«La cueva de Salamanca», un espectáculo que entretiene y divierte

Título: La cueva de Salamanca. Autor: Textos de Ruiz de Alarcón, Mira de Amescua, Rojas Zorrilla. Compañía: Euroscena. Dirección: Emilio Gutiérrez Caba. Intérpretes: Eva Marciel, María Besant, Daniel Ortiz, Juan Carlos Castillejo, Chema Pizarro, José Antonio Lucia. Música: Luis Delgado. Escenografía: SUSO33 y Alfonso Barajas. Vestuario: Alfonso Barajas. Iluminación: Juanjo Llorens. Producción: Salvador Collado.

El Teatro de Rojas de Toledo ha acogido la representación del espectáculo teatral titulado «La cueva de Salamanca». Hay que decir que el título nos despista un poco, pues, si bien se representan escenas de la citada obra, la esencia del espectáculo es la referencia al mundo real del teatro en la actualidad. Es decir, estamos ante una dramaturgia moderna, que se hace eco de textos clásicos, en este caso de Ruiz de Alarcón, Mira de Amescua y Rojas Zorrilla, para dar cobertura, con el esquema del teatro dentro del teatro, a una situación real de la cultura teatral, la situación precaria de los actores, la deficiente planificación de las instituciones, lo imprevisibles que son los gestores y hasta las influencias que hay que tener para logar alguna subvención con la que poder levantar espectáculos alimenticios. Es decir, concluyo el primer párrafo afirmando que «La cueva de Salamanca» de Euroescena es en esencia teatro actual y un espectáculo bien ideado, bien dirigido, bien trabajado, muy bien escenificado y excelentemente interpretado, que entretiene, divierte, provoca la risa, y también nos da un toque de atención sobre la realidad de la cultura en nuestro tiempo, a la que la mayoría de los poderes relegan a los rincones del presupuesto.

«La cueva de Salamanca» como tal, la obra clásica barroca, hace referencia a una leyenda o un mito literario que tiene que ver con una gruta existente en la ciudad charra, en la que enseñaba sus artes el Diablo y era verdadero objeto de visita para quienes llegaban a Salamanca. Es posible que en la antigüedad esta gruta fuera un lugar en el que adorar al dios Sol. Por supuesto que esta obra de Ruiz de Alarcón es una referencia obligada siempre que estudiamos el esoterismo español en la literatura; incluso fue incluida en «De disquisitionum magicarum», de Martín del Río, de 1600, un clásico de la demonología. Con objetivo literario también se hicieron eco de la endiablada sala salmantina Miguel de Cervantes, en un entremés con el mismo título que el de Ruiz de Alarcón, y Walter Scott en un conocido poema. El mito de la cueva está asociado, así mismo, a la figura del marqués don Enrique de Villena, famoso nigromante, también muy relacionado con Toledo, quien siendo inquilino del Diablo logró engañarle y huir de su influjo.

 La dramaturgia propuesta por Emilio Gutiérrez Caba tiene saber teatral y, por supuesto, un gran conocimiento de los clásicos y muy especialmente de la versificación. Ha sabido hilar una comedia con textos ajenos bien entretejidos, los de «La Fénix de Salamanca» de Antonio Mira de Amescua, «Obligados y ofendidos, y gorrón de Salamanca» de Francisco de Rojas Zorrilla y por supuesto de la obra de Ruiz de Alarcón, utilizándolos como excusa para poner sobre las tablas un sencillo y entendible pensamiento referido a una realidad muy bien conocida por el director: la precariedad del teatro como cultura y como industria cultural. Sin llegar a ser sarcástico, sí satiriza la realidad que cuenta. No es directamente el caso de los «cómicos de la legua» pero se le parece, pues los cómicos de hoy penden del hilo de que se los contrate en una serie de televisión, de entrar en una compañía institucional estable o de que alguna obra pegue un buen pelotazo de éxito por vete tú a saber qué. Para vivir hoy de la profesión es casi necesario recurrir a la magia. Y ahí también ha estado acertado Gutiérrez Caba al elegir como base de un encargo salmantino una comedia de estudiantes y magia, como es «La cueva de Salamanca».

Es muy de agradecer, y ahí se ve la mano y la experiencia de Emilio Gutiérrez Caba, el director, que el verso fluya con elegancia, musicalidad y entendiéndose

Es cierto que el original está peinado y repeinado y solo los muy enterados llegarán a colegir cuál era el trasfondo la pieza barroca del autor al que Lope de Vega llamaba «poeta entre dos platos» para mofarse de sus jorobas. Mas no importa para que brille el espectáculo final, en el que se trufa inteligentemente el humor y el amor, la magia y la realidad.

El montaje se hace trepidante a veces, donde chispean los momentos divertidos, algunos, como el de de María Besant en el que parodia el hablar gangoso o varios de Chema Pizarro en los que muestra cierta «pluma» o de fraile casi poseso, causan verdadero alborozo entre los espectadores. En otras ocasiones la acción se remansa, quizá demasiado, aunque enseguida sucede algo sorprendente.

La dramaturgia se vale del juego continuo entre los actores y también con el espectador, que cuando se mete en la acción del teatro clásico, por sorpresa y de forma abrupta, tras haber iniciado la andadura en un mundo teatral real, de nuevo se encuentra con un corte que lo traslada al mundo de hoy con los móviles, las series de televisión, o la precariedad laboral.

Es muy de agradecer, y ahí se ve la mano y la experiencia de Emilio Gutiérrez Caba, el director, que el verso fluya con elegancia, musicalidad y entendiéndose. También los actores han puesto su manifiesta profesionalidad en la dicción.

Una parte clave del montaje, muy interesante, por cierto, es la vuelta a la antigua y clásica escenografía de telones pintados para enmarcar las circunstancias de la acción, realizados en esta ocasión por un grafitero, SUSO33, que está considerado el Bansky español. Y en la escenografía, funcional y sobria, también se aprecia la mano y la estética siempre cuidada de Alfonso Barajas.

Y no por llegar al final, la interpretación, la considero menos importante. Si en el Evangelio se dice que «los últimos serán los primeros», yo también lo digo para los verdaderos héroes de esta apuesta, el conjunto de actores y actrices, que hacen un trabajo que yo afirmo que está por encima del propio texto que representan.

Estuvieron brillantes

Chema Pizarro es un actorazo que debiera consumir neón en las principales carteleras de España; hizo cuatro papeles y no sé en cuál de ellos resaltarle; estuvo sobresaliente en todos. María Besant es dúctil como el metal y rica como el tesoro para cambiar de registros teatrales extremos y siempre con una simpatía que transmite gusto por lo que hace. Juan Carlos Castillejo es un maestro de la vis cómica que también sabe ser serio. Daniel Ortiz, excelente, supo interpretar todos los tics que un director muestra cuando tiene que lidiar con los egos y las «aportaciones» que los actores pretenden imponer en sus personajes. Eva Marciel, estupenda, encarnó unas doñas Clara y Mencía con un natural armónico y una Charo con mucho más desparpajo. José Antonio Lucia, que sustituyó para la ocasión a José Manuel Seda, debió realizar un trabajo ímprobo para meterse en el papel de sus tres personajes y salió airoso. Todos estuvieron brillantes.

En suma, el público pasó un buen rato y aplaudió de pie la interpretación de esta obra, que une el hoy y el ayer y que demuestra, una vez más, que a productores como Salvador Collado no se les ponen nada por delante. Mi aplauso también para el éxito de todos ellos.

Antonio Illán Illán

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