Iván Márquez, el guerrillero que negoció el acuerdo de paz de Colombia y se arrepintió de dejar las armas

Iván Márquez, ex «número dos» de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y jefe negociador durante las conversaciones de paz, no quedó nunca satisfecho con la implementación del acuerdo alcanzado con el Gobierno de Juan Manuel Santos en 2016. El pasado mayo, sin ir más lejos, el exdirigente publicó en su cuenta de Twitter una carta en la que calificó de «error» el desarme y arguyó que los fusiles eran «la única salvaguarda para garantizar el cumplimiento del pacto».

Fue una de las múltiples ocasiones en las que Iván Márquez ha venido manifestando en los últimos tiempos su malestar por la forma en la que se ha implementado el acuerdo. El cambio de política del actual presidente, Iván Duque, respecto a los términos alcanzados hace tres años –especialmente en lo referente a las órdenes de extradición que pesan sobre algunas de las principales figuras de la guerrilla– habían propiciado un aumento de las tensiones entre el nuevo Gobierno y el núcleo duro de las FARC. Hoy, tres meses después de aquella misiva, Márquez –nombre en clave de Luciano Marín, nacido en Florencia (Caquetá, sur de Colombia) hace 64 años– ha anunciado, junto a otros líderes, la vuelta del grupo a la insurgencia armada.

Marxista convencido, su vida ha estado vinculada al extremismo de izquierdas desde joven. En 1977, con 22 años, se unió a las Juventudes Comunistas Colombianas, donde se integró como parte de la red de apoyo del colectivo. De ahí pasó, casi una década más tarde y tras la firma de los fallidos acuerdos de paz de 1984, al partido Unión Patriótica, del que fue congresista por su departamento natal de Caquetá. La persecución a la que fue sometida la formación –miles de militantes y altos cargos del partido fueron asesinados a manos de grupos paramilitares, fuerzas de seguridad y otros agentes políticos– le llevó, sin embargo, a unirse las FARC, en cuyo seno ha permanecido desde entonces.

Primero como comandante regional de varios departamentos y luego como parte del secretariado de la guerrilla, Márquez ha consagrado gran parte de su vida a la lucha en la clandestinidad. A mediados de los 90 fue trasladado al noroeste de Colombia, donde le fue encomendada la tarea de reorganizar la composición del grupo armado, muy golpeado entonces por la acción paramilitar. Pero fue su papel como negociador en las distintas conversaciones y diálogos de paz mantenidos a lo largo de los años lo que le acabó dando a conocer como una de las figuras más conocidas de la insurgencia colombiana. Y también lo que le aupó como número dos de una organización que llegó a segar la vida de 200.000 personas en casi cinco décadas de terror. Ahora, la cuenta se retoma.

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