John Boyne:«Lo último que me gustaría leer es una novela sobre el coronavirus»

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Antes de que el pijama de rayas de Shmuel le cambiase la vida, antes incluso de que sus novelas empezasen a asomar la cabeza por los expositores de novedades para arrastrar al lector a la Francia revolucionaria del siglo XVIII o al Salvaje Oeste de Buffalo Bill, John Boyne (Dublín, 1971) ya sabía que algún día escribiría un libro como Las huellas del silencio (Salamandra). Lo sabía cuando madrugaba cada mañana para arañar un par de horas para la escritura antes de levantar la persiana de la librería de Dublín en la que trabajaba; y lo sabía cuando, años después, firmaba el contrato de la adaptación cinematográfica que multiplicaría el impacto de El niño con el pijama de rayas. También cuando le asaltaba el turbador recuerdo de Excalibur, esa vara de punta metálica con la que un sacerdote del colegio golpeaba a los alumnos.

Ahí estaba, pegado a la piel y esperando el momento oportuno para salir a la luz, el primer libro irlandés de John Boyne; una novela que marcaba distancias con la Alemania nazi, la Rusia zarista o el Londres victoriano para ahondar en los abusos sexuales en el seno de la Iglesia católica a mediados y finales del siglo XX.Un tema complejo y contemporáneoal que el autor de Motín en la Bounty ha querido acercarse no desde la voz de la víctima, sino a través de una mirada lateral: la del testigo aparentemente bondadoso que, con su silencio, amparaba los abusos de otros sacerdotes. «No es ni una defensa de la Iglesia ni una condena absoluta. Y creo que ese es el trabajo del novelista. O, por lo menos, del novelista que no quiere quedarse en la simple diatriba y espera que el lector llegue al final del libro para tomar sus propias conclusiones», explica Boyne desde su casa en Rathfarnham, al sur de Dublín, donde atiende vía Skype un par de días antes de que Irlanda empezase a relajar el encierro.

¿Cómo lleva el confinamiento?

Como todo el mundo, imagino. Días buenos, días peores… En realidad, yo estoy acostumbrado a estar en casa trabajando, por lo que no hay mucha diferencia. Eso sí: echo de menos a mis amigos y a mi familia. Creo que ahora las cosas ya empezarán a mejorar un poco, así que, después de todo, parece que hay luz al final del túnel.

¿Afectará de algún modo esta crisis a la literatura, al arte? Cuesta creer que pueda haber por ahí un puñado de escritores intentando escribir la Gran Novela del Coronavirus.

¡Oh! No creo que nadie quisiera leer algo así, la verdad. Creo que cuando esto acabe lo único que querremos será librarnos de ello. Además, este tipo de experiencias, ya sea el coronavirus o la recesión económica, necesitan que pasen varios años para que podamos ver realmente sus efectos. Es demasiado pronto para lanzarse a explotarlo en un novela. Pero, sinceramente, lo último que me gustaría leer es una novela sobre el coronavirus.

«Durante años, he ayudado a que los más jóvenes tuviesen un primer contacto con el Holocausto»

Yo siempre he sido un lector voraz, pero ahora estoy leyendo mucho más. De ahí la pregunta. El tiempo aquí ha sido fabuloso, por lo que era muy agradable sentarse a leer fuera. También he leído mucha más no ficción que normalmente. Ahora mismo estoy con un relato sobre los convictos que fueron enviados a Australia. Leer y escribir me ayuda a lidiar con todo esto.

¿Escribir también? Colegas suyos dicen que les cuesta concentrarse.

Sí, también. Llevo unos ocho meses trabajando en una nueva novela y también estoy con un guion para televisión, así que me mantengo ocupado.

Zapatos de niños colgados a la entrada de la Catedral de Dublín como protesta simbólica contra la pederastia
Zapatos de niños colgados a la entrada de la Catedral de Dublín como protesta simbólica contra la pederastia

Hablemos de «Las huellas del silencio». Hace once años, cuando vino a presentar «La casa del propósito especial» a Barcelona, dijo que si aún no había escrito sobre Irlanda era porque tenía que encontrar antes un tema adecuado. ¿Es este el tema, con mayúsculas y doble subrayado?

Así es. La mayoría de escritores irlandeses escriben sobre Irlanda, algo que yo no había hecho todavía. Estaba esperando a que algo me arrastrase hasta ahí y me hiciese escribir sobre mi país, No quería hacerlo simplemente porque sí. Con la crisis económica y la recesión me daba la sensación de que todo el mundo hablaba de bancos y dinero, así que se me ocurrió que, habiendo crecido en un ambiente muy católico, podía fijarme en lo que había pasado en los últimos quince o veinte años y en cómo el país había cambiado y la Iglesia católica había perdido su poder, algo que los novelistas irlandeses habían ignorado hasta entonces. En ese momento, fue casi como romper la presa de los recuerdos de mi infancia; de pronto, mi escritura se asomó a lugares en los que nunca había estado.

