Joan Baez dice adiós en el Teatro Real con una ovación histórica

El aforo completo, con 1.750 butacas, vibró anoche en Madrid. «Este es mi último concierto de mi última gira», dijo una Joan emocionada. «Estoy, triste, y al mismo tiempo estoy feliz», añadió. Sale ella en primer lugar, con un pañuelo rojo cubriéndola el cuello, chaqueta blanca y vaquero negro. Toma la guitarra y arranca ante el muy respetuoso público con «Don’t Think Twice», primer homenaje a Bob Dylan de la noche, su amor de juventud ilusionada, cuando ambos soñaban y cantaban juntos, unidos por una pasión y un respeto homérico por las baladas folk que se pierden en la noche de los tiempos.

El repertorio escogido no es nada enrevesado, sigue en gran medida su grabación de 2015 en directo «Diamonds», aunque con variantes. Suena a continuación «Tres heridas», las que provoca la vida, las que provoca el amor. Porque esta noche, el Real está cargado de emoción existencial, dulce y verdadera, gracias a esta mujer que transmite desde muy adentro. Joan no ha cambiado un ápice desde sus inicios en Newport, hace sesenta años, pese a las muchas heridas que supone llevar encima una conciencia como la suya, esa coherencia entre el decir y el hacer reservada a muy pocos. Ayer, sobre el escenario, vino solo acompañada de Dirk Powell, un prodigioso multiinstrumentista, haciendo diabluras al fiddle, la mandolina o el piano cuando no la guitarra, la joven vocalista Grace Stumberg y su propio hijo, Gabe Harris, a la percusión. Joan hace una excelente recreación del éxito de Kris Kristofferson «Me and Bobby McGee». Sabe que el alma de Janis Joplin revolotea este gran tema, y por ello se apoya en la potencia vocal de su joven acompañante.

Llega el primer gran momento de la noche: «Esta canción va dedicada a todos los emigrantes. No es tiempo de levantar muros, sino de vestir al desnudo y dar de comer al hambriento». Tras los aplausos, suena «Plane Wreck at Los Gatos (Deportee)», canción que Joan sacó como single para Vanguard en 1961, con una escalofriante portada en negro, donde se podía leer: «Este pequeño disco está dedicado a los granjeros del mundo, puede que pronto dejen de ser las víctimas». Ahora vuelve Dylan, y su preciosa «It Ain’t me Babe», que funde con una de sus más bellas composiciones, dedicada justo al de Minnessota, una canción de amor inmortal, «Diamons & Rust», que le valió un gran éxito en 1975. Tras revivir deliciosamente «Catch the Wind» de Donovan, y una festiva invitación a participar en el góspel apelando a la libertad, sobre el escenario se incorpora como invitado Amancio Prada, imponente y ambos cantan «Adiós Ríos».

Tiene Joan un recuerdo para Obama, de cuando ante aquella matanza quedó sin palabras y no acertó más que a cantar «Amazing Grace». Sube la emoción, del patio a los palcos, con el recuerdo a Leonard Cohen y «Suzanne», fantástica. No baja el nivel ni un segundo, ataca «Joe Hill», canción que le ha acompañado por los cinco continentes. Difícil escoger picos en un concierto tan bien administrado, aunque brilla «The House of Rising Son» y el final del concierto, con un alegato contra la violencia como es «Turn me Around». Se despide con «Gracias a la vida» de Violeta Parra, que tan bien sabe ejecutar. Pero no la dejaron irse y, para los dos bises, llegaron «The Boxer» de Paul Simon y un «Imagine» certero al corazón de los asistentes.

Se despide Joan Baez de los escenarios, tras cantar todos «Donna, Donna» y coreando «No nos moverán», de pie, en mitad de una ovación de las que hacen historia.

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