«La gente tiene miedo a su nueva vida»

La vida no es fácil en El Gallinero. Basta un pequeño paseo por este asentamiento chabolista, levantado a la altura de la salida 13 de la A-3 y a menos de un kilómetro del conflictivo sector 6 de la Cañada Real, para comprender que el tiempo, aquí, lo mide solo la supervivencia. El sol aprieta. Vassile, cuyo parecido con el futbolista Theo Hernández es asombroso, explica la situación al resto del grupo. La presencia de periodistas un día antes de que el Ayuntamiento comience a desmantelar lo que queda del poblado incomoda a sus moradores. «No pasa nada, podéis venir conmigo y hablamos con más familias», apunta, sin dejar de agradecer el ofrecimiento de un cigarro: «Solo fumo esto y los porros». Su ayuda, desinteresada y vital, es un golpe en toda regla a cualquier intelecto atenazado por los prejuicios.

A su lado, fiel escudero, avanza raudo Moisés. Tiene 4 años y camina descalzo entre una maraña de piedras, cristales rotos y restos de basura. No conoce otra forma de vida y, prueba de ello, es su gesto de resignación cuando se le pregunta por su inminente cambio de aires. Entre hoy y el jueves, 25 familias -reagrupadas en tres grupos- serán realojadas en virtud de un convenio municipal y de la Comunidad de Madrid. «Muchos se han marchado ya», advierten los improvisados guías. Otros, en cambio, esperan su turno sin saber del todo cómo se adaptarán a sus nuevos vecindarios. «Es lo que más teme la gente, a la convivencia», inciden varios de los implicados.

Emil y Elena sonríen delante del que ha sido su hogar durante los últimos dos años
Emil y Elena sonríen delante del que ha sido su hogar durante los últimos dos años

En la puerta de una de las barracas, Emil y Elena pasan las horas muertas en un sofá medio destartalado. Ambos, llegaron de Rumanía hace 10 años. Vivieron primero en Fuencarral, pero al quedarse sin dinero no les quedó otro remedio que agarrar sus bártulos y establecerse en El Gallinero. «El miércoles [por la mañana] nos vamos a un piso en Ciudad Lineal», revelan, con la amabilidad dibujada en sus caras. «Pagaremos 65 euros al mes», prosigue él, quien, debido a una enfermedad, dejó de trabajar en la construcción tiempo atrás. El día de la mudanza es especialmente emotivo para ella. Cumple 58 años y lo hará, si nada se tuerce, alejada de la insalubridad que baña el enclave. La pareja duda si posar en la foto, pero Vassile, a través del idioma natal, consigue sacar su mejor perfil.

Dos o tres chamizos más adelante, una mujer limpia el repollo en una mesa de madera. Enfrente, varios niños en edad de escolarización juegan con palas, cubos y motos de juguete. Moisés les mira con cautela. «A mí me gusta el fútbol», advierte, mientras señala con el dedo el campo de tierra donde pega a diario patadas a un balón. Aunque su ídolo es Cristiano Ronaldo, reconoce que no le importaría tener la habilidad de Messi. «Hay un niño que se llama así», puntualiza. La falta de higiene es evidente, hasta el punto de que varios afincados aún recuerdan la última plaga de ratas: «Muchos chicos cogieron enfermedades». Ni el hambre ni el frío ni tampoco la sensación de inseguridad inquietan tanto como la presencia de roedores.

Varios moradores charlan de forma animada en una chabola
Varios moradores charlan de forma animada en una chabola

La luz, enganchada a los cables de alta tensión, dejará de alumbrar para siempre. Los «urinarios» construidos en casetas de maderas serán demolidos. También la «iglesia», cuya letrero pintado con espray negro define rápido su cometido. Los animales -gatos y gallinas, principalmente- serán enviados a protectoras «siempre que no se escapen». Las familias, que suman alrededor de 150 personas, la mitad de ellas menores, se trasladarán a Vicálvaro, San Blas-Canillejas o Villa de Vallecas, entre otros distritos.

El poblado, levantado en 1999 tras el desalojo del primer asentamiento de rumanos en Madrid, en el polígono de Malmea, dirá adiós alejado de la época de mayor crecimiento, donde llegaron a juntarse cerca de 500 personas. El acuerdo entre Comunidad y Ayuntamiento, que fija un gasto de 1.960.000 euros sufragado al 50 por ciento, establece el acompañamiento social para facilitar el proceso de integración en sus nuevos lugares de residencia. Difícil tarea. La vida, después del Gallinero, tampoco será fácil.

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