«La situación casi desesperada de Maduro es una advertencia muy fuerte para Ortega»

Luis Carrión Cruz (Managua, 1952) es uno de los nueve comandantes que lideraron el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que combatió contra la dictadura de Somoza en los años 70. Lo hizo junto al ahora presidente de Nicaragua, Daniel Ortega. Durante el primer gobierno de este, Carrión ejerció los cargos de viceministro de Interior (1980-1987) y ministro de Economía (1988-1990). En 1995, decidió alejarse del sandinismo por discrepancias con el FSLN y la evolución del propio Ortega. Actualmente es una de las voces más críticas con el actual presidente que cree ha retomado las negociaciones por el miedo a las sanciones y la presión internacional que está sufriendo Nicolás Maduro en Venezuela.

Después de diez meses de crisis -desde que comenzaron las protestas por la reforma de la Seguridad Social-, el saldo es dramático: 325 muertos desde abril de 2018, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), cifra que algunas organizaciones humanitarias locales elevan a 561, y que el Gobierno de Ortega rebaja a 199. A este balance hay que añadir casi 800 detenidos por manifestarse contra el régimen sandinista.

Este miércoles se ha vuelto a reabrir el diálogo nacional, roto hace meses, entre la Alianza Cívica y el Gobierno de Ortega tras las presiones del sector empresarial (la crisis ha provocado una recesión de la economía, con una caída del PIB del 4% en 2018 y la pérdida de 300.000 empleos). Presión a la que se ha sumado la Organización de Estados Americanos (OEA), cuyo Consejo Permanente ha comenzado a aplicar la Carta Democrática Interamericana a Nicaragua, lo que podría culminar con su suspensión del organismo continental. Representantes de la OEA visitaron el país hace unas semanas y solicitaron al gobierno la liberación de los presos políticos.

Entre las condiciones que la Alianza Cívica (formada por distintos sectores de la oposición) planteó para reabrir la negociación, se encuentran tres: liberar a los presos políticos, el restablecimiento de libertades (entre ellas la de expresión: alrededor de 60 periodistas han tenido que exiliarse del país debido a la represión del gobierno), derechos y garantías; así como realizar reformas legales que garanticen unas elecciones justas, libres y transparentes. La principal demanda de los nicaragüenses es el adelanto de comicios, algo a lo que se niega Ortega, que quiere continuar en el poder hasta el año 2021, cuando concluye su segundo mandato.

Este miércoles, horas antes de reunirse la Alianza Cívica y representantes del Gobierno fue liberado un centenar de personas, detenidas por manifestarse contra el régimen de Ortega. ¿Esto es una buena señal. Significa que las negociaciones comienzan con buen pie?

Esta es una señal mixta. En primer lugar, están liberando a cien, aunque no está realmente confirmado. Por otra parte, en la última semana detuvieron a 31 personas, y en los últimos diez días hubo 65 detenidos. Por eso no es buena señal, si siguen deteniendo a gente en grandes cantidades. Lo que ha ocurrido demuestra que los presos para Daniel Ortega son rehenes. Fueron liberados, bajo no se sabe qué figura jurídica, durante unos días o semanas. A pesar de estar bajo el poder judicial, fueron liberados por el poder ejecutivo, del propio Ortega. Esto demuestra que todo está bajo las órdenes de Ortega. No se sabe bién en qué consiste su situación judicial: si lo s sueltan bajo la condición de casa por cárcel, los dejan como rehenes. El otro problema es que no hay garantías de seguridad para los presos. El clima de agresividad y de hostilidad que ha promovido el régimen de Ortega hacia muchos de estos presos ha hecho que se sientan muy inseguros. Al margen de esto, hay grupos de paramilitares, parapolicias y civiles armados, que están en la clandestinidad, algo que no da ningún tipo de garantía de seguridad a los presos que están siendo liberados.

¿Cuáles cree que han sido los motivos que han llevado a Ortega a reanudar el diálogo en estos momentos?

La apertura de negociaciones se debe fundamentalmente ha que Daniel Ortega está tratando de evadir las sanciones que están imponiendo los EE.UU. y las amenazas de sanciones que vienen del Parlamento Europeo. Necesita revertir el deterioro de la situación económica que no solo afecta al gobierno al golpear severamente la recaudación fiscal, pero también a sus propios negocios. Es decir, el consorcio principal a través del cual capturaron el dinero que venía de Venezuela, Albanisa (Alba de Nicaragua S.A), resultó incluido en las sanciones que le impuso EE.UU. a Pdvsa. Sucede lo mismo con un banco que ellos tienen aquí, que se llama Bancorp… Todos esos factores han creado una gran presión, a la vez no han logrado doblegar la resistencia del pueblo, a pesar de la represión incesante, y que no han dejado de producirse detenciones. El mejor ejemplo son los presos. Las mujeres presas han sido atacadas en varias ocasiones en el interior de las cárceles. Y otros los han golpeado por cantar el himno nacional en prisión. Todos estos factores han llevado llegado a Ortega a aceptar a regañadientes la negociación.

