Ese jueves que fue el día del maestro del rugby

Sesenta y un años entrenando, más de 20 campeonatos ganados y otras tantas giras realizadas. Siempre de modo amateur. Siempre en el mismo club. Todos esos pergaminos, que bien podrían formar parte de los libros que se ocupan de los récords, pertenecen a Roque Lagarde, un maestro del rugby que el jueves pasado fue homenajeado en vida -en su trayecto a los 87 años, que cumplirá el 2 de noviembre- por los jugadores del Club Atlético de San Isidro (CASI) que lo tuvieron como formador a lo largo de estas más de seis décadas y dos largas generaciones.

El acto, al que acudieron más de 150 entrenados en distintas épocas por el Negro Lagarde, fue una sorpresa. “Un pelotazo. Me movió todo”, cuenta para la nacion en su casa de San Isidro, cerca de la veterinaria que tiene en Beccar. Algunos de los jugadores que se fueron de gira a Nueva Zelanda en 1982 con él y el recordado Fernando González Montalvo le dijeron que iban a juntarse para celebrar aquel viaje. Cuando llegó el último jueves a la noche a La Cueva, el reducto emblemático del rugby en el CASI, se topó con otra escena. “Queríamos que recibiera todo el cariño nuestro en vida”, añade Luis Orlando, uno de los que llevaron adelante la iniciativo y que no solo fue dirigido por Lagarde, sino que además entrenó con él durante 12 años distintas divisiones del Atlético.

“Él entrenaba lo que quedaba”, dijo Horacio “Pelusa” Pichot durante el acto cuyas imágenes están en la página de Facebook del CASI. Es que su gran trayectoria fue en las reservas B (hoy preintermedias), conocidas como “las reservas de Lagarde”. Ahí iban a parar los menos lujosos, los de menos condiciones físicas y técnicas; “los bagayos”, como se los llamaba esas épocas. Pero rugbiers que tenían amor por el juego, a los que Lagarde unía para formar grandes grupos humanos que todavía hoy siguen reuniéndose.

“La confianza es todo. En el rugby no podés jugar si no sentís confianza por el de al lado. Son estados anímicos que van generándose. Y para mí eso es lo más importante, lo que perdura”, dice Lagarde, que siempre fue un estudioso del juego -de cada viaje se traía cajas de videos- y un duro en los entrenamientos, pero a quien jamás se vio gritarle a un jugador. Y, además, un sabio del scrum. Fue pilar izquierdo del CASI tetracampeón 1954/57 y del seleccionado argentino en el test-match frente a Oxford-Cambridge en 1956. Una lesión en un hombro en 1957 le cortó la carrera de jugador y lo convirtió en formador.

Entrenó en reservas (“un campeonato inolvidable fue con la D en 2003”), menores de 19 y de 15, seven, al seleccionado de Buenos Aires -junto a Marcelo Loffreda; todo un símbolo: uno del CASI preparando el scrum con un head-coach del SIC- y, aunque parezca mentira, llegó a la primera del CASI recién en 2013, cuando lo llamó Enrique Pichot, el actual entrenador de los Pumitas que ayer se clasificaron para las semifinales del Mundial Sub 20. Ahí estuvo hasta el año pasado, cuando decidió clausurar su historia con el césped.

Discípulo y admirador de la técnica en el scrum de Francisco “Catamarca” Ocampo cuando este estuvo en el CASI a mediados de la década de 1950, ferviente defensor del fair-play (“lo más importante es el respeto”) y del rugby de clubes (“espero que el profesionalismo no nos lleve puestos”), formador por excelencia (“primero viene la persona, y después, el jugador”), el Negro Roque Lagarde, que llegó a los 15 años al CASI desde Banfield, recibió ese jueves, de sus cientos de jugadores, un diploma con el título que mejor le cabe: “maestro del rugby”.ß

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