en la cama con Matisse, Calder o Magritte

Todos lo hacemos, pero los creadores con mayor intensidad, de forma más consciente. Piensan con las manos, con las herramientas con las que cortan, pintan, doblan, rodeados de objetos que han seleccionado para dar forma a un lugar de trabajo: piensan en –y con– un lugar. Lo mismo que crean en la cama, mientras sueñan, en un espacio que queda al margen de la previsibilidad lógico-verbal. Teresa Moro (Madrid, 1970) nos ofrece una colección intimista de delicados gouaches y acrílicos con los que delinea las camas de Matisse, Calder, Hopper, Magritte; los estudios o los pequeños muebles auxiliares de Bourgeois, O’Keeffe, D. Judd o David Hockney.

Venerados

Estamos asistiendo a una transformación, a una veneración del estudio de los grandes artistas como reliquias, como santuarios. Teresa Moro los presenta, más que como medio abonado, espacio donde debe crecer la vegetación de la creatividad, siguiendo un tipo de causalidad propia de la jardinería o de la biología (que con tanto acierto criticó Proust en Contra Sainte-Beuve), como hueco en el que el cuerpo ha dejado su molde emocional, como soporte de lo sentido, reflejado por medio de un color encendido, onírico, frágil, evanescente.

Las imágenes que reúne en la galería Siboney evocan un contacto sensual, multimodal, con los objetos que podrían desencadenar, restaurar, los recuerdos de otra persona con la que desearíamos tener afinidades. Hay una forma de pensar en imágenes, o de sentir con una materia, con unos objetos determinados, que no se puede transcribir en palabras.

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