Intervención militar, realidad y deseo

No habrá intervención militar extranjera en Venezuela. No puede haberla. Atrás han quedado los tiempos en que bastaba la decisión unilateral de un país para poner en marcha una amplia movilización de efectivos, que por distintas vías ingresaban a otro país, dispuestos a enfrentar con armas las resistencias que pudiesen encontrar. El nuestro es un tiempo donde las complejidades políticas, diplomáticas y jurídicas constituyen una dificultad real para convertir ese deseo, que es el de muchos, dentro y fuera de Venezuela, en una realidad.

An√°lisis realizados por expertos militares de varios pa√≠ses con los que he tenido oportunidad de conversar, as√≠ como la informaci√≥n que proviene desde los propios cuarteles venezolanos, autorizan estimar que, si se produjese tal hipot√©tico escenario, ocurrir√≠a lo que alguien ha llamado ¬ęel efecto GRE¬Ľ (la sigla GRE se refiere a la Guardia Republicana Especial, de Sadam Hussein), es decir, ante la aparici√≥n de las tropas norteamericanas, las unidades revolucionarias se disolvieron en cuesti√≥n de horas, apenas hubo resistencia, los soldados huyeron de forma desorganizada, abandonando sus armas, uniformes y documentos que pudieran servir para identificarlos m√°s tarde.

Una de las cuestiones esenciales que explica ¬ęel efecto GRE¬Ľ es causado, parad√≥jicamente, por el uso abusivo de la ideologizaci√≥n: la formaci√≥n centrada en el discurso, el palabrer√≠o constante, la creaci√≥n de rutinas que obligan a los soldados a ratificar su lealtad, las prebendas, que se otorgan por actuar de manera c√≥mplice con el poder ileg√≠timo, producen el efecto contrario a la cohesi√≥n: los soldados se cansan, se percatan en silencio de todo lo que la adhesi√≥n significa, comparan su realidad con la realidad de sus familias y del pa√≠s, pierden el inter√©s o el compromiso con la instituci√≥n a la que pertenecen, comienzan a contar los d√≠as que faltan para la baja, para huir o para volver a la vida civil de una vez por todas, y sacarse de encima el malestar de haber servido a una organizaci√≥n corrupta y que sirve a intereses contrarios al de los ciudadanos.

En los testimonios de los exsoldados de Irak que fueron capturados por las fuerzas invasoras, una constante se repite de forma obsesiva: estaban hartos. Mientras mayores esfuerzos hac√≠an los miembros de alto mando de la Guardia Republicana Iraqu√≠ por mantener el culto a Hussein y al baazismo, mayor era el rechazo entre los uniformados. Lo otro fundamental, tambi√©n semejante a la situaci√≥n venezolana, es que las GRE estaban acostumbradas a ejercer su fuerza en contra de civiles indefensos (como ocurre con las FAES venezolanas). Experimentaban un poder√≠o, parecido a la sensaci√≥n que siente un mat√≥n de barrio ante un ni√Īo de diez a√Īos. Cuando el entrenamiento real de esas fuerzas especiales que el poder crea para su propio uso, se basa en el aplastamiento y liquidaci√≥n de civiles desarmados del propio pa√≠s, la moral del grupo se desintegra, se erosiona. En vez de conformarse como un cuerpo puramente militar, adquiere la condici√≥n de banda armada, inescrupulosa, arbitraria y violenta: objetivo f√°cil para cualquier comando militar de alto nivel profesional.

A lo anterior habr√≠a que a√Īadir el estado real de los cuarteles venezolanos, carcomidos por el hambre, el cansancio permanente, la imposibilidad de dormir y descansar (he visto fotograf√≠as de colchonetas que no son m√°s que desechos), el calor que escuece a toda hora, la carest√≠a total de recursos para combatir las plagas y mantener los alimentos en condiciones comestibles, por falta de neveras que funcionen y de sistemas de refrigeraci√≥n adecuados para su transporte. He visto, adem√°s, fotograf√≠as de los huertos de algunas instalaciones militares: arbustos escu√°lidos y resecos, plantas que no arrojan frutos. Una demostraci√≥n, otra m√°s, de fracaso anunciado.

Pero todav√≠a hay un cap√≠tulo que a√Īadir que, quiz√°s, sea el m√°s importante s√≠ntoma de lo que est√° ocurriendo con la fuerza militar venezolana: el sentimiento generalizado, en todos los niveles, de inutilidad. Oficiales y soldados que rechazan la pretensi√≥n de convertirles en campesinos de cuartel, sin que haya nadie que verdaderamente pueda brindar alguna asesor√≠a de c√≥mo producir alimentos. Sensaci√≥n de inutilidad por algunas √≥rdenes que reciben -por ejemplo, de movilizarse y regresar-, cuyo sentido nadie entiende. Reuniones del personal para escuchar la lectura de comunicados y proclamas, cuyo mejor resultado son la risa o el aburrimiento de quienes las escuchan.

Si alguna utilidad tiene el debate sobre la hip√≥tesis de la invasi√≥n militar extranjera a Venezuela, es para llamar a atenci√≥n sobre la deplorable situaci√≥n de la FANB, entidad que ha terminado reproduciendo el estado de cosas del pa√≠s: una c√ļpula gorda, corrupta y prendada de s√≠ misma, y una tropa hambrienta y desestimulada. Ese es una de las cuestiones clave. La otra, tambi√©n relevante, es lo extendido del deseo de invasi√≥n, que campea a sus anchas, dentro y fuera de Venezuela.

¬ŅQu√© lo explica? Muchas razones, pero la m√°s importante de todas, es que el r√©gimen de Maduro ha cerrado todas las v√≠as posibles para el ejercicio de la pol√≠tica, para la defensa de las libertades, para que el pa√≠s pueda salir del circuito de miseria y muerte al que se encuentra sometido. Puesto que no se visualiza ninguna salida; puesto que los experimentos de di√°logo mostraron que no son sino estratagemas del gobierno para ganar tiempo; puesto que el gobierno ha demostrado su absoluta insensibilidad ante la destrucci√≥n de las familias venezolanas, el pensamiento, el deseo de una intervenci√≥n militar opera como una v√≠a de escape, como un recurso para mantener abierta una rendija hacia la esperanza de un cambio en nuestra adolorida Venezuela.

Miguel Henrique Otero

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