«La conquista de los polos», literatura del frío

Del frío penetrante del invierno, en ocasiones, sólo salvan los libros. Libros que protegen de la intemperie intelectual y de que las grandes gestas del pasado queden sólo en la memoria de los que van muriendo. Trabajos que lejos de parecer tesinas inabarcables y disuasorias arrastren a la curiosidad a todo tipo de lectores. Esa preocupación debe de haberla hecho suya Diego Moreno, editor de Nórdica Libros, que el año pasado encargó al escritor Jesús Marchamalo y al ilustrador Agustín Comotto una empresa ardua: que recorrieran los polos y su conquista en un libro que ahora publica la editorial. Un volumen con mucho mimo en todas sus aristas, literarias, pictóricas y editoriales. Encuadernado en cartoné y a todo color, porque «un libro bien editado aporta un plus de placer al lector», asegura Diego Moreno.

Después de la odisea de Colón, los grandes descubrimientos parecían no poder alcanzar cumbre más alta, pero entonces llegaron las exploraciones polares. Exploraciones entre el siglo XVIII y el XX en medio de la soledad más inhóspita y el frío. Unas sensaciones parecidas, según al escritor al que se le pregunte, a las de escribir. En el caso de Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) cualquiera diría lo contrario. Habla del trabajo como una constante vorágine de curiosidad. De quién se toma su trabajo como un rastreador de huellas, en este caso heladas por el tiempo. «El libro es un encargo de Nórdica, de Diego Moreno. Nos propuso a principios de año la realización de un atlas de exploraciones polares. Y sobre todo recuperar el “Fram” –protagonista indispensable de esta historia– que es el barco que llevó al Polo Norte y al Polo Sur a Nansen y a Amundsen. Diego lo había visitado en Oslo y vio claro que allí había un libro», ahonda Marchamalo sobre la obra. Un libro que recoge principalmente las tenaces aventuras de los exploradores citados, pero también la figura de otros muchos como Shackleton, Scott, etc.

Sobre su propia expedición, una expedición a las profundidades del frío y de la historia reciente, Jesús Marchamalo explica que a partir de ese encargo «nosotros empezamos a investigar. A mí me gusta trabajar con los ilustradores… Ilustradores que aporten su propia historia a través de las imágenes. Durante unos meses, Agustín se empapó del tema polar y yo hice lo mismo en la Biblioteca Nacional. Leí los diarios de Amundsen, leí sobre la conquista…». Relata cómo descubrió que en su propia biblioteca habitaban olvidados unos cuantos volúmenes sobre las exploraciones polares. Ejemplares que leyó en algún momento y pasaron a sedimentar sobre otros volúmenes en su casa.

«En julio nos fuimos los tres a visitar el ” Fram” y aquella visita nos permitió cobrar conciencia de la magnitud de lo que estábamos contando. El barco es sorprendente pequeño. Es un barco cariñoso y bien construido, pero pequeño. Visitar el barco, ver el equipo con el que acometieron estas gestas, nos dio la magnitud del proyecto con el que estábamos», asevera. Aunque también incide en que «no tenía sentido que nosotros fuéramos al Polo Norte, porque no estábamos contando nuestro viaje, sino el suyo. En la narrativa no nos influyó esa visita», cavila el escritor.

Reto

En reconocimiento al trabajo de su compañero en este volumen, el ilustrador argentino Agustín Comotto, cuenta que pensaba que los polos y el frío del hielo supondrían un reto por su blanca estampa. «¿Cómo se le iban a poner colores a aquellos paisajes helados? Pero conforme fue trabajando, es curioso como fueron apareciendo una gama de azules, rosas y verdes» en medio de aquellos parajes inhóspitos. «Yo conocía a Comotto por su trabajo y cuando me lo dijo Diego me pareció garantía más que suficiente… Ha hecho un trabajo excepcional, porque las ilustraciones son prodigiosas. Yo no creo que nadie sea capaz de empezar a leer el libro sin antes haberlo ojeado y ver las paginas ilustradas, cada una es una sorpresa. El libro me recuerda a un libro de aquellos que leíamos de niños. Tiene algo de aquellos atlas, de aquellos ejemplares que hablaban con fotografías», afirma el autor.

Los textos, a fin de cuentas, son unos textos con cierta poética contra la inmensidad helada de las regiones árticas y antárticas. Una prosa, la de Marchamalo, con destellos de poesía intimista ante la grandilocuencia de la gesta. Una poesía que va permeando en cada parte del libros con títulos como «Los nombres del hielo» o «Bautizar las islas».

Un escenario recóndito y desangelado que incluso hoy nos cuesta entender. «Scott muere y la noticia tarda doce meses en llegar hasta su casa. Eso es síntoma de lo remoto que era aquello. Cuando Nansen regresa, hay una fotografía con su hija en brazos, que entonces tenía ya tres años, a la que no conocía porque a su partida todavía no había nacido», arguye Marchamalo. Un mundo que ahora resulta difícil explicar y entender. Un mundo que, con volúmenes como este, sus artífices invitan a redescubrir. A mirar un episodio estelar de la humanidad, que diría Zweig, esta vez en color. Porque gran parte del encanto de este libro reside en ponerle colores al frío. Colores y matices a los aventureros que descubrieron parajes que aún hoy siguen siendo un misterio para muchos.

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