«Escribir sobre mi mujer muerta no ha logrado exorcizar el dolor»

Dice Savater que debería haberse cambiado de nombre el día que su mujer, Sara, murió de un tumor cerebral de esos que plantean un partido desigual, injusto, cruel. No ser nunca más Fernando, o Fernan, como le llamaba ella, «porque ya no soy la misma persona. Hay algunas tribus africanas donde sus miembros se dan varios nombres a lo largo de su vida… ¡eso estaría bien!», confiesa. Sara, Pelo Cohete para su intimidad y la de sus amigos más cercanos -mote cosechado en su juventud estudiantil, cuando lucía un peinado punki-, protagoniza el último libro de este filósofo, escritor y activista nacido hace 72 años en San Sebastián, icono de la lucha contra el terrorismo etarra y el nacionalismo «imbecilizador».

La peor parte (Ariel) es, más que una autobiografía, un conmovedor canto al amor y una confesión del dolor sin paños calientes. El relato de Savater tiene una parte de felicidad y otra de sufrimiento que recuerda mucho a la historia de C. S. Lewis y su esposa Joy Gresham, recogida magistralmente en la película Tierras de penumbra, dirigida por Richard Attenborough y protagonizada por Anthony Hopkins y Debra Winger. En una escena, Joy, enferma de cáncer y ante la inminencia de la muerte, le dice al autor de Las crónicas de Narnia: «El dolor de entonces forma parte de la felicidad de ahora. Ese es el trato».

Por aceptar el trato, Savater ha sacrificado su proverbial jovialidad. ¿Estamos, por tanto, ante un desconocido? «Reconocí la alegría por el ruido que hizo al marcharse», dice el poeta Jacques Prévert. «Ha sido mi temperamento… hasta ahora», confiesa el autor. «Por eso me parecía honesto escribir sobre la fragilidad de la alegría, que es la sal de la vida, pero está ligada a la posibilidad de la pérdida. He caído en desgracia. He cambiado de carácter. Procuro frente a los demás no dar el espectáculo porque la gente no tiene la culpa, pero los que hemos sido muy alegres sabemos la diferencia».

«La peor parte». Fernando Savater. Ariel, 2019. 243 páginas. 18,90 euros
«La peor parte». Fernando Savater. Ariel, 2019. 243 páginas. 18,90 euros

Al comienzo del libro cita una frase de Ralph Waldo Emerson: «Deja que el fantasma se siente a mi lado, más cerca, más cerca, querido fantasma». ¿Siente Fernando Savater que tiene un fantasma a su lado?

Sería como una materialización en vacío de alguien que se echa de menos, como el fantasma de la ausencia. Cuando escribes sobre una persona que has querido tanto y sigues queriendo, estás en diálogo permanente con ella.

¿Ha tenido que vencer el pudor, o la necesidad de escribir era más fuerte?

Tal vez he superado cierto reparo en contar las cosas de ella. Era reservada, nada mojigata, pero tenía sus cosas, por ejemplo el DNI no se lo enseñaba a nadie. Yo, en cambio, no tengo ningún pudor, aunque no soy un exhibicionista. De todos modos, en un libro como este si empiezas con pudor pues entonces no lo escribas.

Señala que la peor parte ha sido escribir este libro tras la muerte de Sara. ¿Ha resultado catártico?

Mientras lo escribía, sí, porque sentía que estaba haciendo algo por ella. Esperaba que funcionara como un conjuro, un exorcismo que extirpara el dolor. Pero, ¿sabe?, no ha resuelto el problema.

En su opinión, la vejez es una humillación, más si viene acompañada por la enfermedad. ¿Le gustaría tener un botón para desconectarse llegado el momento?

Esas cosas siempre están más o menos al alcance de la mano. Pero, es curioso, uno pierde las ganas de vivir… pero no tiene ganas de morir. Siempre había creído que eran vasos comunicantes, y he comprobado que no. Antes de sufrir más de la cuenta desconectaría, por supuesto, pero mientras tanto habrá que acostumbrarse a la humillación.

«Fui infiel, pero es que el amor no es monoteísmo matrimonial, es lealtad en el sentido de estar al lado de la persona que amas»

Reconoce abiertamente su infidelidad. Habrá quien piense en estos tiempos de corrección política que es usted un hipócrita.

No me preocupa lo que piense la gente. El amor no es una especie de monoteísmo matrimonial, el amor es otra cosa, es lealtad en el sentido de estar siempre al lado de la persona que amas, que se convierte en el objetivo de tu vida. Sara no se hacía a la idea de que yo fuera un santo.

