Las salas del Santa Fe, a la espera de la colección de Roberto Polo

El convento de Santa Fe se está preparando para la llegada de la colección de Roberto Polo, que espera en un almacén de Coslada a que el edifico termine de adecuarse. La obra llegará el día 4 de marzo y, mientras tanto, se trabaja a marchas forzadas para que todo esté listo el 27 de marzo, día en el que el museo abrirá sus puertas con la exposición temporal de Werner Mannaers «La belleza convulsa».Roberto Polo está emocionado con los preparativos y compara su proyecto castellano-manchego con el espíritu con el que nacieron en los primeros años del siglo XX los museos de arte contemporáneo del mundo, como el Phillips Collection o el MOMA, en una época en la que nadie sabía quién era Picasso. «Eran unos museos con una visión original y única, que promovían una nueva manera de crear. No eran productos de arte envasados y preparados para la digestión rápida». Y eso es lo que él prentede hacer en Toledo, «un museo sobre arte que invite a una mirada extendida, un arte que se quede durante siglos».

De su mano, recorremos las instalaciones, aún desnudas de obras, pero que el coleccionista va describiendo con un entusiasmo que permite imaginar el resultado. La entrada, en la que se colgará el cartel «Colección Roberto Polo. Centro de Arte Moderno y Contemporáneo de Castilla-La Mancha», se realizará por el Paseo del Miradero, en la primera fachada en donde se instalará de forma temopral una gran escultura al aire libre del artista valenciano Miquel Navarro, compuesta por 2 4 figuras de guerreros que se van decontruyendo, «como si cayeran en la batalla, con un lenguaje abstracto y constructivista». La pieza se va a convertir, en su opinión, «en un icono del museo» y en la mágica puerta de entrada.

Ya dentro, a la izquierda, se encuentra la taquilla, en donde se venderán las entradas (quizá a 4 euros), y una pequeña tienda. A la derecha, en una sala con unos restos arqueológicos y un precioso artesonado, se mostrará una breve biografía de Roberto Polo y también otra obra del pintor y escultor Miquel Navarro llamada «Sombras lunares», «una de las famosas ciudades de este artista que representa una nueva ciudad que va creciendo». En otra de las paredes colgará «un gran lienzo que parece un sudario y que representa a una figura despertándose de un sueño o de la muerte». «Significa el renacimiento espiritual y tiene relación con la pieza de Miquel y ha sido creado por el artista italiano Bruno Ceccobelli, franciscano, uno de los grandes protagonista de la Scuola di San Lorenzo», explica Polo a ABC.

Las salas del museo se distribuyen en habitaciones de color berenjena para albergar las obras anteriores a la Segunda Guerra Mundial, que van a destacar sobre el fondo oscuro, y otras salas de color blanco para las piezas posteriores a 1945. Y todo ello en espacios que parece, como dice Polo, que dialogan entre ellos, que se comunican, con suelos de piedra combinados con alfombras de fibra de coco sobre las maderas que van recibir a obras tan importantes como «La mujer del pescador en la playa» o el «El Soldado», de Delacroix.

En el patio de los limoneros, centro del edificio, se va a instalar, entre los árboles, una obra original y exclusiva del artista italiano Roberto Pietrosanti, realizada con desecho de derribo y, en las paredes, una obra de cerámica esmaltada de otro italiano, Roberto Caracciolo, inspirada en la figura de varios santos. Otro espacio del museo estará dedicado a un homenaje a Amedeo Modigliani, con la obra del también italiano Arturo Casanova y un políptico de ocho pinturas suspendido en el aire de Rosella Vasta, una «pintora maravillosa». En la capilla, pintada toda de blanco, se instalarán obras contemporáneas y que presidirá un rosario monumental enorme de una artista holandesa, María Roosen, que fue realizado en 2008 con vidrio soplado bajo el nombre de «rosenario rojo», en término españolizado. Esta sala acogerá también obras del artista amerciano Paul Manes, como «La visión de San Juan», de seis metros o «La entrada de Cristo a Nueva York 1993», de cinco metros y medio. Y en el centro del convento de Santa Fe colgará una obra de Nino Longobardi, una escultura de Cristo realizada en resina y hierro que mide 10 metros.

Antes de llegar a una de las joyas del edificio, el visitante se va a encontrar con una gran escultura de cristal en el centro que parecen «entre senos, jamones y testículos» y ya en la sala del mirador, la más luminosa, se va a instalar la obra que para muchos es la más importante de la colección: «Groteske», realizada en madera y márfil, una barra de acero, por Óscar Schelmemer. Aquí también convivirán cuadros del pintor belga Pierre-Louis Flouquet, «uno de los grandes protagonistas de las vanguardias caído en el olvido y que va a dejar a la gente con la boca abierta». Era un anticipador, dice Roberto Polo, como lo es él. Por eso, al mecenas cubano le apodaron «The Eye», por su ojo para el arte. «No soy coleccionista que ha comprado por dinero, soy un descubridor, una persona capaz de identificar movimientos artísticos muy importantes, y que, a veces, han sido olvidados por razones políticas, religiosas. Eso es lo que he hecho toda mi vida», afirma.

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