Gabriel Albiac: Berlín fantasma

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Berl√≠n era una tragedia shakespeariana. Para los de mi edad. No una ciudad. Antes que nada, una amalgama de secuencias de cine y p√°ginas de libros. Pantallas de la Guerra Fr√≠a, novelas de Le Carr√©, montaron el rompecabezas que hab√≠a ido encajando, milim√©tricamente, una leyenda dorada o negra en nuestras mentes. Leyenda dorada y negra al tiempo, para los menos ingenuos. Al Pr√≥spero de ¬ęLa Tempestad¬Ľ le hubiera fascinado: porque Berl√≠n, m√°s que ciudad alguna, estaba hecha ¬ęde la materia con la cual se tejen nuestros sue√Īos¬Ľ; √©sos a cuya forma acabada llamamos pesadillas.

Y el tiempo de la leyenda, el del mito, es un tiempo congelado. En el cual nada sucede que no sea lo desde siempre previsto. Decíamos Berlín, como quien dice un fósil: bello en su exención de cualquier trastrueque, de cualquier vida, inmóvil, para toda la eternidad inmóvil. Viajar hasta ese territorio legendario era resbalar por las páginas de un libro siempre acechado por la sombra del gris Smiley y la, intangible, de sus inasibles espías venidos del frío. Viajar allí era también incrustarse en el ángulo sombrío de un fotograma de El Gabinete del Doctor Caligari de Robert Wiene. Y asistir, desde el abrigo de ese recodo en sombra, al geométrico despliegue de un mundo hipnotizado. Que es, al fin, un manicomio.

Berl√≠n Oriental, cuando en √©l me extravi√© en 1979, era s√≥lo materia de los sue√Īos m√°s pertinaces: de las pesadillas. Un engranaje de cine expresionista -Metropolis de Lang por simplificar, sin falsear, las cosas-, en el cual cada sujeto replica los mec√°nicos gestos del aut√≥mata que √©l es: una m√°quina bien programada. M√°s de una vez me vino all√≠ la imagen de un maravilloso cuadro an√≥nimo visto en el Palacio de Urbino, que cifra la utop√≠a urbana renacentista: La citt√† ideale. L√≠neas geom√©tricas, en un espacio vac√≠o que cristaliza eternamente los relojes. Pero aquello, que en el siglo XVI, era un proyecto de belleza, tom√≥ aqu√≠, al realizarse, ese tono de angustia gris, desesperada, al cual Sigmund Freud llamaba lo Umheimlich, lo que no estamos en condici√≥n de configurar y, as√≠, reconocer; lo imprevisto que dispara en nosotros la angustia. Berl√≠n, en 1979, era una impecable m√°quina de producir angustia. Y no era siempre f√°cil saber de d√≥nde tal desasosiego te ven√≠a.

Ese Berl√≠n de diez a√Īos atr√°s pasaba en bucle sus im√°genes sobre la pantalla de mi memoria durante el vuelo: avi√≥n Madrid-Berl√≠n, 11 de noviembre de 1989. El d√≠a antes, todos los teletipos del planeta hab√≠an replicado una sola noticia: el Muro de Berl√≠n estaba siendo derribado. Fui enviado para contar aquello. Pero no me hubiera hecho falta encargo alguno. Era mi deuda con la ciudad amputada, la que estaba saldando en ese viaje. Me preguntaba si podr√≠a hacerlo. Si ser√≠a ahora capaz de lo que en 1979 no supe: escribir lo que ve√≠a. Escribir lo que, de puro extra√Īo, escapaba a mi oficio de abrir lo ojos y narrar. Narrar aun lo m√°s ajeno.

Visitando el fantasmal museo de aut√≥matas, que era uno de los tesoros peor conocidos del Berl√≠n Oriental de mi primer viaje, hab√≠a tenido yo la impresi√≥n de vivir una sin√©cdoque mort√≠fera. Aquel peque√Īo universo de mu√Īecos animados, de complejas mec√°nicas de relojer√≠a que se mov√≠an espasm√≥dicamente, que danzaban, que hac√≠an sonar sus instrumentos musicales, aquella fantasmag√≥rica utop√≠a que concibi√≥ Vaucanson en el siglo XVIII y que dar√≠a a Edgard Allan Poe ocasi√≥n para su texto m√°s obsesivo, era el trasunto exacto de Berl√≠n Oriental. Tambi√©n, por extensi√≥n, de la que se hacia llamar Rep√ļblica Democr√°tica Alemana. Y era su verdad m√°s cumplida: un gran reloj, en cuyas ruedas toda actuaci√≥n de los sujetos est√° prevista y es transparente a quienes cuidan y dictan la arm√≥nica coordinaci√≥n de sus movimientos. Un reino perfecto, ajeno al tiempo, un reino en el cual nada nunca va a ser cuestionado. Un giro que siempre se cierra sobre s√≠ mismo: autista. La utop√≠a en sus perfiles m√°s oscuros.

