La OEA de Almagro

Reputación (buena) y OEA no han sido eternos compañeros de viaje. Los sucesivos secretarios generales, cargo inaugurado por el periodista colombiano Alberto Lleras Camargo en 1947, dejaron diferentes huellas en una organización que, en ocasiones, pareció ser más un escaparate de buenas intenciones que un organismo efectivo. Con una historia luminosa en sus orígenes y a veces entre tinieblas, la OEA pareció despertarse de su último letargo con la llegada de Luis Almagro, el hombre al que Iván Duque postula estos días para su reelección. La propuesta del presidente colombiano, en el marco de su visita a Washington para participar en la Asamblea General de la ONU, tiene el respaldo de un nutrido grupo de países que ven en el uruguayo una esperanza de futuro en aquellos rincones del continente donde el término democracia significa menos que nada. Venezuela, Cuba y Nicaragua son una muestra indiscutible de ello salvo para los nostálgicos de un pasado que no existe, por más que sueñen con resucitarlo.

Almagro no dudó, desde el primero día que tomo posesión del cargo (2015), en llamar a las cosas por su nombre. Nicolás Maduro y la tragedia del pueblo venezolano, se convirtieron en causa propia cuando, sin excepción, debió ser común. El guante de seda de su antecesor, el chileno Jose Miguel Insulza, en sus manos fue una espada certera de Damocles. Pero su modo de hacer se recibió con frecuencia mejor fuera que dentro de la OEA, donde demasiados prefieren el derroche de buenas palabras a declaraciones directas y decisiones arriesgadas.

En entrevista reciente en ABC, el canciller colombiano, Carlos Holmes Trujillo, rescataba los avances de la OEA en la lucha contra el narcotráfico, la defensa de principios democráticos y el acosó al régimen bolivariano. Tenía razón pero justo es advertir que detrás de muchos de esos méritos, destaca el nombre de Luis Almagro. Duque deía lo mismo con otras palabras al referirse al excanciller de José Mujica que busca la reelección: «Cuando se ejercen estos cargos con determinación y no con diplomacia meliflua, estas organizaciones se fortalecen».

Carmen de CarlosCorresponsalCarmen de Carlos

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