Las asambleas ciudadanas, eficaz instrumento de la democracia

Fuente: LA NACION

Desde hace al menos dos d√©cadas, se han venido realizando exitosas asambleas ciudadanas en las latitudes m√°s diversas y en torno a las cuestiones m√°s dif√≠ciles y controvertidas. Menciono algunas de ellas para someter estas experiencias a un primer balance. Uno de los primeros ensayos ocurri√≥ en Australia en 1998, con una asamblea constitucional que por primera vez result√≥ compuesta, en partes iguales, por ciudadanos de a pie y pol√≠ticos profesionales. La asamblea, que tuvo por misi√≥n determinar si Australia se convertir√≠a en una rep√ļblica, obtuvo un amplio reconocimiento internacional en raz√≥n de su buen funcionamiento.

A los pocos a√Īos, se produjeron dos hitos en este desarrollo: las dos primeras asambleas ciudadanas desarrolladas Canad√°, en la Columbia Brit√°nica, en 2005, y en Ontario, en 2006. Estas experiencias -que se extendieron varias semanas- introdujeron tres variaciones fundamentales en relaci√≥n con el antecedente australiano. Por un lado, las asambleas fueron conformadas exclusivamente por ciudadanos; por otro, sus miembros fueron escogidos a trav√©s del sorteo. Adem√°s, el procedimiento con que se organizaron las convenciones result√≥ muy distinto del que fue seguido en Australia (estas asambleas contaron con una “fase de aprendizaje”, en la que los participantes recib√≠an aportaciones de “expertos”, seguida por una fase de consultas p√ļblicas y luego una etapa de debate y elaboraci√≥n de propuestas). Notablemente, ambas asambleas se dedicaron a reformar un tema t√©cnicamente complejo -el sistema electoral- que resultaba en los hechos inmodificable cuando los que quedaban a cargo de tal modificaci√≥n eran los mismos que luego pod√≠an resultar perjudicados por los eventuales cambios (los pol√≠ticos profesionales). Ambos procesos de reforma fueron seguidos (como en el caso australiano) por la convocatoria a un referendo general sobre el tema discutido, destinado a permitir la intervenci√≥n directa del resto de la ciudadan√≠a.

M√°s tarde, apareci√≥ el foro ciudadano holand√©s, de 2006, que mostr√≥ dos cambios significativos en relaci√≥n con los casos de Canad√°, que fueron tomados como modelos. El foro tuvo una dimensi√≥n nacional, m√°s que local. Y, en el ejemplo holand√©s, las recomendaciones de la asamblea se presentaban ante el Parlamento, que tomaba la decisi√≥n final al respecto, en lugar de quedar sujeta a un refer√©ndum popular. M√°s ac√° en el tiempo, ocurri√≥ el excepcional proceso de reforma constitucional de Islandia (2009-2013), que, como en otros ejemplos citados, tuvo como origen una situaci√≥n de crisis pol√≠tica y econ√≥mica muy fuerte. En este caso, luego de varios pasos preparatorios, se organiz√≥ una asamblea informativa, compuesta por 950 ciudadanos, que se encarg√≥ de determinar los temas a ser tratados en la reforma constitucional. Esa asamblea fue seguida por otra, encargada espec√≠ficamente de la reforma. Fue integrada tambi√©n por ciudadanos escogidos por procesos de “loter√≠a”, pero en los que el puro azar fue corregido de forma tal de asegurar siempre que mantuviera ciertos rasgos distintivos (miembros provenientes de las distintas secciones del pa√≠s, equidad de g√©nero, etc.). El proceso result√≥ notable por el modo en que los debates sobre la reforma fueron informados permanentemente por las demandas y propuestas enviadas por la ciudadan√≠a ( crowdsourcing). El producto final de las deliberaciones tambi√©n fue sometido a un proceso de referendo.

