Feria de Santander: nueva conquista de Cayetano

Ni la lluvia pudo con el romance de verano de Cayetano. Es la estaci√≥n de un torero de dinast√≠a, crecido y subido al tren de los triunfos y las sustituciones desde su apoteosis sanferminera. Es su mes y ni la jornada oto√Īal santanderina, de agua intensa y cielo c√°rdeno, acab√≥ con su gloriosa racha. Al contrario, la potenci√≥: adem√°s de ser suya la victoria, los muletazos m√°s lentos de la primera parte se apellidaron Rivera Ord√≥√Īez.

Despacito anduvo desde las tafalleras del quite a un tercero de Juan Pedro Domecq que hab√≠a salido con poquito celo, pero que embisti√≥ con una calidad suprema, como dormidito por momentos. Y Cayetano le hall√≥ el temple desde el principio en un majestuoso pr√≥logo. Cadencia de reloj de arena en una faena en la que intercal√≥ elegantes derechazos con otros de mayor arrebato y gui√Īos al tendido. Atr√°s quedaban esos gritos de ¬ę¬°guapo, guapo!¬Ľ, pues ya en las quince mil pupilas solo se reflejaba la bonita obra. Este enclasado ¬ęRequiebro¬Ľ desarroll√≥ tambi√©n nobleza a izquierdas y el matador se lentific√≥ en varios naturales, con un afarolado de broche. Escasas apreturas hubo en los semic√≠rculos siguientes, lo de menor enjundia, pero muy jaleado en medio de aquella locura. Hasta poner toda su raza de rodillas sobre la negra y parcheada arena. El contundente estoconazo se celebr√≥ como un gol en el minuto noventa y la plaza se visti√≥ de blanca espuma del Cant√°brico. Pase√≥ las dos orejas de su nueva conquista.

De paraguas se pobl√≥ Cuatro Caminos cuando apareci√≥ el sexto, una belleza colorada que apunt√≥ cosas muy buenas. Con sello ordo√Īista, rodilla en tierra, le hab√≠a dado la bienvenida. Pero en la muleta el toro se apag√≥ enseguida. L√°stima, porque la corriente estaba a favor. Cayetano se centr√≥ en el pit√≥n derecho -por el zurdo sufri√≥ una colada- en una labor sin estrecheces, adornada con unas sanjuaneras, una trincherilla y un pase de pecho con sabor. No fall√≥ con su arma letal el nuevo agente 007 del escalaf√≥n, pero esta vez necesit√≥ del descabello y se esfum√≥ el premio.

La corrida empez√≥ con retraso: hab√≠a que arreglar el ruedo, con charcos por doquier. Diego Urdiales, el primero en pisar el escenario, manej√≥ con prestancia el capote a la ver√≥nica, ganando terreno con r√≠tmica armon√≠a. Arrebato en las chicuelinas, en las que este ¬ęRabel¬Ľ, que hab√≠a derribado al picador, se meti√≥ por dentro. Embest√≠a con cierta aspereza, ped√≠a las cosas por abajo y dejarle la muleta puesta y dispuesta. El riojano hizo un esfuerzo y dibuj√≥ muletazos de magn√≠fica expresi√≥n, pero casi siempre de uno en uno y sin excesivo anclaje de pies. La serie de naturales compuso un collar de piedras preciosas. Un ayudado por alto dio paso a otra con el toro ya protestando m√°s. La petici√≥n no cuaj√≥ y salud√≥.

No contribuyó al lucimiento el basto cuarto, con el que el de Arnedo se esmeró y aromatizó el redondel con gotas de torería. Gusto y empaque en algunas escenas, por encima del animal, pero no acertó con los aceros y se quedó en el umbral de los tres avisos.

Brusquito en los inicios el segundo y brusquita la faena de Jos√© Mar√≠a Manzanares, con demasiados tirones a un juampedro que perd√≠a las manos. Solo la √ļltima tanda se vivi√≥ con mayor intensidad en un cap√≠tulo sin noticias del ritmo. Como espeso de ideas, fall√≥ al empe√Īarse en matar recibiendo a un toro que se pir√≥ a chiqueros. Muy deslucido el quinto, al que le costaba arrancar en su medio viaje. La figura alicantina recurri√≥ a la voz y al toque fuerte para provocar la embestida. No pudo tomar vuelo la afanosa labor con tan descastado rival. Silencio fue su balance.

La tarde fue del triunfador de Pamplona, que ayer conquistó otro escenario del Norte. Es el verano de Cayetano.

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