Enrique Rivero: Una melodía desafinada

El domingo pasado renuncié a pasar la tarde con mi familia para dejarlo todo bien preparado incluyendo la maleta para dos días, y disponerme a ir a Madrid a la sesión de investidura. Estar dispuesto, e incluso inclinado a viajar, es una condición necesaria para el desempeño de la función de Diputado, y va también en la naturaleza de muchos de los que nos dedicamos a la política, en tanto supone dejar nuestras «zonas de confort» para desplazarnos a otras, no exentas de ventajas pero tampoco de inconvenientes.

Antaño, los diputados de provincias tenían que afrontar largos trayectos para acudir a las Cortes. A buen seguro que los primeros diputados castellanos y leoneses como el palentino Juan Quintano se contaban entre los que, asistiendo en 1810 a las primeras sesiones en la isla del León en Cádiz, precisaban que se les facilitara el viaje, o bien se quejaban por la falta de comodidades. Hemos avanzado mucho desde entonces, sin duda.

El caso es que tras pasar una noche inquieto por estar fuera de casa y sentir, cómo no, la emoción y la responsabilidad de este tipo de vísperas, el martes llegué pronto al Congreso para pasar por el despacho de la sexta y unirme a mis compañeros de Ciudadanos a fin de preparar la sesión. Tras de lo cual llegamos al hemiciclo para ocupar nuestros escaños, dispuestos a escuchar atentamente las distintas intervenciones.

Acostumbrado al rigor de las sedes judiciales, el ambiente en el hemiciclo se antoja a veces un tanto relajado. A buen seguro que la sala vivió en otras épocas, incluso recientes, una mayor solemnidad. Hoy sin embargo se producen comportamientos inapropiados, y actitudes inesperadas para quienes en nuestra cándida bisoñez esperábamos otra cosa.

Pues bien, de todos ellos por el momento el más flagrante ha sido pasar dos días siendo testigo de una sesión de investidura convocada vulnerando lo dispuesto en el artículo 99.2 de la Cámara (anterior al .3 cuya reforma pretende en su propio interés el aspirante), según el cual el candidato expondrá ante el Congreso el programa político «… del Gobierno que pretenda formar…».

Y digo que se ha vulnerado el precepto porque el candidato no ha identificado desde el principio ese Gobierno que pretende formar, aparentando jugar al gato y al ratón con unos socios potenciales cuya condición de tales no está dispuesto a asumir públicamente para no confirmar el único diagnóstico certero de toda la sesión: tiene una banda, sí, que no es de música, no; y un plan, sí, gobernar a toda costa con su ayuda, para entonar una melodía desafinada ya desde el primer momento de su composición. Ayer y hoy han intentado aparentar que no, pero al final mucho me temo que va a ser así.

Enrique Rivero

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