La Reina Isabel cuelga en Sandringham el cartel de «completo» por Navidad

La mañana de Navidad de hace un año, y entre la concurrida parentela de la Reina de Inglaterra, todas las miradas estaban puestas en Meghan Markle -por aquel entonces la prometida del Príncipe Harry-, en su condición de debutante en una cita ineludible para cualquier Windsor: la cena del 24 de diciembre y el oficio religioso del 25 en Sandringham, cuando Isabel II congrega a sus hijos, nietos, primos, sobrinos… Una reunión que para la difunta Diana de Gales, tal y como en su día confesó a su biógrafo, Andrew Morton, resultó ser una auténtica pesadilla el día en que por vez primera se sumó a ella, y no precisamente por el hecho de que aquel diciembre de 1981 fuera obsequiada con un cojín que echaba pedorretas, feliz idea de su suegro, Felipe de Edimburgo. Las bromas, las extravagancias y la fina ironía que suele gastar la familia -cuando no sarcasmo- la dejaban completamente desarmada.

La pasada Navidad, Meghan superó con altísima nota la prueba de fuego de resistir con la mejor de sus sonrisas en esa especie de «lata de sardinas» que, según los medios británicos, se convierte Sandringham House cuando allí desembarcan todos los miembros de «La Firma» -tal y como el núcleo duro de la Familia Real británica se refiere a sí mismo-. Al cabo, la residencia del condado de Norfolk (noroeste de Inglaterra) solo tiene 29 habitaciones y a más de uno no le queda otra que acomodarse en cuartos de servicio -por orden de la Reina, buena parte del personal tiene los dos días libres para disfrutarlos con sus familias-. Meghan, quien para el tradicional oficio religioso del día de Navidad en la iglesia de Santa María Magdalena parecía perfectamente integrada, deslumbró con su elegante abrigo beis de la marca Sentaler (1.110 euros), sus botas de ante marrón, su boina de lana y el bolso «Pixie» de Chloé. Su perfecta reverencia a la Reina Isabel coronó uno de sus días triunfales.

Ahora, la situación para la Duquesa de Sussex es bien distinta. Desde su boda en mayo de 2018, ha pasado de ser la más amada de los medios a estar bajo permanente sospecha por su supuesto mal carácter, tanto con el personal de Kensington Palace -ya ha perdido a una asesora personal y otra está a punto de marcharse- como con su cuñada, Catalina de Cambridge, a quien, cuentan las malas lenguas, hizo llorar durante los preparativos de su enlace en Windsor. Al parecer, el Príncipe Guillermo y su hermano Harry se han distanciado debido a la mala relación de sus respectivas esposas, Catalina y Meghan.

Así pues, un año más todos los ojos están puestos en una embarazadísima Duquesa de Sussex y, por supuesto, en la Duquesa de Cambridge. ¿Cómo ha resultado su acomodo esta Navidad, cuando la Reina Isabel ha congregado a una treintena de familiares, más que nunca? Entre las nuevas incorporaciones figuran el pequeño Príncipe Luis, tercer hijo de los Duques de Cambridge; Jack Brooksbank, flamante esposo de Eugenia de York, y (previsiblemente) Thomas Kingston, el futuro marido de Lady Gabriella Windsor.

El pasado año, los Duques de Sussex pernoctaron en Anmer Hall, la residencia campestre de los Duques de Cambridge, a unos tres kilómetros de Sandringham y que dispone de diez habitaciones, pero esta Navidad Meghan y Harry se han quedado en la casa de la Reina.

El protocolo de la Familia Real británica por Navidad se distingue por estar exento de toda pompa. Los invitados empezaron a llegar de manera escalonada la tarde de ayer. La costumbre marca que los primeros en hacerlo son Carlos de Inglaterra y su esposa Camilla de Cornualles. Cuando ya están todos se toma el té y, sólo después, se procede a abrir los regalos, que suelen ser de baratillo -del mencionado cojín de pedorretas de Diana de Gales a un gorro de ducha que en una ocasión recibió la Reina Isabel-, según cuenta Marlene Koenig, historiadora real. Dicen que también se entretienen jugando, entre otras cosas, a la gallina ciega antes de la cena y los villancicos.

Tras el servicio religioso de hoy en la iglesia de Santa María Magdalena, a la que el grueso de los Windsor suele acudir caminando, salvo la Reina y el Duque de Edimburgo, se da buena cuenta de un almuerzo sencillo junto al personal de servicio. Y a media tarde, y como quien dice, cada mochuelo regresa a su olivo.

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