Ideas para habitar mejor nuestra vida

La cuarentena , podría decirse, fue la excusa. Hacía tiempo que me intrigaba el libro En casa , de Mona Chollet . Tras su publicación en la Argentina, una pregunta me asaltaba: ¿en serio una feminista defendía el universo de lo doméstico? Me preguntaba cómo, desde un movimiento que por siglos peleó por el lugar de las mujeres en el espacio público, se podía defender las virtudes de aquello que para muchas era anatema: los pliegues de lo íntimo, los recovecos protegidos, aislados y vueltos sobre sí de todo hogar una vez que se cierra la puerta de calle.

La cuarentena, entonces, me hizo pensar en Chollet y en la necesidad de encontrarle un sentido a la domesticidad más allá del alud de platos caseros, glorias del bricolage e interiores ingeniosos que han venido inundando las redes últimamente. Me sumergí en En casa , pues, y la inmersión valió la pena.

Mona Chollet es franco-suiza, estudió Letras en Ginebra y periodismo en París, donde reside. En En casa se percibe esa doble pertenencia geográfica y cultural, tanto como la mirada desprejuiciada, aguda y crítica de su autora.

Chollet se declara “hogareña”, lo cual, asegura, es un gesto a contramano del deber ser que impone la época. Porque desear la quietud y los tiempos lentos de la vida puertas adentro supone desdeñar los supuestos beneficios del movimiento perpetuo, el dinamismo económico (y vital) basado en la obsolescencia programada, la aceleración perpetua de todo y de todos. Pero, lejos de la añoranza de ciertos “viejos buenos tiempos”, su reivindicación de la vida hogareña parte de una impugnación de lo que el pasado hizo con nuestras vidas, un señalamiento de lo que el presente hace con ellas, y un llamado a otro tipo de futuro.

“Soy hogareña pero no tengo nada del hada del hogar”, postula, dejando en claro que lo suyo no pasa por vetustas concepciones de lo femenino. Chollet es hogareña porque cree que todos, hombres y mujeres, tienen derecho a aquel cuarto propio que reclamaba Virginia Woolf. Y escribió En casa porque considera que ese derecho apenas está garantizado en las desiguales y vertiginosas sociedades que nos supimos conseguir.

Del pensamiento de Nancy Huston, Silvia Federici o Gastón Bachelard a las apuestas arquitectónicas de Christopher Alexandre, la poética espacial de Terunobu Fujimori, la filosofía de André Gorz o la sociología de Evgeny Morozov, Chollet traza un mosaico donde la estética se entrecruza con lo político, lo económico y lo existencial. Entre las múltiples condiciones que marcan lo humano, señala, está la de disponer de un tiempo no hostigado por las exigencias de la rentabilidad; un tiempo, dice, que tenga la parsimonia cálida y perfumada de un té que se degusta a conciencia. Tiempo de la conversación, pero también de la lectura, la escritura, la pura y gratuita ensoñación. Apuestas sencillas pero imposibles si no se dispone de una casa habitable, tiempo para habitarla y espacios capaces de “mantener el exterior a raya” y permitir que cada quien cultive su interioridad como mejor le plazca.

Y aquí viene su apuesta: pensar una vida distinta, protegida de las agotadoras distancias urbanas y las jornadas laborales interminables que convierten a las casas en lugares donde apenas se cena y se duerme. Imaginar existencias para las cuales los inevitables trabajos domésticos dejen de ser sinónimo de sobrecarga femenina o salida laboral de quienes carecen de opciones. Para Chollet, la especulación inmobiliaria que deja sin techo a miles de personas es la contracara del turista que busca reparar con selfies la “apnea existencial y la privación sensorial” de una vida universalmente empobrecida.

En casa adquiere otras resonancias en medio de la actual pandemia y su modo de dejar al desnudo tanta miseria global. También se lee de otro modo la frase que mejor resume su espíritu: “Para reencontrar el tiempo, la respiración, el encanto, necesitamos un desencanto colectivo”.

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