Uno de los requisitos que ha exigido la Alianza Cívica es tener como garantes de estas negociaciones a la OEA y a la ONU…

Hay que intentar que haya garantes internacionales. Daniel Ortega no tiene ninguna crebilidad. Ya le mintió al secretario general de la OEA [Luis Almagro], al pueblo nicaragüenses, a los diputados… Ortega miente de manera insistente. No hay confianza en un acuerdo bilateral que no tenga ninguna garantía.

En el primer intento de diálogo, la Conferencia Episcopal actuó como mediadora. Ahora, sin embargo, no se han anunciado mediadores y la Conferencia solo aparece como observadora, ¿Ortega ha marginado a la Iglesia, que ha jugado un papel fundamental a la hora de intentar ayudar a resolver esta crisis?

Así es. El gobierno rechazó a la Conferencia Episcopal como mediadora, y los obispos aceptaron eso, reduciendo su papel a testigos del diálogo. Han seleccionado a dos personas, al cardenal arzobispo de Managua, Leopoldo Brenes; monseñor Rolando Álvarez, obispo de la Diócesis de Matagalpa. A ellos se ha sumado monseñor Waldemar Stanislaw, del nuncio apostólico en Nicaragua.

Al inicio de este diálogo no se ha elegido ningún mediador…

Todavía no. La primera reunión es para definir las reglas del juego.

La Alianza Cívica ha impuesto tres requisitos para negociar: liberar a los presos políticos, restablecer las libertades y realizar reformas legales que garanticen unas elecciones justas, libres y transparentes. ¿Incluyen también el anticipo de comicios, que rechaza Ortega?

La agenda primero tiene la liberación de todos los presos políticos, no de una muestra; segundo, garantías y plenos restablecimiento de derechos políticos y ciudadanos. El cese de la represión, porque aunque suelten a presos, continúan las amenazas… Que los presos liberados se sientan seguros y que los exiliados puedan regresar. Luego, se tiene que poder dar la libertad de expresión, de movilización, los derechos ciudadanos. Estos son claves básicas para que se dé una negociación, y de fondo están la condiciones para que haya unas elecciones libres y transparentes, sin posibilidades de fraude.

¿Usted cree que Ortega cederá a la hora de adelantar las elecciones, previstas para 2021?

No lo puedo decir en este momento, pero creo que si la presión es suficiente va a haber la posibilidad de adelantar las elecciones.

¿Quién o quiénes tienen que ejercer esa presión?

Obviamente, EE.UU. es un factor de presión muy importante. Lo que está pasando en Venezuela, y la situación casi desesperada en la que se encuentra Nicolás Maduro es una advertencia muy fuerte para Daniel Ortega. Si cae Maduro, entiende que su situación se vuelve muy, nuy precaria. Esto también pone presión. Hay que ver qué ocurre con la situación económica del país, que se está deteriorando, y si sigue así -algo que va a ocurrir si no hay una solución política-, supone otro factor muy importante de presión para que Ortega decida optar por adelantar las elecciones.

Usted fue uno de los nueve comandantes que luchó en la revolución sandinista para terminar con la dictadura de Somoza. Participó en el primer gobierno de Ortega, pero luego se alejó…

Después de la derrota electoral del Frente Sandinista, en 1990, yo y otras personas vimos que, si bien habíamos perdido el poder, era una oportunidad para corregir una serie de políticas erróneas y comportamientos de corte autoritario, que habíamos tenido en el Frente Sandinista durante los años 80. Que debíamos abrazar la oportunidad de consolidar un ciclo democrático en Nicaragua, pero Daniel Ortega no era de esa opinión. Él se propuso gobernar desde abajo. Recurrió a la violencia, tranques, quema de gomas de llantas, bloqueo de carreteras… La resistencia de Daniel Ortega a aceptar las reglas de juego democrático, y el uso que hizo de la violencia aunque no estuviera en el poder, fue lo que me llevaron a presentar mi renuncia en enero de 1995 a la dirección e incluso a mi afiliación del FSLN.

¿Qué sintió al ver pervertido el ideal de la revolución sandinista?

Yo era muy consciente, incluso ante de que Ortega llegara al poder, de que se iba a convertir en un régimen dictatorial. Y después, cuando lo alcanzó, vi como iba controlando todas las instituciones del Estado, controlando todo bajo su voluntad. Su política de comunicación era inexistente: Ortega no toleraba las ruedas de prensa y no concedía entrevistas. Fui viendo como utilizaba la represión para aplastar las pequeñas protestas de sectores, pero nunca imaginé que fuera capaz de llegar a esta situación criminal. Es decir, matando a más de 300 personas, y deteniendo a más de 700. Es algo que me sorprendió y que me duele porque creo que la imagen histórica del sandinismo, que tiene luces muy importantes, que aportó valores muy importantes al país, ha quedado gravemente manchada y lesionada por el comportamiento de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo. Me siento muy mal, pero creo que hay que ir hacia adelante. Aquí lo que está en juego no es el mensaje de un movimiento histórico sino el futuro de Nicaragua. De que seamos capaces de construir, por fin, una sociedad democrática estable, sólida, que rompa el ciclo histórico que hemos vivido los nicaragüenses de dictaduras recurrentes.

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