Fernando Dorado, redentora memoria

Entrar en una residencia de ancianos o, por hablar «política» y correctamente, de mayores, es como penetrar en la ensenada de la célebre metáfora de ese mar manriqueño: allí confluyen los fatigados ríos de la vida de los residentes y los frescos arroyos de las lozanas chicas que los cuidan. Yo asisto con frecuencia a la residencia Parque Gavilanes, a unos kilómetros de Toledo, para visitar a mis padres. Y siempre suelo coincidir con Fernando Dorado, colaborador asiduo del suplemento cultural Artes&Letras en la edición castellano-manchega de ABC.

Fernando es un señor de 98 años, que exhibe un buenísimo estado de salud para sus años, mostrando siempre un simpático semblante. Nació en Toledo, precisamente el día de San Fernando, el 30 de mayo de 1920. Siempre ha vivido en la Ciudad Imperial, salvo el tiempo de servicio militar durante la República, que lo hizo en Córdoba. Como muchos, se chupó dos «milis», muy largas; la segunda, ya después de la guerra, como escribiente en la Escuela Central de Educación Física. Su profesión la ejerció como funcionario del Instituto Nacional de Previsión.

Su día a día en la residencia es muy saludable. Cada día, como dice, «leo un poquito, escribo mis artículos, hago ejercicio, veo la televisión y me apunto a las excursiones que organiza la residencia». Estudió en las escuelas anejas de Magisterio y siempre fue un alumno muy aplicado. Yo le pregunto si con su provecta edad se desdeña la vida y se quiere la muerte o, por el contrario, se sigue amando la vida y temiendo la muerte. Tranquilamente él me responde: «Como veo que mi estado es una cosa natural, por la cual todos pasamos, pues miro esto con tranquilidad; ni deseo la muerte ni tampoco la temo». Ha sido testigo de muchos regímenes políticos: monarquía de Alfonso XIII, dictadura de Primo de Rivera, República, régimen de Franco, actual democracia. ¿Lo positivo y lo negativo se encuentran en todos ellos, todos tienen virtudes, todos tienen defectos?: «Hay una complejidad muy grande en los hombres; los hay muy honrados, que van con buen fin, y otros cegados por la ambición. En unos la política se mete en ellos de buena fe y en otros no es así». Él está informado por la radio y la televisión, siendo además suscriptor de ABC.

Fernando Dorado destacó durante muchos años de su vida como pintor. Aparte de sus lienzos originales, de su inventiva, fue copista en el Museo del Greco, poniendo su caballete frente al Cristo y los doce apóstoles del genio cretense. Su formación la realizó en la Escuela de Arte de Toledo, siendo su profesor el gran pintor toledano Enrique Vera. «Vera me distinguió de una manera muy especial porque yo era un alumno constante y muy disciplinado». Él se integró plenamente en el mundo cultural toledano de entonces, fue académico de la Real Academia de Bellas Artes de Toledo y ahora es supernumerario de esta institución. Él recuerda a Gregorio Marañón, teniéndolo como un personaje sencillo, al que conocía superficialmente, y me refiere una anécdota por la que Marañón estaba en Zocodover con el presidente del Colegio de Médicos y el director del Hospital Provincial, a los que de inmediato desairó abandonándolos para juntarse y abrazarse con su amigo el carpintero Cardeñas, que apareció por la plaza. Yo quiero saber cómo cambió los pinceles por la pluma y si siempre le ha atraído la escritura: «Pues mira, cuando tenía 10 años, en papeles de estraza me daba por escribir con un lapicero pequeñas ocurrencias íntimas. Después, en el bachillerato, en colaboración con otros chicos, y en papel barba y con plumilla, hacía articulitos que venían a ser pequeños refritos de lo que habíamos leído. Todo eso gracias a un maestro muy bueno y muy joven que nos ayudaba a redactar correctamente glosando unas láminas a color que publicaba el ABC los domingos».

Ya en su cuarto no tiene un caballete, ni siquiera un block para dibujar, sólo escribe. Antes de sus colaboraciones en ABC escribía para El Día. Su cuñado fue el afamado escritor en su momento Ángel Palomino, del que durante algún tiempo Fernando Dorado fue su mecanógrafo actuando como una especie de censor y corrector del famoso novelista. «Ángel me decía: ‘Lee mis trabajos a ver si encuentras algún defecto: repetición de palabras, puntuación, etc’. Y me hacía caso. Una vez me excedí tanto que, en broma, me mandó a hacer puñetas, diciéndome, con sincero afecto, que no hacía más que ponerle pegas».

Fernando Dorado conserva una portentosa memoria. Sonriendo dice que no se acuerda de lo que ha desayunado, pero que es capaz de transcribir en detalle la crónica de lo que pasó hace muchísimo tiempo, como podemos comprobar en sus artículos. Yo le pregunto si la memoria tiene ventajas, si es salvadora para la existencia. Y sigo reflexionando con él en el sentido de que la memoria pueda conllevar un beneficio social, siendo bueno, presumo, de que nos acordemos de lo bueno y de lo malo. La memoria entonces, ¿es moral?: «Sí, la memoria nos ayuda en nuestra manera de pensar acerca de la actualidad, reflexionando de lo que en el presente es la vida y de lo que, en el futuro, será la muerte. Por lo tanto, sí, la memoria entra a formar parte de una cuestión moral».

Su esperanza, a estas alturas, es pasarlo lo más tranquilo posible, evitar el dolor, lo que está consiguiendo, salvo algún lógico achaquillo. Perdurar en su sosiego, continuar contento en este hogar en el que se siente muy bien atendido y, lo más importante, poder seguir conservando esa memoria tan espléndida.

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