Juan Milián: Compromiso por la convivencia

La democracia exige esfuerzo y responsabilidad, porque reconocer al diferente como un conciudadano que merece los mismos derechos no es fácil, menos aún en un momento donde el respeto se ahoga en el océano de la identidad. Así nos lo advirtió Sir Isaiah Berlin al escribir que «la fe en un único criterio ha resultado ser siempre una fuente de profunda satisfacción tanto intelectual como emocional», que conduce ineludiblemente a la «vivisección de las sociedades humanas».

Poco después, Bernard Crick -otro Sir- señalaría que «la política es una manera de gobernar sociedades plurales sin violencia innecesaria, y la mayoría de sociedades son plurales, aunque haya quien piense que la pluralidad es el verdadero problema». El primero era liberal; el segundo, socialista, pero ambos podrían coincidir en que el pluralismo es la ecología de la libertad y que, sin esta, no hay democracia.

Traigo a colación estas reflexiones porque esta semana el presidente del PP catalán, Alejandro Fernández, entonó un canto a la convivencia en el Parlament. «Convivencia, convivencia, convivencia», remarcó. Esta es un motivo noble y, por ello, la melódica audacia mereció el aplauso del hemiciclo. Sin embargo, la respuesta del presidente de la Generalitat fue tan decepcionante como previsible. Siguió viendo la pluralidad como un problema. O lo que es peor, Torra siguió negando la catalanidad de los no independentistas. «No hay un problema de convivencia en Cataluña», aseveró el productor de «bestias con forma humana» o «la vía eslovena».

La ilusión inducida y la sobreexcitación sentimental del procés llevó a los nacionalistas a ignorar la razonable angustia de una gran parte de los catalanes. Ahora, Torra y otros siguen apostando por mantener la ignorancia y la exaltación. No obstante, y creo no confundir deseo con realidad, el péndulo social ha empezado a oscilar hacia una mayoritaria voluntad de convivencia. Será por convicción o por agotamiento, pero hoy a muchos nos unen las ganas de vivir tranquilos, de vivir en paz. Ni el conflicto es inevitable, ni la convivencia está garantizada. Todo dependerá de cada uno de nosotros. Dependerá de que no nos dejemos arrastrar por los profetas del «único criterio». Play it again, Alejandro.

Juan Milián

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