La Plaza de la Buena Memoria

Cuando era obispo de la ciudad de Buenos Aires, el papa Francisco acu√Ī√≥ una frase que incorpor√© profundamente a lo largo de mi vida profesional en la gesti√≥n p√ļblica. Jorge Bergoglio dijo que la ciudad no hab√≠a sabido llorar lo suficiente, al cumplirse en 2005 un a√Īo de la tragedia de Croma√Ī√≥n. Y es tan cierta esa observaci√≥n que resulta aplicable a toda la Argentina, en cualquier circunstancia.

Victimarios y v√≠ctimas, agresores y agredidos, ofensores y ofendidos, odios y rencores. Dolor, tristeza y enojo acumulados durante a√Īos fueron forjando y fundamentando en gran medida las profundas divisiones de nuestra sociedad.

A lo largo de esta maravillosa vida que me toc√≥ y que eleg√≠, he conocido gente de todo tipo, con penas inconmensurables, con frustradas b√ļsquedas de consuelo y reparaci√≥n, de escucha y contenci√≥n. Personas de carne y hueso, con alma y sentimientos. Como yo, como cada uno de los que leen este humilde art√≠culo. Ni m√°s ni menos. En esas horas largas e incontables, he acordado, he disentido, aportado, solucionado y callado por no tener respuesta alguna.

Es a partir de este c√ļmulo de experiencias atesoradas que tengo la convicci√≥n de que a los argentinos nos falta un espacio com√ļn donde encontrarnos en el dolor y proyectarnos juntos hacia un futuro de trabajo compartido, de encuentro, que nos d√© paz a tanta crispaci√≥n. Que nos permita reconciliarnos con nuestra propia historia, que les leguemos a quienes nos suceden en la vida -que no son el otro, son nuestros hijos y nuestros nietos, nuestras propia descendencia- una sociedad que se aferre fuertemente a los valores que importan.

Necesitamos una Plaza de la Buena Memoria. Un lugar de respeto y respetable para todos, donde cada uno de nosotros, sin pedir permiso, sin temor a ser agredido, pueda honrar la vida recordando, homenajeando, reflexionando. Una Plaza de la Buena Memoria que no d√© lugar m√°s a falsas jerarquizaciones o categorizaciones sobre la muerte. Una Plaza de la Buena Memoria que nos permita, sin verg√ľenza, como conjunto, reconocernos en la historia, dici√©ndonos: “Esto somos, esto nos pas√≥, esto hicimos, esto nos toc√≥”. Una Plaza de la Buena Memoria que nos ense√Īe que el dolor del pr√≥jimo nunca nos debe ser ajeno.

Los argentinos hemos dejado por mucho tiempo de mirarnos en conjunto para vernos solo desde el prisma que elegimos, y nos convencimos de que los √ļnicos colores son los que podemos ver. Hay mucho dolor no curado, ignorado, las secuelas del repudiable terrorismo de Estado, las muertes perpetradas por los grupos que se armaron sembrando terror incluso en democracia, la embajada de Israel, la AMIA, v√≠ctimas del terrorismo internacional, Croma√Ī√≥n y Once; las muertes causadas por nuestra corrupci√≥n, las muertos de Malvinas, que, al igual que los sobrevivientes, fueron abandonados durante a√Īos despu√©s de la guerra por la desidia y la verg√ľenza de la derrota no asumida.

La Plaza de la Buena Memoria nos tiene que servir de faro irradiando la luz que nos recuerde siempre que nuestro destino es juntos, en paz, en respeto, en solidaridad, en fraternidad, en dignidad, en absoluta libertad. La Plaza de la Buena Memoria hace a la esencia de una verdadera política de Estado en derechos humanos que incluya y pacifique. Trabajaremos en eso con todos los que aman con el alma a nuestro país.

Secretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación

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