George Benjamin, león de oro de la Bienal de Venecia de Música

Alberto González Lapuente

Tras haber transitado por la música y cultura del continente asiático (2017) y del americano (2018), además de detenerse en repertorios fronterizos y géneros colaterales, la Biennale Musica 2019 ha decidido detenerse y mirar en derredor. «Back to Europe» es el lema de la actual edición. Según el director del Festival Internacional de Música Contemporánea, Ivan Fedele, se trata de observar «las realidades del “viejo continente”, punto de referencia de nuestro tiempo. Un continente que nunca ha dejado de plantear preguntas cruciales sobre el arte y que permanece hoy en el centro de una multiplicidad de fuerzas que impulsan contextos artísticos en todo el mundo».

Y Europa, participante del ámbito contemporáneo entendido desde una perspectiva extensa y transversal, se subsume en Venecia, ciudad en la que aflora de manera natural la paradójica realidad de la creación artística en diálogo con la historia, la doctrina y la costumbre. Del 27 de septiembre al 6 de octubre la Biennale Musica reconocerá el valor infinito de un continente que sigue despierto, es reflexivo y en el que cabe el compromiso, el gusto por la calidad y el detalle, la bondad del artista y la grandeza de espíritu. La Biennale Arte, que se celebra en paralelo, lo explica bajo el lema «May You Live In Interesting Times».

Y en la sección de música lo ejemplifica el compositor George Benjamin que este año ha recibido el Leone d’oro de la Biennale en reconocimiento a una obra de impacto en el mundo actual. Autor de catálogo corto y meditado, de planteamientos lógicos y comprensibles, se recuerda ahora la versatilidad de su talento, el tránsito confortable de sus obras por distintos géneros y la inquietante conexión con el pasado según proponen sus óperas. De todo ello se habló durante el diálogo dirigido por Fedele en Ca’ Giustinian, sede histórica de la Biennale, y como paso previo a la escucha de su ópera «Written on Skin».

Se habló de la lección de vida que Benjamin recibió del «dulce y devoto» Olivier Messiaen, la influencia de la educación francesa, la posibilidad de compaginar el trabajo creativo con el de director de orquesta o gestor musical, la importancia de la enseñanza como via de transmisión y también de aprendizaje. Benjamin se reconoce un eremita durante el proceso de composición de las obras, siempre largo y complejo. El detalle y la finura de oído obligan a un trabajo muy minucioso. La primera escena de «Written on Skin» le llevó cuatro meses de trabajo, la última, de apenas 35 minutos, otros tantos. «Me cuesta mucho coger velocidad. Me gusta detenerme en cada nota… en la forma. Resolver la dificultad de integrar todo en algo. Hoy no cabe pensar en compositores como Haydn, capaces de una producción enorme».

Y, entre las preferencias, Benjamin reconoce «la pasión operística». Hace diez años se dedica en exclusiva al género. Tras «Into the Little Hill» vino «Written on Skin» y la muy reciente «Lessons in Love and Violence». La ópera fue un descubrimiento decisivo en su carrera, tras mucho tiempo de preparación y perfeccionamiento técnico, particularmente en referencia a la escritura vocal.

Todo ello surgió en forma de «liberación» tras tantear y navegar por «muy distintos ríos antes de llegar al océano operístico». Inevitablemente obligado a definir sus preferencias, Benjamin no se reconoce en ninguna tradición: «no es relevante de dónde procede la música… prefiero que sea inocente… escribo lo que me gusta… mi relación con la música británica… no existe… no soy un admirador particular de Britten… debe existir la libertad». Si bien hay un tendencia natural hacia las óperas de temas oscuros, y entre ellas «Pelleas» y «Tristan», tras las que anida la voluntad de recuperar «el sentido mágico» del género.

«Written on Skin» se ha convertido en la ópera más interpretada en el ámbito contemporáneo. En ella se incide en el amor infeliz del legendario poeta y trobador Guillem de Cabestaing, incluyendo el muy literario episodio del «cœur mangé». Compuesta sobre libreto de Martin Crimp, colaborador en las tres óperas de Benjamin, y estrenada en el Festival de Aix-en-Provence 2012 con escenificación de Katie Mitchell, acumula ya cinco producciones distintas.

El éxito tras el estreno hacía presagiar su posterior difusión, incluyendo las audiciones en versión semiescenificada en Barcelona y en el Teatro Real de Madrid, ciudad donde Benjamin tuvo un especial protagonismo en 2005 cuando la Orquesta Nacional de España le dedicó una amplia «carta blanca» con edición de un libro hoy de referencia.

Aquello sucedió en forma de espejismo. El compositor británico, pese a su relevancia en el mundo contemporáneo, ha pasado a ser un desconocido en el mundo musical español, tan escaso e insuficiente en la gran mayoría de sus propuestas que apenas tiene relación con la realidad creativa que se desarrolla en los escenarios más pujantes del mundo.

La interpretación veneciana de «Written on Skin» ha tenido lugar en el Teatro Goldoni, cuya restauración preserva la arquitectura interior construida en el siglo XVII, lo que le convierte en el teatro más antiguo de la ciudad. Comenzó el acto con la entrega de Leone d’Oro a Benjamin, precedida por la presentación del presidente de la Biennale, Paolo Baratta, y el elogio de Ivan Fedele. Agradeció el premio el propio autor con un discurso en italiano, breve y graciosamente pronunciado.

Y de inmediato, «Written on Skin» cuya interpretación contó con un reparto con veteranos intérpretes de la obra, algunos ya presentes el día del estreno y capaces, por tanto, de navegar cómodamente por la muy elocuente sintaxis de un lenguaje de sencilla apariencia pero extraordinaria marquetería, siempre atento a emociones humanas muy poderosas.

Lo demostró Christopher Purves, volcado de tal manera en la intensidad del drama que hubo momentos en los que rompió la voz. Formidable la actuación de la soprano Georgia Jarmans, capaz de recogerse en una emisión apenas audible y expandirse en la desesperación del grito. James Hall, contratenor de voz sustanciosa y muy bien delineada, se creció en algunos diálogos atentos y a la configuración de una música que se crece en formidables sonoridades.

El detalle tímbrico, la impronta rítimica y la sutil superposición de capas enriqueció la estupenda demostración del director Clemens Schuldt, capaz de poner orden y reconvertir a la irregular Orchestra Sinfonica Nazionale della Rai.

En una interpretación que podría haber tenido un mayor impacto en una sala sin luces encendidas, Schuldt, y junto a él cada uno de los cinco cantantes, señaló con elocuencia el valor de un texto balanceado entre lo real y lo ensoñado. Hubo momentos importantes puestos de relieve a través de las miradas, de gestos apuntados en diálogos bien construidos como los recreados por Victoria Simmonds y Robert Murray en los coros de ángeles.

La experiencia de los intérpretes fue crucial a la hora de generar estimulantes sensaciones, en consonancia con el añadido instrumental proporcionado por instrumentos infrecuentes en el ámbito sinfónico como la armónica de cristal, la viola de gamba o las mandolinas.

«Witten on Skin» es una ópera polisémica, perturbadora e inequívocamente contemporánea. Se ha comprobado, una vez más, en Venecia donde George Benjamin ha ratificado su predilección por la voz y el teatro: «Nada me conmueve tanto como la ópera. Es la cosa más bella que jamás se ha inventado».

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