La sombra de Joe Bradley

Cuando despert√≥, la sombra de la Princesa Anna segu√≠a ah√≠. Las im√°genes y las voces en el escenario del Palazzo Colonna segu√≠an ah√≠. Record√≥ lo que ocurri√≥ despu√©s, las copas junto al dicharachero corresponsal del diario espa√Īol ABC, Cort√©s-Cavanillas, con quien se larg√≥, tras la rueda de prensa ofrecida por la Princesa en la Embajada, al Harry‚Äôs Bar a tomarse unas copas. Despu√©s, sigui√≥ solo hacia el Hotel de Inglaterra, junto a la Piazza de Spagna, a la misma mesa en donde el rom√°ntico Byron hab√≠a escrito Don Juan. ¬ŅC√≥mo vivir despu√©s de habitar en las estrellas, junto a una joven deslumbrante, ajena al rigor de las normas, jovial, y, por qu√© no, enamorada en el ef√≠mero plazo de un d√≠a? No podr√≠a. ¬ŅQu√© hacer? ¬ŅEscribirla? Ser√≠a rid√≠culo. ¬ŅQu√© le dir√≠a? ¬ŅQu√© abandonara su mundo de hadas, responsabilidades de Estado y hacia sus s√ļbditos y regresara con un periodista a su peque√Īo apartamento de la V√≠a margutta, 51, cercana a la Piazza del Popolo? Eso solo ocurr√≠a en las pel√≠culas malas. ¬ŅBuscarla? ¬ŅPara qu√©?

Durante semanas Joe fue un errabundo perdido en las enso√Īaciones de la memoria. Un c√≠rculo desesperante. Pase√≥ hasta el banco de la colina que desciende desde el Campodoglio hasta el Foro porque all√≠ se encontraron por primera vez. Qu√© miserables son los recuerdos. Sinti√≥ que volv√≠a a vivir cada instante. Se dirigi√≥ a la Piazza Rotonda, ten√≠a que volver a sentarse en la terraza, contemplar el Pante√≥n de Agripa, sentir que Anna segu√≠a ah√≠, con su contagiosa sonrisa, su curiosidad sin fin. El Teatro Marcelo, el comienzo de la ruta en Vespa, la parada en el Coliseo y sus palabras cont√°ndole a Anna la historia del monumento, recordadas con puntos y comas, y silencios. Sonr√≠e, con una melancol√≠a infinita, cuando atraviesa la Piazza Venecia y contempla en la fatal pantalla del tiempo c√≥mo se saltaron con la Vespa las indicaciones de tr√°fico y c√≥mo llegaron al baile en Sant‚Äô Angelo. Tuvo que respirar muy hondo cuando frente a la Bocca della Verit√°, una antigua boca de alcantarilla romana, escuchaba en el ruido del aire, el momento en que le cont√≥ a la Princesa una antigua leyenda: se descubr√≠a al mentiroso si √©ste al meter la mano en su boca recib√≠a un mordisco. Joe pens√≥ que nunca podr√≠a abandonar Roma y que la sombra de Anna le perseguir√≠a all√≠ donde fuera, sin rumbo, destino, ni final.

El corresponsal del Diario ABC, Julián Cortés Cavanillas, saluda a Audrey Hepburn
El corresponsal del Diario ABC, Julián Cortés Cavanillas, saluda a Audrey Hepburn РABC

D√≠as despu√©s tom√≥ una decisi√≥n. Habl√≥ con el fot√≥grafo, su amigo Irving Radovich, el c√≥mplice de las fotos tomadas en ese d√≠a inmenso de Roma, y se despidi√≥ sin decirle nada m√°s. Llam√≥ a su jefe en el Servicio de Noticias Estadounidense, Mr. Hennessy, para solicitarle un traslado, si fuera posible al centro de la tierra, o al infierno. Hennesy le coment√≥ que las cosas se estaban poniendo complicadas en lo que se llamaba la Conchinchina, una colonia francesa, a la que los nacionalistas llamaban Vietnam, en el Extremo Oriente. Hennessy, viejo y curtido periodista de la Segunda Guerra Mundial, le advirti√≥ que el conflicto pod√≠a incendiarse en cualquier momento, pero que como lugar para olvidar era √ļnico. Ni se lo pens√≥. En una semana, tras la conversaci√≥n Hennessy, aterrizaba en un vuelo de Air France en el aeropuerto de Saig√≥n. No saldr√≠a de all√≠ hasta marzo de 1975, cuando todo estaba perdido y √©l hab√≠a ganado la indulgencia del olvido.

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