inesperado cambio. Tras el cierre de los colegios, una proyección interna de la empresa que gestionaba el proceso lo confirmaba. La pesadumbre invadió los cuarteles de PSOE y BNG. «Esa noche dimos la cara con elegancia», recuerda un destacado socialista. «Fue una noche jodida», admite un veterano diputado nacionalista.

Los cuchillos largos en el PSOE aparecieron esa misma noche, porque ya había una hoja de ruta escrita para entronizar a Pachi Vázquez como sucesor, «que era darle el control del partido a Blanco por persona interpuesta». El aparato, ese al que Touriño se había enfrentado y despreciado durante la legislatura, le pasó la factura en forma de petición de renuncia como secretario general del PSdeG.

Lo anunció al día siguiente, el 2 de marzo. De nada sirvió que un grupo de sus más estrechos colaboradores le pidieran sosiego y que pilotara la sucesión dentro del partido. Prefirió marcharse pero mantener el acta de diputado unos meses más, una decisión que muy pocos entendieron. Cuando abandonó también el Pazo do Hórreo, lo hizo sin hablar con nadie, casi por la puerta de atrás. «No le quedaban amigos en el partido», apuntan los suyos. Acabó ajustando cuentas con todos en uno de sus libros de memorias. «Fue muy desafortunado», añaden.

La historia se repitió casi miméticamente en el Bloque. Los críticos con las formas de Quintana, con su estrategia para abrir el BNG a otros estratos de la población y convertirlo en un partido transversal, a imagen del PNV, aprovecharon para la depuración de él y de todo su equipo. «Él intentó que se cerrara el ciclo, el suyo pero también el de Paco Rodríguez y el de Beiras. Quiere dar un paso a un lado y que vengan otros actores», cuenta uno de sus colaboradores más próximos.

Pero nadie le secunda. y cuando a los pocos días anuncia que se va, nadie sigue su estela. «Si el tema lo hubiera dejado reposar y lo reflexiona en abril, Quintana habría ganado la asamblea, se hubiera quedado y habría sido una oposición continua a Feijóo en el Parlamento».

Era la última página del bipartito, su apostilla final, la marcha de sus dos actores protagonistas. Lo que sucedió después todavía se está escribiendo.

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