La Civilización una hora reclama

Escribir es un modo de hacer las paces con nuestras frustraciones, con lo que salió mal. Te queda escribirlo si después de tanto alzarte nada alcanzaste. «Y acepta como si iguales lo esperado y lo vivido». En la última semana de agosto solía abrir Via Veneto y escribía artículos celebrativos. Regresaba La Civilización, Barcelona volvía a ser una ciudad segura. Y yo volvía a tener razón, restituidos el orden y la libertad.

Desde hace unos años, y acertadamente, Via Veneto traslada su sede en verano al Festival de Cap Roig. Es el último esplendor de los veraneos de antes, aires de Goldoni en cada velada. Las mesas frente al jardín, el castillo al fondo. La luna dice cada noche: «se muere el mar lentamente». Y entonces el equipo necesita tomarse unos días de vacaciones y pese a los equilibrios de la familia Monje para causar las mínimas molestias a los clientes, el restaurante permanece cerrado hasta el 11 de septiembre. Más tiempo de incertidumbre. Son más peligrosos para mí los días en que Via Veneto permanece cerrado que el aumento de carteristas o de hurtos con violencia.

Cada ciudad tiene su restaurante alfa, el lugar donde todo sucede. Cada ciudad tiene su centro de gravedad, su ordenación fundamental. Via Veneto es Barcelona y Barcelona es Via Veneto. Lo que no sucede en Via Veneto es como si no hubiera pasado. No hay gloria en las celebraciones que se hacen lejos de esta casa. El mundo son las vueltas que dio Dios para llegar hasta Via Veneto. Entiendo que la familia Monje quiera trabajar con una sola plantilla, con un solo equipo, porque también en ello se basa nuestro bienestar, y también por ello entrar en Via Veneto es siempre entrar en casa. Pero hay algo de extraño, de forzado, en una rentrée sin Via Veneto y es como si el curso tardara unos días más en empezar. Son los días descabalgados: ya con todo el mundo de vuelta en la ciudad, y cuando quedas para almorzar o para cenar y alguien propone Via Veneto, tener que decir: «está cerrado», y recibir de respuesta no más que angustia y contrariedad, como si por saber el motivo y explicarlo fuera mi culpa o mi voluntad, o como si yo lo aprobara.

Que Via Veneto veranee en Cap Roig es dulce y digno. Me gusta Goldoni y el antiguo esplendor de los veranos de cuando éramos tan ricos que no sabíamos ni el dinero que teníamos. Pero la rentrée sin Via Veneto es inquietante, y el restaurante alfa de una ciudad no puede no estar cuando sus clientes más lo necesitan. Las empresas tienen que crecer y abrirse a nuevos escenarios -y en este sentido Cap Roig es un gran acierto- pero no pueden descuidar su misión fundamental, su relevancia fundamental en el buen funcionamiento de la sociedad. Suficientes cosas se han atascado en Cataluña y en Barcelona como para que Via Veneto abra con 20 días de retraso. Sin Via Veneto las cosas importantes no tienen donde pasar, y en este momento, y sólo por mi parte, hay tres hombres tres que han tenido que aplazar el pedirle matrimonio a sus chicas; dos amigos dos que han de esperarse aún 20 días más para comunicar a padres y suegros que sus esposas esperan, y por lo menos cinco cumpleañeros cinco que, en fin, van a tener que soplar las velas casi por la castañada.

Es un desgobierno que Via Veneto alargue de este modo tan atroz su vacación. Por mucho que pueda entender sus motivos, no es gobernable este desasosiego de hijos sin Padre que causa su tardanza. No es fácil ser Via Veneto, esto también lo entiendo. Pero la casa se ha crecido siempre en la dificultad, en los casi imposibles retos que nadie ha sabido superar, y es imperativo que éste lo resuelvan también, porque con Via Veneto cerrado crece la apatía, la desafección, el desinterés, se multiplica la pulsión revolucionaria, y todo flota con el centro de gravedad apagado. Cuando el gato no está, los bárbaros campan a su anchas y ya es sólo cuestión de tiempo que vengan a por nosotros.

Nunca he llevado bien que Via Veneto cerrara: ni cuando durante el curso cierra el domingo y el mediodía de los sábados, ni cuando hace años «sólo» cerraba 20 días en agosto. Nunca lo he llevado bien, porque me hace sentir intranquilo, porque si tuviera que correr no sabría en qué dirección hacerlo. Pero esta vez mi apología y mi petición van más allá de la cuestión personal. Hay un orden y una jerarquía que mantener y con Via Veneto cerrado hasta el día 11 es muy difícil trabajar, es mucho más complicado luchar contra la pulsión selvática, contra el tam-tam tribal que quiere arrasarnos.

Y de fondo, está lo de la vacación. Hacer vacaciones es un gran error, y más un mes seguido. Para estar con los hijos -y yo soy un padre muy presente- hay que organizarse el día y no el mes. Hay que buscar el espacio en lo concreto; y un mes seguido en la Costa Brava o en el Pirineo no sirven para nada.

La Civilización una hora reclama. Es inútil luchar contra el ritmo del año. Desde el lunes Via Veneto nos falta y no tendría que faltarnos. Hay que buscar soluciones para el septiembre próximo. Barcelona ha de levantarse y Via Veneto ha sido siempre su mejor revulsivo, su referente casi único, la vida puesta en orden, puntual y liberada.

Salvador Sostres

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