Investidura sin gobernabilidad

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El estado de cosas en la pre-investidura no apunta a un Gobierno inminente. ERC ya ha advertido dos veces de que no tiene prisa alguna para avalar a Pedro Sánchez y está enfriando el optimismo del PSOE. Podemos, con prisas por ocupar un tercio de las carteras ministeriales, ha replicado a ERC que retrasar la investidura hasta después de Navidad causaría «malestar» y enrarecería la atmósfera entre socios por la desconfianza que se genera.

A su vez, Junts per Catalunya ya ha cegado cualquier vía a una «solución a la vasca» de reforma estatutaria. Ciudadanos, aún sin reponerse del estado de shock y bajo el síndrome del pucherazo interno en plena deriva, apela ahora a un acuerdo entre PSOE, PP e Inés Arrimadas, mientras Sánchez excluye de todo al PP, que a su vez rechaza con toda lógica una abstención técnica que permita al candidato socialista gobernar junto a Podemos y con manos libres.

Con este diagnóstico tan alambicado, la investidura irá o no… pero si la legislatura arranca bajo el signo de esta neurosis colectiva será corta y conflictiva. Primero, porque si Sánchez se negó a gobernar con 123 escaños, hacerlo ahora con 120 y Podemos incrustado en los despachos de La Moncloa le convertiría en el presidente más débil de nuestra historia democrática. Y segundo, porque lo haría sin red, y sin un compromiso expreso para la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado, que son determinantes para garantizar un mínimo de estabilidad. Por sí misma, una investidura no asegura la gobernabilidad. Y es lo que hoy sigue fallando a Sánchez: una certidumbre de cuatro años ininterrumpidos de gobierno que ni ERC ni Ciudadanos van a garantizar con una hipoteca forzosa.

Ninguno de estos argumentos es novedoso. De momento, el «termómetro» del PNV, ese partido al que conviene observar y descifrar por el volumen de información sólida que maneja, marca aún una temperatura correcta. Las negociaciones entre el PSOE y ERC no se hallan en un punto crítico, y están hoy más próximos a una abstención in extremis de los republicanos catalanes que del sobreactuado «no» con el que amenazan estas semanas. Si el PNV no incurre en aspavientos que le delaten por ver en peligro su propio proyecto de «identidad nacional», es que ERC aún no ha condenado a Sánchez. Todo sigue en orden.

El espíritu del bloqueo es más virtual que real porque PSOE, Podemos, ERC y PNV dependen los unos de los otros. Están en un recíproco estado de necesidad… y Sánchez los necesita aunque nadie le garantice cuatro años de paz monclovita.

Manuel MarínAdjunto al DirectorManuel Marín

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