«La guerra es un terreno muy fértil para los novelistas; hay mucha naturaleza humana sobre la que puedes escribir»

¿Cómo fue esa infancia?

Veamos: fui monaguillo, mi vecino era el párroco, al otro lado de la calle vivían ocho monjas… Fui a un colegio católico en el que los sacerdotes daban clases. Yo era un crío tímido e introvertido, pero sentía que pertenecía a un grupo, el de los monaguillos. Ahí no había gente de mi colegio, sino niños del barrio, de los alrededores, y encontré un sentido de comunidad que no había visto en otros lugares. Ni siquiera era por algo especialmente religioso: era más bien la sensación de formar parte de algo. Supongo que me atraía la teatralidad de servir a las masas, de estar sobre un escenario. En el colegio sí que tuve malas experiencias, pero nunca con los monaguillos. Ahora ya no queda ninguna de estas organizaciones debido, supongo, al legado de las personas que cometieron estos crímenes. En cierto modo, me entristece que los niños ya no puedan ser parte de este tipo de cosas. Y no por la religión, sino por el sentido de pertenencia y de comunidad.

Los crímenes, en este caso, no se limitan a los abusos sexuales cometidos por sacerdotes.

-Al final, una de las grandes preguntas del libro tiene que ver con el alcance de la culpabilidad. Lo que plantea Las huellas del silencio es si quienes movían a esos sacerdotes de parroquia en parroquia, aquellos que decidían enviarlos de Cork a Donegal en vez de denunciarlos a la policía cuando algún padre se quejaba, son cómplices y, por lo tanto, tan culpables como las personas que realmente cometieron los abusos.

«Es imposible calcular el número de niños que han sufrido a manos de la Iglesia católica en Irlanda, como tampoco es posible deducir el número de sacerdotes honestos y entregados a su labor cuya vida y vocación han quedado manchadas por los actos de sus colegas», leemos en los agradecimientos.

Una de la cosas que me interesaban al principio era esa idea del buen sacerdote. Ya sabe: los sacerdotes que han vivido su vida dentro de la iglesia y que ha intentado hacer un buen trabajo y poner en práctica sus valores. Personas a las que, simplemente por su profesión, ya acompaña la sombra de la sospecha. Es muy triste ver a hombres mayores que realmente han intentado hacer un buen trabajo y han tratado de hacer lo correcto en el transcurso de sus vidas sintiendo que no son respetados o no son de confianza debido a cosas como estas.

¿Sería el caso del padre Odran Yates, el narrador de la novela?

En realidad, él es un narrador poco fiable. Cuando comencé a escribir, pensé que sería un hombre bueno y decente que acabaría viendo cómo la institución a la que entregó su vida le traicionaba, pero a medida que la historia se desarrolla, descubrí que en realidad él era cómplice de muchas cosas. Ve lo que está sucediendo y no está dispuesto a plantar cara. Tampoco sabemos cuánto sabe en realidad. Una vez más, dejo en manos del lector decidir su papel en la historia. Es decir: si sabes que se están cometiendo estos crímenes y no haces nada al respecto, ¿eres también culpable?

«Si sabes que se están cometiendo estos crímenes y no haces nada al respecto, ¿eres también culpable?»

En un momento del libro, se habla de Irlanda como «un país de drogadictos, perdedores, pedófilos y corruptos». Al final, queda la sensación de que «Las huellas de silencio» es también, o sobre todo, una novela sobre cómo ha cambiado la sociedad irlandesa en los últimos años.

Diría que mi próximo libro, The Heart’s Invisible Furies, lo es aún más, ya que abarca 70 años de Historia irlandesa, pero creo que esos años a principios de los noventa, cuando hubo tantos casos en los juzgados y la influencia de la Iglesia en el gobierno empezó a romperse, marcaron un cambio enorme en la sociedad. Tuvimos a nuestra primera mujer presidente, Mary Robinson, se despenalizó la homosexualidad y cosas que nunca hubiéramos imaginado como el divorcio o el matrimonio entre personas del mismo sexo acabaron llegando. Todos estos cambios empezaron con la valentía de las víctimas que denunciaron sus casos e insistieron en ser escuchados. Y así fue como cambió Irlanda. Ahora tenemos un país mucho más tolerante. Hemos recorrido un largo camino en un periodo relativamente corto.

Fotograma de «El niño con el pijama de rayas», basada en la exitosa novela de Boyne
Fotograma de «El niño con el pijama de rayas», basada en la exitosa novela de Boyne

¿Y cómo se ve desde la orilla a sus vecinos ingleses, ahora que dejan el barco de la Unión Europea?

