Franco, Sánchez y las benditas ánimas

Júbilo en las filas franquistas: por fin, después de tantos años de veto, el Caudillo ha aparecido -uniforme de capitán general con el privilegio de cuatro estrellas de cuatro puntas en la bocamanga- en la selectiva tribuna de la ONU. La presencia del invicto Caudillo en el foro que lo vetó durante toda su larga magistratura fue posible gracias a los poderes sobrenaturales del joven Sánchez, un verdadero patriota que no tuvo inconveniente en actuar como medium convocante de quien fue su homólogo en la esforzada tarea de retomar para España («la mirada clara, lejos, / y la frente levantada») las antiguas rutas imperiales.

A los gallegos, esto de que los muertos salgan de la fosa, vuelvan de la otra vida, se nos aparezcan y nos hagan compañía, nos resulta muy familiar. Cosa de todos los días. ¿O es que acaso hay un solo gallego que no crea en la Santa Compaña? Algunos, no sólo creemos sino que la hemos visto; y si no nos unimos a ella es porque nos echamos boca abajo, cerramos los ojos y empezamos a rezar padrenuestro tras padrenuestro.

En Galicia, los muertos vienen a visitarnos de vez en cuando. Y Franco, no se olvide, era gallego de Ferrol. «Del Ferrol de Su Excelencia», que dijera el gran Lugrís. Eso del reencuentro con nuestros difuntiños todos y la convivencia amistosa con las benditas ánimas del Purgatorio nos es tan idiosincrático como el paraguas, el caldo de berzas y el infinitivo conjugado. O sea que Sánchez cada vez se nos parece más. Ya resucitó a Franco y cualquier día resucita al almirante Méndez Núñez, le pide cuentas por el bombardeo de Valparaíso y le retira la Gran Cruz de Carlos III.

Sánchez ha decidido instalarse en la política de ultratumba. Y seguro que le irá bien. Como decía Braulio de Regadas por boca de Cunqueiro, a esta gente siempre hay quién le eche una mano: «Ou un encanto compasivo ou san Cosme». Pues que así sea.

Juan Soto

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