La Orden del Tornillo para Silvina Benguria

Benito Quinquela Martín, el creador del barrio de La Boca, el que les dio identidad a esas manzanas próximas al Riachuelo y llegó a elevarlas al rango de República de La Boca, también creó una condecoración: la Orden del Tornillo, que se les otorgaba a quienes tenían algo de genio, pero también algo de loco, es decir, a quienes les “faltaba un tornillo”. El que otorgaba la distinción era el propio Quinquela, él era el único jurado y también el único que, para cada entrega, se ponía el uniforme de almirante de la Orden, de cuyo saco pendían varios tornillos. Si don Benito hubiera recorrido la estupenda muestra “Pasajes”, de la pintora Silvina Benguria, que se expone precisamente en el Museo Benito Quinquela Martín, seguramente le habría otorgado la Orden, porque en la artista se dan los dos atributos indispensables: la cuota de genio y la de locura; al igual que se dieron en otros “atornillados” como Tita Merello y el doctor René Favaloro. Había, por otra parte, una cualidad que Quinquela apreciaba para conferir aquella insignia: el humor. ¡Y vaya si hay humor en las telas que Silvina presenta en esta ocasión!

Víctor Fernández, el director del Museo, dice en el catálogo: “El encanto es lo primero que viene a nuestro encuentro cuando nos acercamos a las obras de Benguria”. Y agrega que los habitantes de esas imágenes, dinosaurios, monstruos, señoras entradas en carne, una carne rosada, a menudo púrpura de pudor o inflamada por una sangre ardiente, son seres y situaciones encantadores “por su profunda humanidad con los que irremediablemente empatizamos”.

Pocas veces la obra de un pintor calza de modo tan adecuado en un ámbito de exposición como la de Benguria en el Museo. A ello contribuye el perfecto estado de todas las salas, incluidas las de la casa de Quinquela en el tercer piso (mérito de Víctor Fernández). Es inevitable que el visitante de la muestra de Benguria termine por recorrer el resto de los salones donde se pueden contemplar obras de artistas boquenses, mascarones de proa y, en el tercer piso, el hogar-museo de don Benito, además de las cuatro terrazas donde hay una magnífica colección de escultores argentinos.

Entre las obras de Silvina, hay varios retratos; uno, sublime de gracia, el del cómico Groucho Marx, con su gran bigote, sus cejas hirsutas y el cigarro en la boca; pero también está la cabeza melancólica de Oscar Wilde, envuelta en una ola verde. Los ojos y los pesados párpados del escritor están envueltos en una nostálgica ensoñación. La poeta Alfonsina Storni, toda rosa, rosa el sombrero cloche, rosas la piel, el vestido y la pequeña boca, irradia una dignidad serena y suiza que no hace prever su final trágico. En otros de los retratos, se ve a la productora teatral Kinucha Mitre.

Hay dos retratos en los que no se aclara la identidad de los modelos, aunque para el grupo que se mueve en el mundo del arte son muy reconocibles. En uno, está Rómulo Macció por duplicado, como si hubiera tenido un hermano gemelo. En Autorretratos, frente a frente, pero de perfil para el espectador, se ve a Rómulo Macció y a Benguria, los dos con gorras de capitán. En un cuadro muy fresco se ve a tres niños, uno casi adolescente, Ignacio, Agustín y Nicolás, con sendos pescados, apenas salidos del río, en las manos.

Una serie de chimeneas de barcos de las que salen nubes y nubes y la proa monumental de un enormísimo barco son los temas de obras en las que se mezclan un toque de humor nostálgico con la poesía de la soledad marina, casi metafísica, acentuada por fondos violáceos, rojos y rosados. Y si de poesía se trata, triunfa Luna d’argento, donde un grupo de lobos marinos elevan sus cabezas para mirar hechizados la luz lunar que los arranca de las sombras.

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