«Le robé 6.000 euros a mi mujer, no podía parar de apostar»

Hubo un día, «uno de esos en que pierdes 400 o 500 euros», en que el castillo de naipes de Juan Carlos se vino abajo. Llevaba un año apostando, 20.000 euros gastados y la mentira había llegado demasiado lejos. Con lágrimas en los ojos, reunió el valor suficiente para volver a casa y confesárselo todo a su mujer. «Hacía tiempo que apenas podía dormir», cuenta tres años después de aquello. A esas alturas, el dinero ni siquiera era lo más importante. Había mentido, robado y falsificado documentos para obtener créditos: « Las apuestas dominaban mi vida».

A los 49 años, este trabajador de banca cayó en la ludopatía. Otro de tantos «cadáveres» que la industria del juego ha multiplicado exponencialmente en los últimos seis años. «Desde el año 2012, hemos cuatriplicado el número de asociados», indica Diana Alonso, psicóloga de la Asociación para la Prevención y Ayuda al Ludópata (Apal), por la que cerca de 200 personas acuden cada semana en busca de una ayuda que siempre arranca más tarde de la cuenta.

Doble vida

«He visto a gente que se ha jugado la casa, perder 100.000 euros, 200.000 euros, que se han quedado sin trabajo, sin familia…», advierte Juan Carlos, hoy rehabilitado, poco antes de empezar una de las terapias en grupo que allí se desarrollan. Ahora, tras obtener el alta psicológica, colabora con Apal como monitor, figura que representa un antiguo ludópata para relatar su experiencia al resto: «Es importante hacerles ver que se puede salir».

El camino no es fácil. «Empecé jugando 20 o 30 euros a equipos de fútbol que conozco y en cuestión de meses estaba metiendo 2.000 euros a partidos rarísimos, carreras de galgos, caballos y todo lo que se me pusiera por delante», recuerda sosegado, sabedor de que huir a tiempo fue su tabla de salvación: «Llegó un momento en que se me encendió algo y me dije: ‘Hasta aquí he llegado’». El dinero lo dio por perdido, pero no así su adicción.

Aumento de pacientes: «Desde el año 2012, hemos cuatriplicado el número de asociados»

Antes de pedir ayuda, Juan Carlos, padre de dos hijas de 18 y 14 años, tuvo tiempo de «limpiar» la cuenta de su mujer. «Le robé 6.000 euros», desvela, entre gestos de arrepentimiento. Dominado por la adrenalina, por querer ganar un dinero que no le hacía falta, tocó fondo de la forma más inesperada. «Llegaron las Navidades y me di cuenta de que casi no tenía para comer», apunta. Por el camino, mentiras, nóminas adelantadas, préstamos bancarios y un sinfín de estratagemas para evitar que su doble vida quedara al descubierto.

Precisamente, la fuerza de Juan Carlos para quitarse la careta y reconocer el problema no es un caso habitual dentro del pantanoso mundo de la ludopatía. «La persona que está enganchada es muy hábil para que nadie de su entorno sospeche», avisa la psicóloga Alonso, al tiempo que pone la alerta en una franja de edad especialmente vulnerable: «Los menores que vienen a tratarse suelen hacerlo obligados, cuando los padres se dan cuenta de que les han robado o comprueban con sorpresa que hay un montón de cargos extraños en la tarjeta».

Respecto a los que, como Juan Carlos, pasan ya de los cincuenta, la independencia económica de la que gozan provoca que el montante de pérdidas pueda ser muy abultado: «Si en un año perdí 20.000 euros, imagina de haber seguido». Durante el tiempo que estuvo instalado en la vorágine adictiva, jamás dejó de pensar en el juego. « Casi siempre iba a las mismas casas. Al lado de mi trabajo hay dos o tres y acabé por entrar todos los días», añade, con la convicción de que el tiempo físico perdido era lo de menos: «Me iba de vacaciones con mi familia y seguía dándole vueltas a la cabeza: estadísticas, cuotas, combinadas…».

Detectar el problema: «La persona que está enganchada es muy hábil para que nadie de su entorno sospeche»

Control económico

Su caída a los infiernos no difiere en demasía a la del resto. Con la perspectiva adquirida, ya alejado de las apuestas («En tres años solo he visto un partido de fútbol»), es consciente de que su enfermedad se extiende siempre bajo el mismo patrón: «Enseguida, olvidas los fallos y lo único que buscas es una solución que te hunde aún más. Intentas recuperar lo perdido jugando una cantidad mayor, sin control, engañándote, pensando que todo es fruto de la mala suerte». Pero no era así. La tensión estuvo a punto de estallarle.

Una vez identificada la ludopatía, resulta vital ponerse en manos de los especialistas. Así lo hizo Juan Carlos, quien, apoyado por su mujer y sus hijas, comenzó una carrera contrarreloj para salir del atolladero. «Cuando alguien viene, lo primero que hacemos es someterle a un control económico estricto. El enfermo solo puede llevar el dinero mínimo e indispensable y, además, debe justificar cada gasto», resume la psicóloga de Apal.

Este es el primer paso que deben superar los jugadores compulsivos, con el objetivo de que, alcanzado el tiempo necesario de abstinencia, decidan por sí mismos no volver a apostar. «El control del tiempo también es vital. No hay que dejar que se sientan solos», añade Alonso. Las terapias en grupo son otras de las herramientas fundamentales para aprender a manejar las emociones y no recaer bajo ningún concepto: «Hay que tener claro que esto no es un vicio. Es una enfermedad».

En el otro lado de la balanza, si alguien decide iniciarse en el universo de las apuestas, es conveniente que conozca una serie de pautas. Anotar por escrito lo invertido, tanto a nivel de pérdidas como de ganancias. « La gente solo se acuerda cuando obtiene un premio», incide la experta terapeuta, sin dejar de subrayar la necesidad de poner un límite al presupuesto: «Si uno decide gastar 10 euros a la semana, nunca debe sobrepasarlos».

Sea como fuere, lo que todos deben saber es que nadie vive del juego. «Solo aquellos que viven a costa de que los demás jueguen», sentencia Alonso, con una conclusión reveladora: «Las casas de apuestas están hechas para perder dinero, pero al mismo tiempo pensar que lo vamos a ganar».

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