La venganza del último diez

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El día que se retiró, Juan Román Riquelme vestía de rojo y blanco. Nada grave de no ser porque no hay quien lo imagine sin el azul y el amarillo de Boca Juniors. Es lo que sucede con los mitos. Él, consciente de que en Argentinos Juniors estaba donde lo querían –fue el club donde se formó–, lo era igualmente de que no podía estar donde quería: un año antes, la directiva del club de su vida le había negado la renovación.

Al frente de aquella junta estaba Daniel Angelici, el último eslabón en la cadena forjada por Mauricio Macri. El expresidente de Argentina, relevado ahora en la Casa Rosada por Alberto Fernández, lo fue primero, en 1996, de Boca. Y no fue casual. Macri vio en el club xeneize un ascensor hacia las altas esferas de la política argentina. Así fue: primero alcanzó la alcaldía de Buenos Aires y después, la del país. Aquel año, 2015, se le dio puerta a Riquelme, que fue tanjante: «Yo quiero seguir jugando a la pelota. Veré donde lo hago. Al hincha de Boca lo llevo en mi corazón para siempre. Soy uno de ellos. Yo también soy hincha de Boca». Seis meses más tarde, retirado, anunció su intención de presentarse a las elecciones previstas para 2019.

Cuatro años después, vigilante desde el palco de La Bombonera en cada partido, al acecho de un cargo para el que se sabía necesario más por el club que por él mismo, el jugador que más veces ha vestido la camiseta de Boca será su próximo vicepresidente segundo. Puro papeleo para encontrar acomodo burocrático a quien será el máximo responsable deportivo de la entidad.

Así lo apreció Jorge Amor Ameal, el hombre que un día se propuso disolver el coto privado que el macrismo había instaurado en los despachos del equipo portuario, ganador de las elecciones tras superar a Christian Gribaudo, la solución continuista que amenazaba con mantener a uno de los clubes con mayor repercusión mundial con la cabeza metida en el maletín de unos cuantos. Y eso que en su candidatura iba el otro hombre ilustre de la historia de Boca, Diego Armando Maradona, vendido a unos tipos cuya ideología está en las Antípodas de su particular credo, quién sabe si espoleado por una lucha de egos con el otro gran «10» de la institución de La Boca.

De la fiesta a la vergüenza

El caso es que la grada dictó sentencia, y Maradona tendrá que asumir que la sombra de Juan Román se prolonga más allá de sus rizos en La Bombonera. El dictamen fue palmario: a la llamada a las urnas acudieron 38.363 socios de los 200.000 que tiene Boca, nada mal si se valora que el equipo jugaba ese mismo día en Rosario (más de 500 kilómetros de distancia) y que son más de las papeletas que se emplearon en las últimas votaciones de River, Independiente y Racing juntos. Pese a que Ameal ganó a Gribaudo con margen (52,8 por ciento de los votos frente al 30,6), Riquelme lamentó los fallos en el sistema informático, la desaparición de sobres o los problemas en que se puso a muchos votantes, pinchazos de ruedas incluidos. «Esto debería ser una fiesta», discurrió el exjugador, quien terminó lamentando que la jornada fuese «una vergüenza». Al menos a él le dio para entrar a votar como un loco más, exultante entre un mar de aficionados con los que brincó y cantó, dios en la tierra para una parroquia con fe ciega en el hombre capaz de parar el tiempo cuando pisaba la pelota.

En lo estrictamente deportivo, la parcela residual en los últimos años xeneizes, Gustavo Alfaro no seguirá en el banquillo, y parece que Miguel Ángel Russo, un veterano que ya ganó la Libertadores con Boca en 2007, será quien le sustituya. Como mano derecha de Riquelme se situaría otro ilustre, Carlos Bianchi. La renovación de Carlos Tévez, el elemento de mayor pedigrí en la plantilla, sería su primer objetivo.

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