Iglesias pone en juego el futuro de Podemos tras su abstención

La narrativa y el discurso se construyen con palabras clave y con estudiados sintagmas que los gurús de la comunicación, siempre en la sombra susurrando sus planes a los políticos, dominan a la perfección. La tensión y el nerviosismo, sin embargo, terminan a veces por dominar al cerebro y la máscara de lo ensayado se cae dejando paso al rostro más sincero y revelador de lo que se siente en ese preciso instante. La muestra se vio ayer en el Congreso.

A pesar de que en su última intervención el líder de Podemos escenificó una moderación a la desesperada para intentar salvar un acuerdo «in extremis» con el PSOE, la verdad es que Pablo Iglesias estaba muy enfadado y frustrado con lo que sabía que se le venía encima. Allí ya era plenamente consciente de que la decisión de abstenerse en la investidura de Sánchez y de impedir la formación de un Gobierno progresista será determinante para el futuro del partido morado y para el suyo propio.

El discurso final de Sánchez cayó como un jarro de agua fría en la bancada populista, pero el de la portavoz socialista, Adriana Lastra, dejó al secretario general de Podemos devastado. Iglesias no pudo más que negar con la cabeza cada palabra pronunciada por el candidato socialista y por Lastra. «No, no, no, no…», gesticuló el líder de Podemos, de lado a lado, con el ceño fruncido y visiblemente malhumorado, ante cada reproche de los socialistas. El resto del grupo confederal aguardaba alicaído su votación más transcendental.

Podemos lo fío todo a un Gobierno de coalición y perdió en los últimos minutos con una oferta desesperada. Por segunda vez en la historia de la democracia el PSOE vio ayer como los morados frustraron una investidura de Sánchez. No olvidan que en 2016 un recién aterrizado Podemos plantó en el Parlamento un «no» a un Gobierno de PSOE y Ciudadanos, forzando un adelanto electoral. Truncar aquel Ejecutivo y enviar a los españoles a las urnas penalizó a Iglesias con más de un millón de votantes. Podemos sabía que ayer arriesgaba mucho más que un juego de llaves de La Moncloa.

El ministerio de la discordia

El ruido y la estrategia de Podemos durante la negociación abrió grietas en la confluencia. Las últimas 48 horas transcurrieron en un constante flujo de documentos con las ofertas y contraofertas de cada partido. El PSOE filtró un texto con el que Podemos les pedía negociar el control de 21 áreas competenciales, dentro de cinco ministerios, bajo una misma vicepresidencia social para Irene Montero. Ferraz declinó lo que a su juicio eran unas «duras exigencias» de Iglesias y les ofreció una vicepresidencia social y las carteras de Vivienda y Economía social, Igualdad y Sanidad, Asuntos Sociales y Consumo.

Primero, Iglesias aguantó el pulso; después, dos horas antes del pleno, rebajó su oferta, pero exigió el ministerio de Trabajo ante todo. El PSOE se negó rotundamente. En contra de todo pronóstico el líder de Podemos, en un ejercicio de desesperación, renunció contra reloj a la cartera de la discordia a cambio de las políticas activas de empleo. No sirvió de nada. Lastra salió a la palestra con un tono duro e incisivo. «Queréis conducir sin saber siquiera dónde está el volante», atizó. Iglesias abandonó el Congreso por la puerta de atrás sin querer hablar. Abatido.

La confluencia se tambalea

Izquierda Unida, dentro del grupo parlamentario confederal, no se sintió cómoda con el enrocamiento del líder de Podemos para entrar en el Consejo de Ministros. El coordinador estatal de IU, Alberto Garzón, ha intentando mantener un perfil bajo durante las negociaciones de su socio, pero según explican fuentes del partido a Efe, su posición sobre la investidura era distinta a la de Iglesias, a pesar de que finalmente alinearan su voto. Para el partido comunista el «eje central» no era la entrada en el gobierno, sino la cuestión programática. Aunque se decantaron por no romper la disciplina de grupo, IU abrió una brecha paradigmática solo con el hecho de plantearlo. La confluencia se tambalea y el liderazgo de Iglesias se verá debilitado frente a los sectores más críticos.

El vértigo contra los díscolos ya empezó tras el batacazo de las elecciones autonómicas, europeas y municipales del pasado 26 de mayo. Podemos perdió representación en las doce comunidades en las que hubo elecciones, amén de que en Cantabria y Castilla-La Mancha desaparecieron del arco político. En el Consejo Ciudadano Estatal de Podemos (CCE) celebrado para analizar el resultado los líderes regionales exigieron una nueva ruta al partido. No pidieron celebrar un Vistalegre III, pero sí una conferencia para cambiar el planteamiento político que ha tomado la formación. «Necesitamos una conferencia política de Podemos para recuperar el espacio político de 2015», expresó entonces el secretario general de Murcia, Óscar Urralburu. Fuentes del partido aseguraron que Iglesias consideró la posibilidad.

Unidas Podemos decidió abstenerse en las dos votaciones de la investidura a modo de gesto con el PSOE de cara a septiembre. Fuentes del partido morado explicaron ayer que sigue existiendo «una segunda oportunidad» para negociar la coalición. Las mismas fuentes recalcan que debe ser el PSOE el que se «mueva y ceda» en agosto para llegar a un acuerdo. Desde el PSOE aseguran por su parte que por ahora no tienen pensando mantener ningún contacto. En Podemos no quieren ni hablar del desgaste que produciría unas nuevas elecciones. Quizá por eso ayer el cofundador del partido Juan Carlos Monedero dijo en Twitter que para llegar a un acuerdo «basta con que en septiembre el PSOE presente a Unidas Podemos la misma oferta de hoy pero, ahora sí, con contenidos concretos». Una idea, tal vez, demasiado voluntarista.

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