Los platos rotos de Rachel Cusk

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No hace mucho -antes de haber revolucionado el concepto de Literatura del Yo ascendiendo a Literatura del Súper-Yo con la magistral y consagratoria trilogía compuesta por A contraluz, Tránsito y Prestigio Rachel Cusk estaba en problemas.

Hasta entonces novelista bien considerada y descendiente más o menos lateral de Iris Murdoch y de la poderosa literatura «de/por mujeres» y maliciosamente satírica de la posguerra inglesa, Cusk (Toronto, 1967) decidió poner no manos sino vida a la obra y convertirse en más o menos fiel personaje de sí misma. Así, Cusk publicó tres memorias nada complacientes. En A Life Work: On Becoming a Mother (2001) se explayó acerca de los horrores y frustraciones y arrepentimientos de haber sucumbido al canto de sirenas y donde la figura paterna es casi invisible.

En The Last Supper: A Holiday in Italy (2009), unas vacaciones que se suponían paradisíacas se convierten en el infernal purgatorio y retrato de «lo extranjero» (incluyendo a vecinos del verano que se sintieron violentados por su retrato sin autorización y obligaron a Faber and Faber a convertir en pulpa toda la edición). Despojos: Sobre el matrimonio y la separación (2012) cerró el círculo y avivó las llamas funcionando como el cierre natural del ciclo: si no estás cómoda con tus hijos y te complicas tu descanso, entonces el siguiente paso no puede ser otro que un divorcio a la carta luego de diez años de convivencia.

Muerte creativa

La portada de la edición norteamericana lo dijo todo: los pedazos de un plato roto unidos pero no por eso disimulando las irreparables grietas. Bienvenidos entonces al Apocalipsis del divorcio de Cusk y conozcan al súper-villano: el fotógrafo y exabogado Adrian Clarke quien dificulta el que ella -quien es la principal financiadora de la economía doméstica- tenga la plena custodia de los niños de la pareja porque «son mis hijos y me pertenecen». Pronto, Cusk fue tema de tabloide y blanco móvil de madres y esposas (es notable el modo en que esta mujer es detestada por otras mujeres; la teoría de Cusk al respecto es que a ella le preocupa el individuo y no el género) quienes la consideraban una suerte de monstruo tóxico. Entonces Cusk alcanzó lo que definió como «muerte creativa» y sintiendo que «la posibilidad de volver a la ficción me parecía algo falso y vergonzoso». De pronto, todo era y pasaba por ella. Y de ahí, claro, la formidable reacción/astucia de su siguiente trilogía en la que su alter ego no es otra cosa que una atenta oyente de las historias de los otros.

Fue blanco de madres y esposas, quienes la consideran una suerte de monstruo tóxico

Mientras tanto, lo que aquí se ofrece es el detallado retrato de la escena de un crimen o el momento-loop de un accidente de tráfico en cámara lenta. Así, la elaboración de un pastel, una visita al dentista, un pequeño disfrazado, el retrato movido de un esposo desencadenado que se siente a merced de un monstruo (Cusk nunca revela cuál es «la promesa que rompió») se convierten en pistas difusas que permiten la reconstrucción de la destrucción. Por momentos, el retrato de esta domesticidad sísmica recuerda a John Updike pero sin nada de su redentor lirismo. O a Joan Didion pero sin el escudo protector del que automáticamente goza (aunque Cusk parezca ir en esa dirección) alguien legendario. Aquí todo es rayo x y tumor imposible de volver metáfora encandiladora. Lo de Cusk es más C.S.I. que S.O.S. Y, sí, tiene la parcialidad de un testigo/participante ambiguo y por momentos a sabiendas muy irritante quien, finalmente, concluye que la culpa es de la institución matrimonial más que de los institucionalizados con sendos chalecos de fuerza.

Sin anestesia

Sobre el final, Cusk tiene una gran idea que de algún modo anticipa lo que vendrá para ella y para sus lectores: en la coda/relato titulada «Trenes», el punto de vista cambia al de una au pair que contempla el descarrilamiento desde el andén. Alguien que se despide de esa flamante insomne y anoréxica exesposa que dice comportarse como una «Lady Macbeth maternal». Alguien que «parece un esqueleto» y a la que acaban de extraerle, además de un marido, una muela. Despojos es un libro sin anestesia. Y duele como uno de esos espacios vacíos a los que no se puede dejar de explorar con la más afilada de las lenguas.

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