Las mil vidas de Maryse Condé

Pronto se cumplirá un año de la suspensión del Nobel de Literatura -debido a un escándalo por denuncias de agresiones sexuales- y, en paralelo, la entrega de un “Nobel alternativo” a la escritora guadalupeña Maryse Condé, autora cuya obra ha tenido escasa circulación en nuestro país. Algo de eso empieza a repararse porque este año Impedimenta publica una reedición de los relatos autobiográficos que componen Corazón que ríe, corazón que llora. En este libro asoma lo central del universo Condé: la pregunta por lo femenino, por la negritud, por su propia, conflictiva y cambiante, condición de escritora, mujer, madre.

Si algo impresiona en la vida de Maryse Condé es la arrolladora intensidad de quien se construye a sí mismo. Recibió la noticia del Nobel alternativo a los 81 años, instalada en la Provenza francesa, obligada a la quietud por una enfermedad degenerativa a la que decidió -como con todo- dar batalla. Cada tramo de su vida es parte de una voluntariosa pelea contra las circunstancias, los orígenes, los rótulos. Porque no, no le gusta que la etiqueten de feminista, aunque tanto su obra como su vida sean parte de un sistemático derrumbe de ciertas convenciones de lo femenino. Y no, tampoco se dice marxista, pese a su admiración por Aimé Cesaire y su participación de la discusión política de los años 60. Ni siquiera se identifica plenamente con Guadalupe, el “departamento de ultramar” donde nació, ni con Francia, la metrópoli a la que sus padres reverenciaban y en cuya lengua ella escribe. Ni con África, el continente adonde alguna vez fue a buscar el hogar perdido, la respuesta negada a los de su color de piel.

Corazón que ríe, corazón que llora es el recorrido de una niña que, azorada, un día descubre que hay un mundo más allá de los confortables límites de su casa y que en ese mundo la palabra “negro” puede significar el peor de los insultos. Es, también, el hallazgo de un impulso, el de la búsqueda de la verdad, que desde muy temprano Maryse convirtió en una honestidad feroz.

Varios años después de publicar Corazón que ríe…, Condé escribió La vie sans fards, texto autobiográfico en el que el registro ya no es el de la infancia agridulce, sino el de un ingreso en la adultez donde la palabra “caos” asoma en cada esquina.

A los 19 años, Maryse se descubre en París, adonde había viajado para terminar sus estudios, embarazada, sola, huérfana de madre y prácticamente olvidada por el resto de su familia. La jovencita criada entre algodones del otro lado del océano (sus padres pertenecían al selecto circuito de los “grandes negros” de Guadalupe, dueños de un holgado pasar económico) se encontraba sin recursos, con un niño por venir, a expensas de la asistencia pública francesa y con los sueños de ser parte de los claustros de la Sorbona destruidos. Hablemos de intensidad: muy poco tiempo después, esa misma chica, ahora casada con Mamadou Condé, un actor guineano, ponía rumbo al África. En busca, quizá, de protección. En busca, también, del lugar de donde provenían los ancestros esclavos de quienes sus padres siempre habían preferido no hablar.

Maryse tuvo, en total, cuatro hijos. Con ellos, y en medio de sucesivos desastres amorosos, trazó un periplo que la llevó a Guinea, Costa de Marfil, Senegal, Ghana. Pero África nunca la abrazó, y ella no pudo adaptarse a ese continente desmesurado. En Francia era demasiado oscura; aquí, demasiado europea. Comenzaba la década del sesenta: asistió, en cada país donde estuvo a la turbulencia de la descolonización, el impacto de la Guerra Fría, la violencia de los golpes de Estado.

Vivió en Londres, dio clases en los Estados Unidos. Empezó a publicar recién a los 40 años. Antes, había estado “demasiado ocupada viviendo”. Por estos días, sigue afirmando que la literatura fue su principal recurso; la herramienta que le permitió comprender al mundo y, luego, contarlo.

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