La perversión del criado

«El sirviente»Teatro Español, Madrid

En la Inglaterra de los días posteriores a la segunda guerra mundial, un joven heredero se instala en su nueva mansión, para la que necesita un sirviente. Un enigmático hombre con magníficas referencias se hace con el puesto y entre el criado y el señor se crea una relación que mezcla afecto, admiración, respeto, dependencia, sumisión y dominación…, y que termina convirtiéndose en absolutamente perversa y enfermiza.

Éste es el planteamiento de la obra que Robin Maugham concibió en 1948 como novela, que llevó más tarde al teatro y que Robert Losey convirtió en una película protagonizada por un inquietante Dirk Bogarde. El autor dibuja una historia sinuosa que mezcla pasiones y clases sociales, deseo y perfidia. La relación entre señor y criado es por momentos un combate de boxeo, en otros una pelea de lucha grecorromana en la que los contendientes se aferran el uno al otro mientras tratan de no perder su sitio; a veces las chispas se transforman en un amor claramente tóxico.

Mireia Gabilondo perfila la historia y a sus personajes -también a los satélites que rodean a los dos protagonistas-, pero no logra trazar con claridad el dibujo de esa relación ni la evolución que lleva a la dependiente locura al joven aristócrata. En el ritmo cinematográfico que imprime a la, en general, interesante función, falta la continuidad para unos personajes que conocemos a saltos. La sugerente música de Fernando Velasco ambienta perfectamente en esa icónica Gran Bretaña de la posguerra, todo lo contrario que la excesivamente esquemática y abstracta escenografía de Ikerne Giménez.

En el capítulo de la interpretación, es de justicia referirse a Eusebio Poncela, que encarna a Barret, el sirviente; lo hace de forma torva, cínica, pérfida, con una media sonrisa inquietante y un demoledor sentido del humor. Su dominio de la voz y los matices (a lo que ayuda la microfonía) completan una espléndida actuación.

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