Entre el olvido y el engaño

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No se me ocurre nada más desesperante que ver el camino al precipicio por el que se dirige hacia el desastre el sector agrario. No es casual que utilice este lenguaje catastrófico, lo hago a conciencia, con la esperanza de que la cercanía de la visión apocalíptica mueva alguna conciencia en las alturas y los responsables políticos pasen a la acción en la salvación de un sector capital para la supervivencia de nuestra economía y nuestra sociedad. Y, de paso, nuestra cultura y nuestra identidad. Menos palabras y más acciones. Más sinceridad y menos cuentos.

No es la primera vez que digo aquello de que somos lo que somos porque venimos de una sociedad agrícola. Nuestra realidad es como es porque hereda una larga tradición de agricultores que han sido el sustento de nuestra actividad económica durante siglos. Y no me resisto a renunciar a ese pasado agrícola, pidiendo a gritos que se encauce su presente, para llegar a un futuro saneado y sostenible en el que proyectar una parte importantísima de nuestra actividad económica y laboral.

Desde que nos levantamos por la mañana hasta que nos retiramos a dormir tenemos en la mano y en la boca un producto agrario. Comemos. Eso es indiscutible. Y comemos productos naturales porque aún quedan mujeres y hombres que dedican sus esfuerzos a sacar adelante sus explotaciones agrícolas y ganaderas. Para nuestra salud es fundamental el producto de proximidad y, para nuestra economía, ni les cuento. Muchos de ellos viven ya al borde de la ruina.

Nunca pude imaginar un campo valenciano sin naranjas. Pues bien, muchos agricultores tuvieron que arrancar sus campos para transformarlos y cultivar caquis. No voy a contarles la historia, que se la saben, pero el último capítulo ha sido el de las desastrosas cosechas de este año en ambos cultivos. Al final, ventas a pérdidas. El agricultor vende por debajo de los costes de producción y depende de las ayudas para poder sobrevivir. Eso si hay ayudas a las que agarrarse.

Manifestación de agricultores con tractores en el centro de Valencia, este viernes – ROBER SOLSONA

Nadie debe extrañarse de que las organizaciones agrarias, que son los auténticos actores con los que la Administración ha de sentarse a buscar soluciones, salgan a la calle a reclamar esas soluciones al Gobierno, a los gobiernos, a los responsables políticos y económicos de un país que parece haber olvidado su sector agrario desde hace muchos años. Y conste que prefiero creer en el olvido que en el engaño, aunque todos los agricultores que conozco, que son muchos, se sienten tanto olvidados como engañados.

Agricultores y ganaderos viven una situación desesperada. Como sociedad no podemos, no debemos mirar para otro lado una vez más. Y no ya por solidaridad. Debemos estar a su lado por supervivencia, por inteligencia y por puro pragmatismos. Sin el campo estamos muertos. Cada vez que un agricultor abandona su explotación estamos más cerca de la desertificación del territorio y de la ruina económica de miles de familias y de comarcas enteras. Cada vez que un ganadero echa el cierre, nuestro medio ambiente se resiente y nos acercamos un poquito más al consumo, de forma inevitable, de alimentos procesados e importados de países terceros donde se produce bajo condiciones laborales sin garantías de ningún tipo, por no hablar de la ausencia de controles y regulaciones fitosanitarias.

Lo planteo en estos términos para que nos demos cuentas de que el problema no es sólo del sector agrario. El problema es muy serio y es de todos.

Que nadie se enfade por sus protestas. Que nadie criminalice sus acciones. Que nadie les cuelgue etiquetas de carácter político de forma torticera y envenenada. Las organizaciones agrarias luchan por la supervivencia del campo, que es la nuestra. Nos jugamos mucho y somos muchos los que estamos hartos de ver al campo vivir entre el olvido y el engaño.

Ferran GarridoFerran Garrido

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