«La residencia y otros relatos», crónicas de Piedraverde

Piedraverde es la ciudad a la cual nadie retorna. De esa ciudad, de la cual todos buscan huir, J. L. Rodríguez García ha construido el mapa mitológico, una red de leyendas. En esa red, el alma de Piedraverde y de sus gentes va siendo diseccionada. O la ausencia de alma. Acabamos por sospechar que Piedraverde es todos los mundos posibles, en los cuales un hombre persigue siempre -y alcanza- la potestad de destruirse. «La vida no tiene sentido», deja caer un asesino profesional que lee a Proust para no darse cuenta «de que se puede morir de aburrimiento», en un relato que es una declaración de amor a la Lisboa dulcemente mugrienta de la revolución. Tan melancólicamente evocada frente a la aspereza que el narrador reconoce como suya: «Si en España hubiéramos hecho la revolución se habrían elegido cardos en vez de claveles para izar en el fusil de los rebeldes».

Los personajes de Rodríguez García son verbalmente deslumbrantes. Incluso en el corazón de la miseria, incluso ahogados por esa perseverante mugre que deben atravesar en su mortecina ciudad, que es todas, incluso en su repetido fracaso en el intento de añadir un mínimo resquicio de alma a sus calles desalmadas. Piedraverde somos nosotros. Irreparables.

Convenido basurero

La soledad se desmenuza en esos veintiún abordajes, que abarcan desde la tradición más hosca del relato negro –deudora de McCoy o Ellroy-, hasta la cruel reflexión estética del protagonista de «Adiós, Buonarotti». Desde el lirismo que rige la espera de «Todos los días cuando llueve en noviembre» hasta el mundo de ancianos que naufragan en una residencia de apariencia primorosa. Todo lo horada el tiempo, todo lo corrompe, todo lo envilece. El mundo de Piedraverde es un convenido basurero al cual nos hemos resignado: «Cuando estaba en el baño pensó que todo estaba viejo, deteriorado»

Rodríguez García cataloga ese mundo, con lucidez, sin complacencia. Tal como ha venido haciéndolo, desde hace cuatro decenios, a lo largo de una obra que abarca con igual rigor poesía, novela, cuento y ensayo. En estos textos breves están los ecos de su desgarrada novela «Manos negras» (1996). La misma es la precisión de esa escritura que hemos visto desplegarse en poemarios de la hondura de «Tan sólo infiernos sobre la hierba» y de su «Pentateuco para náufragos». La misma que cristalizaba, en el año 2004 en la soberbia reconstrucción histórica de Savonarola que fue su «Ángel vencido«.

Y el lector percibe, además, en los relatos de esta recopilación de ahora, una piedad infinita. Estamos ante un libro de plena madurez, un libro que alza su voz cuando el escritor «ha cruzado ya esa edad en que todo comienza a carecer de sentido». Y, sin embargo, escribe. Escribe, tal vez, precisamente por eso.

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