Gitanos en la universidad: referentes para la igualdad

Alejados de estereotipos y tópicos que están más basados en el desconocimiento que en la constatación de la realidad, los gitanos comienzan a dar pasos más allá de su inclusión en las etapas educativas más tempranas para llegar a la universidad. Aún son casos que llaman la atención porque su número es pequeño, pero pretenden ser ejemplo que abra camino para otros.

Desde la Fundación Secretariado Gitano de Castilla y León, su directora territorial, Mar Fresno, dice que no tienen cifras concretas del número de estudiantes gitanos que puede haber en las universidades de la Comunidad, porque en ellas muchos no significan su pertenencia a la etnia gitana, pero aporta como dato, que en España, aproximadamente un 1% de la población gitana llega a la universidad. «Llevo 18 años trabajando en la Fundación y cada vez acceden más gitanos a la universidad y es deseable que lleguen muchos más», explica.

«Tuve oír de un profesor de Derecho Procesal ‘que los gitanos nos tomamos la justicia por nuestra mano’ y a otro que preguntaba ‘¿cómo se identifica a un gitano?’».

Una de las razones que da para esa escasa presencia de la población gitana en las aulas universitarias es que se ha incorporado más tardíamente al sistema educativo que el resto de la población española, y que aún queda trabajo por hacer en las primeras etapas educativas para que su escolarización sea normalizada, sufran menos absentismo y abandono escolar y dejen de existir los llamados «centros gueto», en los que un 90% de sus alumnos son de minorías étnicas, en muchos casos gitanos. De hecho, la Fundación tiene varios programas en ese sentido, como los «Aulas Promociona», donde prestan apoyo educativo a los niños; también otras ayudas como las becas «Luis Sáez» para mujeres que sigan estudios de postgrado en la universidad.

Una de las beneficiarias de esas becas es Shelen Jiménez Jiménez, que actualmente cursa segundo del Máster de Acceso a la Abogacía en la Universidad de Burgos. «Muy contenta en términos académicos», Shelen reconoce que ha tenido que «esforzarse mucho y he dado lo mejor de mí», pero el camino no ha sido fácil debido a su condición de gitana, por las reticencias y comentarios que ha tenido que ir escuchando a lo largo de su vida de estudiante. «En mi familia no se da ninguna reticencia», comenta, pero añade que esas reticencias vienen de la sociedad. «Todavía se piensa que las mujeres gitanas somos sumisas y no es así. Cuando una mujer gitana tiene la oportunidad de hacer algo que quiere hacer, no hay quien la pare». Ella es un ejemplo. Trabajó desde los 16 años y estudió a la vez y hoy sigue con beca el Máster que estudia.

En términos peyorativos

Shelen comenta dolida que a lo largo de sus años de estudiante se ha encontrado comentarios «racistas incomprensibles», que asocian a la palabra gitano connotaciones peyorativas y negativas, gente que asocia su etnia solo a la delincuencia, y otras «ideas erróneas» que «he tenido que debatir constantemente con compañeros». Lo peor quizá fue estudiar «que todos somos iguales ante la ley» y tener que oír de un profesor de Derecho Procesal «que los gitanos nos tomamos la justicia por nuestra mano» o a otro que preguntaba «¿cómo se identifica a un gitano?». A su juicio, «son comentarios que sobran y están fuera de lugar», pero también que son fruto del «miedo a lo que no conoces».

Esta estudiante echa mano de sus recuerdos para explicar el dolor que puede provocar en alguien comentarios de ese tipo. Recuerda que «soy una persona muy alegre y hubo un tiempo de mi vida en que esos comentarios me pasaron factura porque me afectaban muchísimo y dejé de ser yo misma». Hoy, espera que el futuro compense su esfuerzo. Preguntada por cómo piensa que será la respuesta del mercado de trabajo cuando busque empleo, confiesa que «si se fijan en mi expediente académico y en cómo trabajo, pues no tendré problema, me elegirán, porque en todo lo que hago pongo trabajo, esfuerzo y pasión. Pero si se fijan en mi color de piel y apellidos, quizá no».

