Los flecos del divorcio

Gane quien gane las elecciones de En Marea, pierde, ya ha perdido, el rupturismo gallego en su conjunto. No solo por el espectáculo incalificable que ha precedido a las votaciones de este fin de semana, que también, sino porque lo sucedido, la descarnada lucha por el poder que han protagonizado en los últimos meses los distintos clanes del populismo, ha roto definitivamente las costuras de la confluencia. El invento ya ha saltado por los aires. Solo queda constatar quién se queda con la marca y cuándo anunciará su marcha el sector que salga finalmente derrotado.

No hay ya apaño posible. El enfrentamiento ha llegado a un punto de no retorno. Esto ya no va de política. No es una cuestión de distintos enfoques ideológicos o de divergencias sobre la estrategia, orientación o discurso de la organización. Ese momento ya pasó. En algún punto la discusión se les fue de las manos y se acabó convirtiendo en una guerra personal y en lo personal. Ambos bandos han apostado en esta partida todo lo que les quedaba. El que pierda no se quedará a aplaudir al vencedor.

A estas alturas, el divorcio es inevitable. Descartada la custodia compartida por ambos bandos, la única incógnita es quién se quedará en usufructo con la residencia habitual de ese matrimonio de conveniencia fallido, con las siglas de la formación y el escaso patrimonio político que pueda quedar bajo ese paraguas, muy poco por la estrategia de tierra quemada que han perpetrado todos, tirios y troyanos.

Tras la publicación mañana de la sentencia que están redactando desde ayer los militantes, comenzará otro grotesco melodrama. El portazo del sector derrotado, la fractura del grupo parlamentario y una apresurada carrera por recolocarse en las listas de los próximos comicios locales.

Próxima estación, las municipales

Especialmente si pierde la lista auspiciada por Martiño Noriega, Xulio Ferreiro y Pablo Iglesias. Un escenario nada descartable, ahora que ese bando ha perdido el control sobre el comité electoral. De hecho, el alcalde de Santiago ya se puso estos días la venda antes de la herida y marcó la hoja de ruta ante esa eventual derrota. Hacerse fuerte en los ayuntamientos donde gobiernan.

Otra cosa es que eso sea posible. La implosión de la confluencia no les saldrá gratis. Primero, porque Noriega, Ferreiro y sus clanes son los principales responsables del golpe eventualmente fallido contra la dirección de su partido y se han jugado en él mucho capital político. Segundo, porque habrá muchos electores hastiados que se bajen del tren. Unos porque emigren a otras opciones políticas y otros simplemente porque se queden en casa. Acaba de pasar en Andalucía. Y tercero, porque llegados a este punto es probable que ambos sectores compitan entre sí con papeletas diferentes en esos comicios locales. En Ferrol están ya preparando tres distintas y en Lugo habrá al menos dos.

Daños colaterales

La atomización del populismo supondrá inexorablemente la reducción de su músculo electoral. Pero el alcance de la crisis de En Marea no se agota en la fractura de ese espacio político. Una implosión de esta magnitud provoca también daños colaterales que sobrepasan el ámbito de la confluencia. Lo ocurrido pasará factura al conjunto de la izquierda. En dos dimensiones.

Primero, porque la ecuación de la ruptura del populismo es una suma de resultado negativo. Sí, el PSdeG o el BNG pueden sumar un puñado más de votos, pero socialistas y nacionalistas no captarán la totalidad de ciudadanos que se bajen del barco de En Marea. La izquierda perderá votos. En las municipales primero y después en las autonómicas. Y segundo, porque todo lo sucedido constata que no existe una alternativa política viable, ni algo mínimamente parecido, al gobierno de Núñez Feijoo. Resulta ridículo pensar cómo organizarían un gobierno de coalición las mismas familias políticas que ahora se divorcian tras no haber sido capaces de entenderse entre sí dentro de un partido. Gane quien gane mañana, pierde el conjunto de la izquierda. Solo queda por concretar el importe exacto de la factura del divorcio.

Luis Ojea

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