Finalmente, corresponde citar las experiencias ocurridas en Irlanda, con la convenci√≥n constitucional de 2012 y la asamblea de 2016. En esos casos, los procesos de discusi√≥n fueron organizados de modo diferente de los anteriores, debido al papel que volvi√≥ a d√°rseles a expertos y a legisladores profesionales. Aqu√≠, los ciudadanos de a pie (dos tercios de la asamblea) debatieron junto con pol√≠ticos tradicionales (el tercio restante) en procesos que fueron informados por expertos, pero en los que siempre se dej√≥ la √ļltima palabra a los ciudadanos y pol√≠ticos elegidos. Adem√°s, en ambos casos, las asambleas se organizaron de modo tal de recibir los puntos de vista y cr√≠ticas provenientes de ciudadanos organizados en asambleas a lo largo de todo el pa√≠s. En un pa√≠s de amplia mayor√≠a cat√≥lica, la primera asamblea concluy√≥ con un referendo que aprob√≥ el matrimonio igualitario, y la segunda, con otra consulta que aprob√≥ la adopci√≥n de una postura m√°s liberal en cuanto a la legislaci√≥n sobre el aborto.

Casos como los citados nos ayudan a despejar prejuicios habitualmente asociados con las iniciativas de este tipo. Por un lado, las asambleas no se llevaron a cabo, exclusivamente, en pa√≠ses peque√Īos y homog√©neos (Islandia), sino tambi√©n en otros muy poblados y multiculturales (Australia, Canad√°). Por otro, no se ocuparon, solamente, de temas en principio abstractos y ajenos a los intereses de la mayor√≠a (monarqu√≠a-rep√ļblica), sino que tambi√©n fueron capaces de abordar los asuntos m√°s conflictivos y socialmente divisivos (aborto, matrimonio igualitario). Adem√°s, en tales debates no participaron solo t√©cnicos y personas expertas, sino mayoritariamente una multitud de personas sin estudios superiores ni actividades profesionalmente calificadas. Otra de las notas salientes de estos procesos fue el modo en que -en todos los casos, y luego de un proceso de informaci√≥n y discusi√≥n colectiva- personas del com√ļn terminaron convirti√©ndose en expertas en cuestiones de relevancia p√ļblica, a veces de complejo contenido t√©cnico (sistemas electorales, reforma constitucional).

Merece subrayarse, adem√°s, de qu√© forma todas las asambleas mencionadas se contrapusieron a los dos modelos de decisi√≥n colectiva m√°s comunes en nuestros pa√≠ses: el modelo de la deliberaci√≥n elitista, en el que los grandes “expertos” sociales -jueces, cient√≠ficos o como se los llame- deciden en nombre de todo el resto y sin consultar con la ciudadan√≠a, y el modelo de la participaci√≥n sin di√°logo -un modelo cada vez m√°s habitual en Am√©rica Latina-, en el que se empuja a la ciudadan√≠a a decidir abruptamente, por s√≠ o no, sobre cuestiones de inter√©s p√ļblico, descuidando por completo todo el proceso previo de discusi√≥n y esclarecimiento mutuo.

Por lo dem√°s, las asambleas ayudaron a desmentir un supuesto muy extendido dentro de las ciencias sociales contempor√°neas seg√ļn el cual la mayor√≠a de las personas son ap√°ticas y est√°n poco motivadas para involucrarse en cuestiones pol√≠ticas complejas. M√°s bien, las personas desconf√≠an de la pol√≠tica partidaria y se resisten a participar activamente en pol√≠tica cuando advierten que sus voces o aportes no van a ser tomados en serio, o van a considerarse solo un respaldo a lo ya decidido por otros. Sin embargo, cuando los ciudadanos reconocen que su palabra puede ser tomada en cuenta en la decisi√≥n de los asuntos que les interesan, procuran hacerse escuchar y se motivan para lograrlo.

Las asambleas demostraron, adem√°s, que no es verdad que frente a cuestiones que involucran la propia identidad o creencias profundas las personas no puedan cambiar sus opiniones luego de confrontarlas con las de otros. La evidencia con la que contamos demuestra que aun en pa√≠ses de fuerte conformaci√≥n religiosa, y luego de procesos de amplio debate p√ļblico, muchos cambiaron de posici√≥n o matizaron sus posturas iniciales sin mayores problemas. Lo mismo comprobamos en la Argentina en la discusi√≥n sobre el aborto. Reconocimos entonces, adem√°s, el sentido y el valor de seguir discutiendo, aun en contextos de fuerte polarizaci√≥n pol√≠tica. Tal vez haya llegado la hora de dejar de lado muchos de los prejuicios que ayudaron a que no vi√©ramos o a que neg√°ramos aquello de lo que no quer√≠amos hacernos cargo. La discusi√≥n y la decisi√≥n ciudadanas sobre temas de primera importancia p√ļblica resultan, adem√°s de deseables, perfectamente posibles.

Constitucionalista y sociólogo

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