Shelen Jiménez estudia el Máster de Acceso a la Abogacía, en la Universidad de Burgos

También Juan Antonio Jiménez Jiménez ha vivido situaciones de soledad e incomprensión por parte del entorno educativo a lo largo de sus años de estudiante. Este vallisoletano afirma que «el camino es duro porque tienes la presión de dentro -de algunos sectores de la comunidad gitana que desconocen el mundo universitario- y de fuera», por parte de una sociedad que no conoce bien cómo es la comunidad gitana. Su familia apoyó sus deseos de estudiar, pero los dos primeros años en el instituto, sus compañeros no se relacionaban con él porque era gitano. Después, sus pocos recursos económicos pudieron dar al traste en más de una ocasión con esas aspiraciones. «Cuando estudiaba Bachillerato llevaba mal el inglés y no podía pagarme unas clases particulares; gracias al esfuerzo de mi Instituto, el Antonio Tovar, y de los CEAS, pude tener una clase de dos horas a la semana y saqué el Bachillerato». Empezó su Grado en Trabajo Social en la Universidad de Valladolid y un día estuvo a punto de dejarlo por falta de medios. Gracias a la ayuda de la UVA pudo continuar porque asumió parte de los gastos de matrícula. Ahora, presenta orgulloso su trabajo de fin de grado con matrícula de honor y busca trabajo, acompañado de su novia, Alba Ferreruela, también gitana.

Esta pareja «se ha pedido» -el compromiso previo al matrimonio en el mundo gitano-, pero como afirma Alba, que estudia cuarto curso de Educación Social, «ahora nos ven, que estudiamos y no perdemos nuestras tradiciones, y ven que es bueno estudiar para que puedas hacer lo que quieras en la vida, y que se pueden compatibilizar ambas cosas», a lo que Juan añade, como Mar, que el problema hasta ahora ha sido que «los gitanos llevamos solo cuarenta años en los colegios» y que esta comunidad «se ha creado un sistema de protección porque quizá años atrás ha vivido una discriminación que le ha hecho aislarse del resto de la sociedad». Y luego está el «miedo a perder los valores gitanos», pero comenta convencido que el hecho de que la población gitana vea personas como él, con un titulo universitario, como los chavales de su barrio, que le vieron estudiar Bachillerato, hace que «piensen yo también puedo», por lo que añade que «es muy importante que alguien te diga en ese momento no te preocupes, que vas a poder seguir» y que haya «referentes para que la gente vea que su hijo puede estudiar» como cualquier otro.

Programas de televisión como Gipsy Kings «no nos representan»

Alba reconoce que ella lo ha tenido más fácil porque al conocer a Juan desde pequeños, él fue el ejemplo en su familia de que podía seguir estudiando, pero también tiene hermanos que estudian y dice que tiene amigas desde pequeña que son gitanas y otras que son payas en Medina del Campo, donde vive.

La influencia de la televisión

Juan también pone el acento en la influencia de la sociedad que mantiene tópicos en la población paya, y critica programas de televisión como «Gipsy Kings» porque, como dice, «ellos no nos representan», a lo que Alba añade: «¡Nosotros no vivimos así!». Según Alba, esto también influye en las niñas gitanas, «que luego quieren ser como la Rebe» y no piensan tanto en que la mejor alternativa para salir adelante en la vida es estudiar.

Alaban a profesores como Jesús Aparicio, que le dirigirá a Alba su trabajo de Fin de Grado, por el conocimiento y la sensibilidad que muestran hacia su etnia, e insisten en la necesidad de que siga existiendo «una discriminación positiva» para los gitanos y para el resto de la población que lo necesita y carezca de recursos de modo que no se deje a ningún niño que quiera estudiar sin poder hacerlo por falta de medios.

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