Bueno, creo que fue un error motivado, en parte, por la creencia histórica en su propia superioridad respecto a otras naciones. Una idea realmente extraordinaria cuando piensas en el desastre absoluto en que Boris Johnson ha convertido la gestión del coronavirus. ¿Qué está pasando ahí? Es muy triste que dos grandes potencias como Estados Unidos y Reino Unido sean las que más la hayan pifiado durante esta crisis. En cualquier caso, es algo que Reino Unido acabará lamentando: mucha gente realmente no tiene ni idea de cuánto les trajo la Unión Europea, ni su importancia, y prefieren vivir en esa mentalidad como salida de la serie Little Britain.

Se cumplen veinte años de la publicación de «El ladrón del tiempo», su primera novela. ¿Cómo cree que ha cambiado como escritor desde entonces?

Cuando comencé, escribía muchas novelas históricas que no eran personales, sino que me metían a mí en la Historia. Ha sido con este libro, con Las huellas del silencio, cuando creo que me he convertido en un novelista mucho más personal. Ahora trato cosas de mi vida y mis experiencias, pero en mis primeros quince años como autor aún no tenía la confianza para hacerlo. Quería centrarme en ficción que no fuese polémica. Y eso es lo que ha cambiado. No sé sobre qué escribiré dentro de diez años, pero lo que sí que sé es que tendrá una base más contemporánea que histórica.

«Es triste que dos potencias como Reino Unido y Estados Unidos sean las que más la hayan pifiado con el coronavirus»

La Historia, sin embargo, ha sido hasta ahora un tema recurrente, en especial todo lo relacionado con la Segunda Guerra Mundial y el nazismo. ¿Regresar ahí una y otra vez es una manera de intentar comprender lo incomprensible?

Y no sólo la Segunda Guerra Mundial, también la Primera. Creo que la guerra es un terreno muy fértil para los novelistas. Hay mucha naturaleza humana sobre la que puedes escribir. Ya sabe: valentía, cobardía, dolor, asesinatos, preguntas morales… Es algo que parece volver a mí y me hace querer contar historias. He escrito cinco novelas ambientadas en la guerra, y supongo que tiene que ver con todos los interrogantes que surgen en esos momentos y que nunca desaparecen. La guerra, ya lo sabemos, no distingue edades, géneros o religiones. Por eso es un tema al que muchos regresan una y otra vez, recurrentemente.

Lo que sí que parece cambiar es el punto de vista, el modo que tiene la ficción de abordar temas como el nazismo. Ahí están, por citar dos casos recientes, «Hunters» y «Jojo Rabbit».

-Creo que todo tiene que ver con la distancia. La mayoría de gente que escribe, que escribimos, sobre estos temas, no los ha experimentado en primera persona, por lo que la educación sobre la guerra y los nazis proviene de documentales y libros de Historia. Además, el arte siempre buscar ser lo más efectivo y visceral posible. Quieres sorprender al lector, impresionarlo… De ahí que series como Hunters intenten hacer todo lo posible por azuzar a la gente y que no se pierda de vista el horror.

-A estas alturas, ¿cómo es su relación con «El niño con el pijama de rayas»?

¿Qué puedo decir? Fue el libro que me encontró una audiencia. Era mi quinto libro y fue el que realmente me dio una vida, una carrera. Aún hoy, catorce años después, casi cada día recibo preguntas o alguien me escribe algún tuit sobre el libro. Me cambió la vida por completo. Y estoy muy contento de que esto pasara con un libro sobre un tema importante, no con una historia cualquiera.

Aún así, el libro sigue generando alguna controversia: el pasado mes de enero, el Auschwitz Memorial desaconsejó leerlo aduciendo que «los hechos narrados no hubieran podido ocurrir nunca».

Sí, hicieron un comentario al respecto, y me parece bien. Bueno, es un poco extraño hacer una crítica catorce años después, pero yo sé lo que he hecho. Durante años, he ayudado a que los más jóvenes tuviesen un primer contacto con el Holocausto. Para muchos, El niño con el pijama de rayas será su puerta de entrada, su introducción para entender el horror de la guerra y el nazismo, y siempre he defendido que todo lo que sirva para que se siga hablando y recordando es bueno. Para mantener viva la Historia hay que proteger los recuerdos.

Antes ha dicho que estaba trabajando para la televisión.

Es algo que no he había hecho antes, así que estoy muy emocionado. De momento, he escrito tres episodios aunque, la verdad, no sé si finalmente la serie se acabará haciendo. Todo depende de los productores. Es un proceso complicado, aunque cada vez me siento más cómodo. Empiezo a entender el formato y a ver lo diferente que es a la novela.

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