John Banville en estado puro

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En 1982, el escritor irlandés John Banville (Wexford, 1945) leyó en el periódico la noticia que daba cuenta del caso de un tal Malcolm Edward MacArthur, conocido y excéntrico «habitué» de los mejor delineados círculos sociales de Dublín, y, de pronto, peligroso criminal. MacArthur había asesinado a una enfermera, robado su auto, se había dado a la fuga y buscado y encontrado refugio en la casa del procurador general del país. Escándalo, claro. Todos hablaban sobre el asunto. Banville, en cambio, prefirió tomar notas. Y así pintar con precisión no sólo a su primer gran personaje recurrente a partir de una intrigante y difusa persona real sino, de paso, develar su Gran Tema: la culpabilidad para los demás y la falta de culpa en el protagonista como una de las bellas y perversas artes.

Y -¡presto!- hágase, cortesía de Malcolm Edward Mac- Arthur, la oscura luz y encandiladora sombra de Frederick Charles St. John Vanderveld «Freddie» Montgomery. «Héroe» más que atípico a protagonizar «El libro de las pruebas» (1989) y, sin duda, la primera incuestionable obra maestra de Banville.

He aquí su gran tema: la culpabilidad y la falta de culpa como una de las bellas artes

Banville insistiría en su trazo sinuoso en las posteriores y hasta ahora inéditas en nuestro idioma «Fantasmas» (1993) y «Atenea» (1995). Todas luego reunidas en su país bajo el título común de «Frames»: es decir «Marcos» (porque su Montgomery mata para robar un cuadro por, sí, amor al arte, aunque también por temor a un gangster al que le debe dinero), pero teniendo en cuenta también que «framed» -enmarcado- significa también incriminar y formular.

Banville venía de cerrar otro trío de libros (el conocido como «The Revolutions Trilogy» orbitando alrededor de las figuras de Copérnico, Kepler y Newton, y seguida por una suerte de coda con matemático inventado en Mefisto); y tal vez de ahí que su honestamente amoral Montgomery sea el más exacto de los científicos a la hora de formular su discurso carcelario. Disertación e informe para esa indefensa autoridad que es el lector y que de ningún modo es confesión sino manifiesto estético y existencial haciendo uso de los elementos, colores y técnicas que caracterizan al narrador poco confiable.

Naufragio

Y Freddie vuelve en «Fantasmas», sí; pero más como una variación de su retrato: todo comienza con un naufragio y una isla habitada por el historiador del arte y ermitaño Silas Kreutznaer y su asistente Licht y siete sobrevivientes (entre ellos un tal Félix quien ya había figurado en Mefisto) que parten en su búsqueda. Y la isla parece estar embrujada, y su espectro principal es el del llamado «Pequeño Dios»: voz narradora que -no demoramos en identificarla- es la de Montgomery, en libertad luego de haber pasado diez años en prisión y más que intrigado por la relación de Kreutznaer con un cuadro del inventado por Banville pintor Jean Vaublin (a menudo, el escritor se ha referido a él como el artista que siempre quiso y no pudo ser antes de resignarse para nuestra suerte a la literatura). Preguntado en su momento por sus intenciones y recurrencias aquí, Banville respondió que lo que más le interesaba de este «tríptico» era realizar «una investigación acerca del modo en que funciona la imaginación».

Botín de cuadros

Y Banville sube su apuesta y riesgo en el cierre de «Atenea» con un tal Morrow evocando una extraña experiencia de su pasado reciente. Y este ex convicto le cuenta todo a una suerte de musa ausente y seductora y perversa: A. («mi alfa y mi omega»), quien parece haber llegado a su vida sólo para abandonarlo. Aquí otra vez -como en «El libro de las pruebas» y «Fantasmas»- el tema de la autenticidad y la falsificación. Y un botín de cuadros (uno de ellos supuestamente firmado por Jean Vaublin). Y el telón de fondo de un Dublín fantasmagórico poblado por la versión siniestra de personajes de Flann O’Brien (entre ellos, la figura esquiva de un asesino en serie conocido como «El Vampiro»). Y pronto se confirma lo que ya sospechábamos: Morrow no es otro que Montgomery. Y -obedeciendo el mandato de A., quien le ordenó que le escribiese y la escribiera- se despide de nosotros con un «He escrito», lamentando su desaparición sin vuelta.

No así Malcolm Edward MacArthur, con quien comenzó todo lo anterior. Cuenta John Banville que -ya habiendo purgado su condena- Mac- Arthur, en 2012, se presentó en una entrevista en público al escritor, se sentó al fondo de la sala, y desde allí se la pasó mirándolo fijo, como si lo leyese. Advertido de la situación y habiendo sido informado de que Malcolm Edward MacArthur estaba interesado en conocerlo y discutir ciertos «detalles», John Banville optó por retirarse apenas concluido el acto y acallados los aplausos. Malcolm Edward MacArthur, en cambio, se quedó hasta la última copa de la velada contemplando los paisajes en las paredes. Y no: ningún Vaublin colgaba allí.

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