En Nicaragua, el virus se ha vuelto un asunto ideológico

Manuel Estrada Cabrera es el personaje de El se√Īor presidente, la novela de Miguel √Āngel Asturias, y bajo su dictadura de m√°s de veinte a√Īos la mentira oficial pretend√≠a cada d√≠a sustituir a la realidad.

Cuando a comienzos del siglo XX uno de tantos volcanes de Guatemala entr√≥ en erupci√≥n, mand√≥ desde su encierro en el palacio presidencial a leer por las calles un decreto en el que se establec√≠a la falsedad de la supuesta erupci√≥n, fruto mentiroso de una conspiraci√≥n pol√≠tica para desestabilizar el pa√≠s, da√Īar la econom√≠a y atrasar el progreso.

Pero la lluvia de ceniza ardiente aventada por el volc√°n, que oscurec√≠a el sol, imped√≠a al empleado p√ļblico a cargo de divulgar el decreto cumplir con su cometido y, a falta de claridad, deb√≠a auxiliarse con una l√°mpara de acetileno; adem√°s de que, ante la violencia de los temblores, nadie se quedaba a o√≠r su preg√≥n.

En Nicaragua, de acuerdo con el discurso del r√©gimen, no existe ninguna epidemia causada por el Covid-19, porque las fronteras del pa√≠s han sido blindadas, gracias al imaginario oficial, por la protecci√≥n divina. Todo lo dem√°s es fruto de la conspiraci√≥n de cerebros deformes y enfermos, que solo buscan calumniar y difamar. Y desestabilizar el pa√≠s, da√Īar la econom√≠a y atrasar el progreso.

Los propagandistas oficiales empezaron diciendo que el coronavirus era una enfermedad de ricos ociosos, que no tenía por qué tocar a las puertas de los pobres, de manera que eso de quedarse en casa era una aberración de la propaganda imperialista. La pandemia, en el mundo, no es más que un castigo divino contra la explotación capitalista.

Vivimos algo así como una lucha de clases sanitaria, con lo que el virus se ha vuelto un asunto ideológico. Negar que exista en Nicaragua, un deber revolucionario; prevenir contra su diseminación, una maquinación de la derecha.

En los centros de salud se llegó a prohibir que los médicos y enfermeras usaran guantes y mascarillas para atender a los pacientes, porque eso significaba crear alarmas innecesarias. Y también se advirtió al personal no dar ninguna información sobre la enfermedad, para no crear un estado de histeria colectiva.

Para demostrar que vivimos en el país más sano del mundo, y estamos obligados a ser felices por decreto, la propaganda oficial se ha desplegado en gran alarde para inducir a la gente a amontonarse en las playas, y se mantienen los puertos abiertos a los cruceros, con el inconveniente de que estos dejaron de llegar por sí mismos; se inventan ferias gastronómicas, se convoca a fiestas patronales. El país es una bomba de contagio.

Y adem√°s de que se mantienen abiertas las escuelas y las universidades, se atrae hacia los estadios a los incautos; se montan veladas de boxeo, que la cadena internacional ESPN transmite, como si fueran funciones de circo pobre, rarezas “at√≠picas” del pintoresco Tercer Mundo en tiempos de pandemia.

Los resultados de las pocas pruebas que se realizan no son hechos del conocimiento de los pacientes, y los hospitales y cl√≠nicas del Estado tienen √≥rdenes de registrar los casos como “enfermedades respiratorias at√≠picas”. Las estad√≠sticas oficiales no tienen, por lo tanto, ninguna clase de cr√©dito. Pero mientras el mal es declarado inexistente, los hospitales se hallan abarrotados de pacientes que cuando mueren no pueden ser velados y deben ser enterrados sin acompa√Īamiento familiar, bajo vigilancia de la polic√≠a. Y el temor a la represi√≥n se extiende, porque hablar del virus puede convertirse en un acto subversivo. Los deudos de los muertos prefieren callar.

El mecanismo de falsificaci√≥n de la verdad viene a ser el mismo que fue utilizado a ra√≠z de la represi√≥n que dej√≥ centenares de muertos en las calles hace dos a√Īos. Los asesinados por disparos de fusiles AK y por balazos certeros de francotiradores, equipados con fusiles Dragunov rusos y Catatumbo venezolanos, nunca existieron. Las v√≠ctimas, enlistadas por los organismos de derechos humanos, hab√≠an muerto a consecuencia de ri√Īas por drogas, pleitos callejeros o accidentes de tr√°fico. El cinismo en toda su majestad, como ahora otra vez.

Pero se ha entrado ya en la fase de transmisi√≥n comunitaria del virus, y el Observatorio Ciudadano, un organismo de la sociedad civil dedicado a reunir informaci√≥n, reporta muchos m√°s casos de infecci√≥n en el pa√≠s que los reconocidos oficialmente. Infecci√≥n clandestina. Recientemente, 645 profesionales de la salud, todos especialistas reputados que prestan sus servicios en cl√≠nicas y hospitales, y en consultorios privados, firmaron un documento p√ļblico de denuncia, con el respaldo de todos los gremios m√©dicos.

En este pronunciamiento sin precedente, se exige al r√©gimen la adopci√≥n de medidas eficaces que son del sentido com√ļn, entre ellas, la informaci√≥n veraz sobre los alcances de la diseminaci√≥n del virus en la poblaci√≥n, la realizaci√≥n de pruebas, la restricci√≥n de reuniones masivas, el distanciamiento social obligatorio, las medidas de aislamiento y cuarentena que sean necesarias, y la protecci√≥n del personal sanitario de los servicios de atenci√≥n p√ļblica.Es tarde, dicen los m√°s de quinientos m√©dicos, pero, “en el momento de inicio del ascenso de la curva de casos graves, a√ļn es posible realizar acciones de mitigaci√≥n que reduzcan el catastr√≥fico impacto en la tasa de letalidad y en el sistema de salud”.

Y le recuerdan al r√©gimen que “la salud, adem√°s de ser un derecho constitucional, es un derecho humano y es una responsabilidad indelegable del Estado de Nicaragua”.

Es un documento valiente, porque muchos de los firmantes se exponen a ser despedidos de los hospitales por quebrantar la imagen del estado perpetuo de felicidad en que viven los nicarag√ľenses, presos dentro de este incre√≠ble y fatal espejismo en el que los altavoces oficiales te dicen que quedarse en casa no es m√°s que un vicio burgu√©s.

ADEM√ĀS

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