La muerte nos alcanza a todos. Todos tenemos seres queridos que han fallecido. ¿Qué le hace a usted especial?

Bueno, hay muertes y muertes. Mis padres murieron en su momento, eso lo tienes asumido. Y tenemos el ejemplo del exseleccionador nacional de fútbol que ha perdido a su hija de nueve años. Eso no está en el programa. Eliges a la persona que quieres, entonces cuando muere lo haces también tú, el amor es un alma en dos cuerpos. No me siento único ni especial, pero sí creo que ella lo era. El libro no habla de mis penas, sino, sobre todo, de Sara. Ya sé que todas las personas son irrepetibles, pero a ella se le notaba más.

«No hay nada más atroz que el abrazo del agonizante que quiere arrastrarnos consigo a las últimas profundidades». ¿Se impone esa imagen en el recuerdo a todas las demás, las de los momentos felices?

Los últimos meses son los que más recuerdo, desgraciadamente, aunque intenté recuperar los buenos momentos, los luminosos, que fueron los que ocuparon la mayor parte de mi vida. No hay nada peor que ver a las personas que quieres sufriendo tremendamente y sin poder hacer nada, porque las iniciativas que se hicieron para salvarla al final supusieron una tortura extraordinaria.

Sara militó durante un corto periodo de tiempo en ETA, aunque jamás apretó un gatillo ni justificó los crímenes de la banda. Es de suponer que sería un tema de conversación recurrente en los años de plomo y durante la reacción de plataformas cívicas como Basta Ya, de la que usted fue un activo esencial.

Fue durante el franquismo, Sara era muy joven, tenía 17 o 18 años. Algunos amigos fueron etarras en su juventud y luego han defendido la democracia; de alguna manera intentaron compensar aquel error. Lo peor son los tipos que han estado matando o justificando los crímenes, que han guardado la pipa hace cuatro días y dicen: «Bueno, pelillos a la mar, aquí no ha pasado nada». Ella rompió en el momento en que llegó la democracia, y nunca tuvo vocación nacionalista (había nacido en Canarias y se había criado en Cataluña), sino política, de lucha contra la dictadura.

Cuenta sin tapujos intimidades de alcoba, en una especie de striptease compartido. Incluso describe una experiencia sorprendente: sexo en pleno cólico nefrítico.

Eso lo guardo como una cosa de mérito, no sé si muchas personas son capaces de hacerlo. Afortunadamente llevo casi tres años sin un ataque, antes los tenía a menudo. No he sido nunca un Casanova ni he tenido actuaciones para enmarcar. Lo describo con humor.

«Me parecía honesto escribir sobre la fragilidad de la alegría, yo, que he tenido ese temperamento y he caído en desgracia»

Les unía el cine, los monstruos, el coleccionismo, las caminatas por el monte… ¿Qué les separaba?

Sara era más activa que yo, hacía trekking por ella, porque yo prefería estar en casa leyendo una novela. Tenía mucho carácter y discutíamos por cosas cotidianas, nada trascendentes. Es curioso, dos personas que funcionan al unísono, cuando chocan, se enfadan más; cuando encuentran una diferencia la magnifican, aunque sea trivial.

Su mujer decidió abortar al inicio de su relación. No quisieron tener hijos, pero usted hace un ejercicio de imaginársela como madre.

Éramos muy egoístas, estábamos el uno colgado del otro, nos gustaban las cosas lúdicas, pueriles, pensábamos en un hijo como una interferencia. Los niños éramos nosotros. Además, yo tenía un hijo de una relación anterior, el panorama en el País Vasco no era para perseverar en eso y no teníamos intención de marcharnos. No quería tener a alguien esperando que cualquier día le pegaran un tiro a su padre. Creo que Sara hubiera sido una buena madre. Lo hizo muy bien con mi hijo.

¿Cómo cree que se hubiera tomado ella su muerte de cambiarse las tornas?

Lo he pensado. Para ella habría sido un golpe más duro, porque era más radical para todo, tenía una veta autodestructiva con la cual yo combatía a brazo partido. Se habría dejado ir más que yo.

¿Dónde está Sara? ¿Es usted creyente?

Ojalá supiera dónde está. Me aburren todas las religiones, pero me gustaría creer en lo imposible, en el dios de las cosas vulgares, alguien que garantizase el regreso de los muertos. Sería divertido.

No me apetece mucho preguntarle por la hora de España, salvo que insista.

No aumente mi tristeza, por favor.

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