La odisea de los giles, un elogio a la resiliencia

La película recientemente estrenada en cines La odisea de los giles, de Sebastián Borensztein, basada en el genial libro de Eduardo Sacheri La noche de la Usina, le ha permitido a muchas personas conectar emocionalmente de manera profunda con una historia épica en la que pequeños perdedores, unidos, fraguan una revancha frente a una injusticia de la que han sido víctimas.

Los hechos transcurren durante la crisis de 2001 en la Argentina. Pero trazan, más que una narración de la crisis, un relato entrañable de lo que las personas son capaces de hacer frente a la adversidad. A pesar de que la trama se desarrolla en el contexto de nuestro pasado reciente, se trata en realidad de una historia universal: una historia de resiliencia.

La palabra resiliencia tiene su origen en término latino resilio, que significa volver de un salto, rebotar, resurgir. Es un vocablo utilizado originalmente en la física, donde refiere a la capacidad de los materiales para resistir la presión, doblarse con flexibilidad, recobrar su forma original y no deformarse ante fuerzas externas. Fue adoptada por las ciencias sociales y la psicología para describir la capacidad humana de salir adelante desde la adversidad.

La catalana Anna Forés la define bellamente como “la metáfora de las posibilidades”. Dice, además: “La resiliencia es una metáfora generativa que construye futuros posibles sobre la esperanza humana y la consecución de la felicidad ante los sufrimientos, los traumas y el dolor padecido. Es un concepto que tiene un gran poder de inspiración”. Y es ese gran concepto el que, de alguna manera, ronda esta historia de los “giles” (no tan giles): la esperanza y la capacidad que tenemos las personas para generarnos mejores futuros posibles.

Si bien la idea de resiliencia es compleja, muchos autores comparten la visión de que es el resultado de un equilibrio entre diferentes factores: protectores, de riesgo, la personalidad de cada uno. Asimismo, la resiliencia debe entenderse desde el contexto físico y social, y en un marco cultural determinado. Sin embargo, más allá de esta complejidad hay algo esencial: la resiliencia se construye en la relación con el otro, mediante lo que Boris Cyrulnik (el gran estudioso del tema) define como “una labor de punto que, al tejer el vínculo, teje la resiliencia”.

Es justamente esto lo que pone de manifiesto este relato cinematográfico de perdedores sencillos, que individualmente cuentan con pocos recursos y mucha adversidad, pero que definen un accionar comunitario en el que esos pequeños recursos individuales toman fuerza y dimensión al ponerse en común.

La “odisea” es llevada adelante por personas que apuestan al futuro y se motivan entre sí para salir del modelo impuesto de pérdidas, daños, carencias, exclusión y traumas. Permanentemente los personajes buscan valorar sus potencialidades, recursos, fortalezas y posibilidades por sobre el contexto negativo.

En ese sentido, la resiliencia, como una capacidad que tenemos todas las personas, es una invitación a llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos, desarrollando el máximo de nuestras potencialidades más allá de la adversidad, dando uso a la capacidad, a veces poco usada, de dar forma a nuestro futuro.

Edith Grotberg describe cuatro factores que ayudan a promoverla y que explica en un modelo de cuadrantes interrelacionados: apoyo social, fortaleza interna, disposición a hacer, habilidades. En el film vemos cómo muchos de los personajes tienen esas capacidades y habilidades que, como dijimos, se potencian al ponerlas en común. Porque es muy emocionante lo que sentimos cuando formamos parte de algo más grande que nosotros mismos. En el relato se percibe cómo este grupo de personas experimenta la sensación de que podemos, a través de las redes comunitarias, superar la angustia que nos invade cuando nos sentimos solos .

Tampoco es casual que esta historia esté contada “desde el interior hacia la Capital”. Tal vez porque, como dijeron Ricardo Darín y Sebastián Borensztein en una entrevista, “las grandes ciudades no nos dejan estar cerca de nuestro eje; estamos siempre muy pendientes de las obstrucciones, del enojo, del hacinamiento. Entonces es más difícil tener un diálogo con vos mismo, interno, que te satisfaga la sensación de decir: ?sí, éste se parece más a quien yo creo que soy’. Y también, tal vez, porque esa idea de la cosa comunitaria, eso de que la gente común, que no se conoce, puede juntarse para encarar proyectos complejos, se da de manera más sencilla fuera de las ciudades”.

Es importante señalar la clave de humor como una forma de desacralizar lo dramático. El humor y el optimismo a pesar de cualquier contrariedad son características fundamentales de las personas resilientes.

En una Argentina siempre atravesada por la dificultad, esta narración nos invita a sentir muchas emociones. Pero hace hincapié especialmente en dos: la esperanza y lo que somos capaces de hacer cuando, juntos, como valientes guerreros, enfrentamos situaciones de gran adversidad.

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