La receta de Felipe González para los políticos españoles tras tres elecciones generales: «Váyanse a su casa»

Felipe González se ha presentado este jueves en Nueva York con falsa timidez, excusando que ya no está acostumbrado a hablar en público. Fue solo un truco de vanidad, una mentirijilla para engordar todavía más la reacción positiva del respetable que llenaba el salón de actos de la Americas Society para escuchar al expresidente del Gobierno de España.

González sigue siendo un animal político que no ha perdido su capacidad de engatusar al público con un cóctel de artificios verbales muy logrados, ingenio, letanía de líderes internacionales con los que se ha codeado -de Castro a Merkel, de Kissinger a Den Xiaoping- y un manto de referente moral en un momento convulso para la democracia representativa. «Yo siempre he sido un moderado. Me he vuelto un radical en la defensa de los valores democráticos», ha dicho.

El líder histórico socialista no ha hecho referencias muy concretas a la situación política en España, con un gobierno inestable liderado por su partido, con el apoyo de nacionalistas vascos, separatistas catalanes y Podemos. «La crisis política en España es seria, y la agudizamos por la banalidad del debate», ha criticado. «El debate no es serio, la crisis, sí».

El mensaje central con el que González recorre el mundo -y que ha desarrollado en su libro «¿Quién manda aquí?»- es que la democracia representativa está en peligro. Y eso incluye a España, donde, en su opinión, los líderes políticos no han estado a la altura de las circunstancias. «En 2015 hice una broma», ha contado. «Que en 2016 tendríamos un parlamento a la italiana por primera vez, pero que no tendríamos italianos para gobernarnos», prosiguió ante la risa del público. «Y ocurrió. Tras tres elecciones generales seguidas, por lo menos habría que exigir a los líderes políticos que no se presenten. No van a decir a los ciudadanos ‘vuelvan a votar hasta que acierten’, ‘el pueblo se ha equivocado’». Su recomendación para los políticos en esta situación: «Si no son capaces de lograr la representación, pues váyanse a su casa». El ex presidente criticó en dos ocasiones que, en la actualidad, las democracias no están muriendo por golpes de estado: «Los líderes llegan por los votos y quieren quedarse por las botas».

González se mostró abierto a «reformas constitucionales», pero, sin considerarse monárquico, ha defendido el éxito de la monarquía constitucional en España. «Cuando pienso en quién podría haber sido un presidente de la república que hubiera hecho mejor papel que los reyes que hemos tenido en la democracia, no lo encuentro», ha defendido.

Buena parte de su discurso estuvo centrado en la política internacional, donde al expresidente le cuesta menos dar nombres y valorar gobiernos que cuando se refiere a la España de Pedro Sánchez. De la Venezuela de Nicolás Maduro ha dicho que es «una tiranía arbitraria que ha destruido la democracia, la economía y la seguridad del país, y ha provocado un éxodo bíblico sin precedentes». De Donald Trump ha asegurado que «ha iniciado el proceso de decadencia de EE.UU.» y que «no es posible gobernar a golpe de tuit». De Jeremy Corbyn, el líder laboralista de Reino Unido y posible próximo primer ministro, ha denunciado que «propone a los británicos volver a los años sesenta», una crítica similar a la que hace de Andrés Manuel López Obrador, el inminente presidente de México. El ascenso de estas figuras, como la de Jair Bolsonaro en Brasil, es el triunfo de «utopías regresivas», según la denominación de Fernando Henrique Cardoso, el expresidente brasileño.

González se ha mostrado preocupado por un futuro lleno de desafíos -una transición tecnológica rampante, el cambio climático- para el que duda que haya líderes preparados para acometerlos. «Pensé que me iban a olvidar antes», ha dicho con su orgullo inconfundible. «Pero no es verdad: todavía me encuentro un paisano gallego aquí en la puerta y me pide una foto. Para colmo, me pide que vuelva, lo que es aún más inquietante».

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