Anestesia de medio siglo

Pero, un d√≠a, la cuerda del aut√≥mata se traba, los flejes saltan. Y las agujas del reloj humano se vuelven locas y giran febrilmente en ambos sentidos. El sue√Īo, que era pesadilla, se precipita entonces sobre el desfiladero de una vigilia extra√Īa. Umheimlich, sin coordenadas, sin cuadr√≠cula mediante cuya orientaci√≥n abrirse camino. Un 11 de noviembre de 1989, yo iba a tener el privilegio de asistir a la salida de esa imprevista anestesia de medio siglo; de aquel letargo que todos nos hab√≠amos resignado a creer eterno.

Del aeropuerto, me fui directamente al Muro. Nunca he hecho fotos: soy incurablemente nulo para eso. Pero, antes de salir de Madrid, me hab√≠an colocado en la mano una de esas maquinitas para tontos. ¬ęT√ļ aprietas aqu√≠ y ella lo hace todo¬Ľ. Apret√© ¬ęaqu√≠¬Ľ. Lo que sali√≥ me deslumbr√≥ m√°s tarde. Sobre el borde del muro, ya considerablemente horadado, un malabarista hac√≠a jugar sus chismes volanderos: no recuerdo si pelotas o mazas. La foto circul√≥ despu√©s mucho en la prensa. No lleva mi firma, pero es que, en realidad, la hizo la m√°quina; yo s√≥lo puse el dedo.

Era una fiesta. Sobre todo. Una fiesta ca√≥tica, en la que se hac√≠a dif√≠cil imponer la constancia de que una mutaci√≥n hist√≥rica de dimensi√≥n incalculable se hab√≠a consumado. Diez a√Īos antes, cuando desde el arco de Brandemburgo yo contemplaba el horizonte truncado por la l√≠nea gris√°cea del Muro, sab√≠a que cualquier acercamiento a aquel horrible parapeto ser√≠a pagado con la muerte. Las torretas de vigilancia no dejaban √°ngulo muerto. Y los kalashnikovs de lo vopos no eran decorativos. Berl√≠n era un presidio blindado, del cual ning√ļn berlin√©s saldr√≠a nunca. Dabas entonces, resignado, la espalda a todo aquello y te adentrabas hacia Unter den linden: un bello decorado esc√©nico, concebido por los dirigentes de la DDR como sublime escaparate socialista. All√≠ -s√≥lo all√≠-, el bello urbanismo del Berl√≠n decimon√≥nico hab√≠a sido restablecido hasta el √ļltimo detalle: el paseo de los tilos, la √ďpera, la Universidad von Humboldt, el grandioso museo de P√©rgamo‚Ķ, todos los nombres solemnes de la Alemania rom√°ntica: un aut√©ntico Berl√≠n-Potemkin. Mentira todo, todo escena. Luego, dabas de bruces con el mamotr√©tico parlamento. Y el brutal urbanismo de cemento prefabricado impon√≠a su despotismo. Y todo era indeciblemente feo.

Pero la fiesta de los m√°s j√≥venes flu√≠a ahora, en este noviembre del 89, de un lado a otro lado del muro: era una marea continua, ritmada por los mazos y martillos que desmigajaban la horrible masa de cemento. Como buenamente pude, arranqu√© un par de cachitos a pedradas. No era f√°cil: se deshac√≠a enseguida en una arenilla sucia. Sigo conservando uno muy peque√Īo. He pensado luego -as√≠ lo he escrito- c√≥mo una certeza primordial me atraves√≥, de pronto: la de que s√≥lo en dos ocasiones mi generaci√≥n hab√≠a atisbado lo que es de verdad ser libre. La primera fue en la primavera parisina del 68: cuando todos los sue√Īos se proclamaban posibles. La segunda fue en ese noviembre berlin√©s del 89: cuando supimos que las pesadillas pueden tambi√©n borrarse. Y que, aun en la mole densa del shakespeariano absurdo con el que ruido y furia devastan los destinos de los hombres, puede abrirse un resquicio a lo imprevisto. Berl√≠n fue, en ese mes de noviembre, hace treinta a√Īos, la irrupci√≥n de lo imposible. La libertad. Para quienes nunca la conocieron. No demasiada cosa. Todo.

Gabriel AlbiacArticulista de OpiniónGabriel Albiac

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