La importancia de un 7

El Atlético de Joao Félix demostró en América que el fichaje fetén, en efecto, era Joao Félix (si la Falange, según Foxá, fue una hija adulterina de Marx e Isabel la Católica, Joao Félix sería como un hijo adulterino de Cruyff y Thaisa Moreno). Y el Atlético, además, metió siete goles y una serpiente (¡la duda reptante!) en el paraíso de los piperos, resumida por alguien en un tuit tremendo: ¿El Madrid de las tres Champions fue el de Zidane o el de Cristiano?

La doctrina oficial al comienzo del partido era que para el Madrid no hay partidos amistosos. Que allá los demás, pero que para el Madrid un derbi es un derbi y que no haría prisioneros. Al descanso, la doctrina oficial había evolucionado un punto: lo de menos era el resultado, 0-5 en esos momentos, pues se trataba de un amistoso preparatorio de lo serio, la Liga, que se inaugura en agosto. Al final tampoco fueron 5, sino 7 (pudieron ser 12, pero se quedaron en 7) y la explicación de Zidane fue que el Madrid había encarado el partido como un amistoso, y el Atlético, no, que es una cosa aún más tremenda que la de Schuster cuando dijo que viajaban a Barcelona sabiendo que era imposible ganar al Barcelona, comentario que le costaría el cargo.

El «7» tiene su importancia, y no porque fuera el número mágico de Hitler («El número 7» es un alegato antihitleriano del periodista Penella de Silva, ídolo de Pla), cuyas grandes campañas arrancaron del séptimo día. En plena pelea de Hazard por el «7» de Mariano, viene Simeone y te hace un siete en el marcador jugando como si fuera aquel Dinamo de Lobanotski radioactivado por la nube de Chernobil. Es un siete-guinda, que remata la temporada más nefasta que se recuerda y que Zidane pretende arreglar con el «trap» (esa regresión del «rap») de Pogba, que tiene un primer toque de futbolista con juanetes, para acabar de enloquecer a los centrocampistas del rondo (en este caso, rondel) de Zidane, que va a llevar siempre encima el «7» del Atlético como Fandila, El Fandi, lleva el «7» de Las Ventas.

Seis meses y cincuenta mil millones de pesetas después, incluido ese Doctor Bacterio de la Gimnasia que es el Científico Dupont, en el Atlético Diego Costa se mueve como Van Basten, y en el Madrid Sergio Ramos lo hace como Ballesteros disfrazado de Chigrinski, con los «Canelitos» cargando contra Courtois, «autoproclamado número 1», insisten, como si fuera Luis Miguel Dominguín levantando el dedo índice contra los piperos de Las Ventas. «Autoproclamado», por cierto, es una cosa que, para ningunearlo, los periodistas llamaban a Guaidó, uno de los presidentes venezolanos en ejercicio. ¿A qué mago de la superstición se le ocurre vestir al portero titular del Real Madrid con un jersey amarillo y un número 13 a la espalda? Courtois dice haber vuelto de las vacaciones con menos grasa que nunca para llegar más lejos al estirarse, pero sin defensa, y con los brazos en jarras, es como un De Gaulle al que le hubieran robado el melón. En su oratorio, Keylor, el amigo del Capitán, espera rezando su rosario de cuentas de lapislázuli: lo hace con mohínes de dama desairada, y cada balón que pilla es en pura propaganda «un paradón». Parece que fue ayer cuando arrancaba briznas de yerba del Bernabéu para ofrendarlas a sus fans a modo de despedida. «Es mi pobreza, no mi voluntad la que consiente».

La «competencia» (en los periódicos) está servida. Así que Courtois o Keylor (debate diario); Carvajal, Varane, Ramos, Marcelo; Modric, Casemiro (o Pogba), Kroos; Lucas Vázquez, Benzemá… y Hazard. ¡La Revolución! Los mismos que se tomaron el derbi americano como amistoso, y que ya venían de tomarse la última Liga como amistosa, más un Hazard que recuerda a Antonio Bienvenida por el arte (que lo tiene) y por lo rollizo (que también lo tiene). Con la batuta, Kroos, que reparte balones como un oficial del Juzgado citaciones. ¿Cómo mejorar el serial? Si lo cogiera David Milch, creador de «Deadwood», tendríamos «espantá» de Zidane a mediados de noviembre, y regreso de Mourinho en plan Al Swearengen para entrar en un vestuario con sus tres caballeros, Ramos, Pogba y Hazard. Pero Milch, con alzhéimer, no lo cogerá.

Y sí, amigos: el bueno, qué carajo, era Joao Félix.

Bale y Saint-Tropez

Para el agit-prop nacional, los Bale (Real Madrid) son en el fútbol lo que los Espinosa (Vox) en la política. «¡Madrid sin gobierno y los Espinosa en Saint-Tropez!», fue el penúltimo fake, como queriendo decir «¡El Reino sin Rey y Ginebra con Lanzarote!», aunque mi expresión de angustia favorita es la de mi abuela: «¡Mañana Corpus Christi y la ropa sin planchar!». Para desacreditar a los Espinosa se los coloca en Saint-Tropez, que es donde la chusma situaba a los ricos de la época de Louis de Funes, y para desacreditar a los Bale se los coloca jugando al golf en La Finca (¡donde hace las barbacoas Sergio Ramos!), en lugar de pasarse por el Cervantes de Búfalo y Vil a aprender el español. Zidane, que no jugaba al golf, en el Real Madrid jugó 227 partidos, metió 49 goles, dio 66 asistencias y ganó 6 títulos. Bale, que juega al golf, en el Real Madrid jugó 231 partidos, metió 102 goles, dio 65 asistencias y ganó 13 títulos.

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