En Japón, los robots tienen alma propia

Inmersos en una cultura hipertecnológica y milenaria a la vez, los japoneses adoran interactuar con androides y otros seres artificiales

TOKIO.- Mi primer encuentro rob√≥tico al llegar a Tokio fue en el barrio otaku de Akihabara, no por cierto con un Transformer: era una r√©plica a escala natural de Leonardo da Vinci con barba, sentado y habl√°ndome en japon√©s con un pollito en una mano y un elefante verde en la otra, ambos con sombrerito. Como viajero llegado de Occidente, el realismo de esa “estatua de cera” mecanizada en plena calle me result√≥ pasmoso. Pero Jap√≥n tiene tasa decreciente de natalidad e inmigraci√≥n limitada: lo que falta es mano de obra y nadie teme que un robot le vaya a quitar el trabajo. Tampoco se cree que vengan a dominarlos, como el hollywoodense Terminator que sembr√≥ terror del otro lado del mundo. Mazinger y Astroboy son superh√©roes.

El segundo humanoide lo ver√≠a en la Robocup 2017 -campeonato mundial de f√ļtbol de robots- en Nagoya: un beb√© no muy realista. Una promotora coloc√≥ en mis brazos a Smibi, un affective robot dise√Īado para brindar compa√Ī√≠a. Cre√≠ estar abrazando una mu√Īeca, pero al ver que fijaba la mirada en m√≠, intu√≠ que ese cilindro achatado con ojos y sin nariz -rasgo com√ļn con Hello Kitty- era m√°s bien la evoluci√≥n del Tamagotchi que despert√≥ espanto en el subconsciente occidental: nosotros tememos a los objetos con “alma”. Le pellizqu√© un cachete y se sonroj√≥, lo sacud√≠ fuerte y berre√≥, le di consuelo llevando su rostro a mi hombro y me devolvi√≥ una risita aguda. Smibi est√° a la venta en Jap√≥n, no tanto como juguete sino con fines terap√©uticos para gente sola y ni√Īos o ancianos autistas. No es un fen√≥meno de masas, pero se vende. Un folleto lo promociona: “Sienta la alegr√≠a de ser necesitado; experimente la calidez de recibir una sonrisa amorosa”.

En el museo Miraik√°n de Tokio conoc√≠ a la blanca y peluda foquita Paro, pionera en rob√≥tica terap√©utica dando y recibiendo afecto. El sentido com√ļn occidental dice que un objeto no podr√≠a dar cari√Īo como una mascota. Pero los estudios y videos sobre la interacci√≥n de Paro con ancianos y ni√Īos autistas convencen: es indiscutible que genera emociones y sensaciones intensas, al menos en Jap√≥n. Me acerqu√© a la mesa donde Paro parec√≠a dormir la siesta y le acarici√© la cabeza: revivi√≥, y dirigi√≥ sus pupilas hacia m√≠. Sus gemiditos juguetones eran tan cre√≠bles que rob√≥ mi esc√©ptico coraz√≥n. Me hubiese gustado comprar una. Pero cuesta 5000 d√≥lares y ya est√° en 10.000 hogares y geri√°tricos endulz√°ndole la vida a mucha gente.

Una mujer japonesa juega con mascotas cibernéticas Aibo, en Tokio Fuente: LA NACION

En una feria tecnol√≥gica vi la nueva versi√≥n de la mascota Aibo de Sony, ese perrito met√°lico que le hace competencia a los de carne y hueso en un pa√≠s donde los departamentos son muy peque√Īos y mucha gente trabaja demasiado como para poder pasearlos. En Jap√≥n existen el doble de mascotas que ni√Īos. Entre ellas hay 12 millones de perros. Y los perritos Sony son 100.000. Lo curioso es que algunos propietarios de un perro cibern√©tico entristecen cuando se les “muere”. Existen talleres-cl√≠nica para Aibos como A-Fan Co que ofrecen funerales en la prefectura de Chiba: las personas les env√≠an por correo a su perro para que, si no se puede reparar, sus piezas sean trasplantadas en otro. Entonces un sacerdote budista del templo Kofukuji -siglo XVI- ofrece una ceremonia para centenares de Aibos que no volver√°n a despertar. Llegan al taller con una carta y frases como “por favor ayuden a otros Aibos. L√°grimas cayeron por mi rostro al decirle adi√≥s”.

En la Maker Faire de Tokio conoc√≠ a Pepper, el primer humanoide lanzado al mercado hogare√Īo. Es blanco y me llega al pecho con su cabeza como una pelota de f√ļtbol. No tiene piernas, sino ruedas: los robots al alcance del bolsillo com√ļn son torpes para dar pasos firmes. Y tiene una tablet en el pecho, tan fuera de lugar como una oreja en la frente. Se han vendido 10.000 para dar informaci√≥n en lugares p√ļblicos. Pero su capacidad de comprensi√≥n de lo que oye es limitada: es un busto parlante algo interactivo, un exc√©ntrico objeto de decoraci√≥n que no sirve m√°s que para llamar la atenci√≥n porque se mueve y habla. Un promotor de Softbank Robotics me invit√≥ a sentarme en un armaz√≥n met√°lico, coloc√°ndome lentes de realidad virtual. A tres metros hab√≠a un Pepper y not√© que lo que yo ve√≠a con amplitud de 360¬į no era lo que estaba frente a m√≠: ten√≠a la mirada de Pepper. Mir√© hacia la derecha y vi venir una ni√Īa con una pelota de tenis. Extend√≠ el brazo, la coloc√≥ en mi mano y la agarr√©. No es con la mente que uno controla a Pepper, sino con el movimiento: un sensor copia lo que hago con mi cuerpo y se lo transmite a “√©l”. Me mir√© el brazo y vi el de Pepper. Acarici√© el hombro de la ni√Īa pero no sent√≠ nada. Yo era como Scarlett Johansson en la pel√≠cula Ghost in the Shell con el cerebro trasplantado en un robot: ella da la orden mental y la carcasa rob√≥tica act√ļa. Si el enemigo le arranca un brazo, ella no sufre: va a la cl√≠nica-taller y se lo reponen. As√≠ habr√°n de ser los futuros soldados: robots en campos de batalla como avatares de humanos guarecidos en habitaciones. Hoy por hoy, uno ya puede meterse en la piel de un robot y arrojar una pelota. El d√≠a de ma√Īana ser√° una granada.

Para avanzar accion√© un pedal y Pepper arranc√≥ a rodar entre gente incr√©dula que me miraba. Finalmente tuve una sensaci√≥n real: “me miran a los ojos”. Pero yo ya no era yo. Algo as√≠ habr√° de ser la inmortalidad digital profetizada en el cap√≠tulo “San Junipero” de Black Mirror, donde los cigarrillos de esos personajes vivos para siempre en un para√≠so digital, no saben a nada.

El cient√≠fico Hiroshi Ishiguro cre√≥ un androide id√©ntico a s√≠ mismo, incluso con su propio pelo. Le pregunt√© si aspiraba a que el robot copiara su personalidad, y respondi√≥ con otra pregunta: “¬Ņd√≥nde est√° el alma? Los japoneses creemos que todo tiene una. Por eso no tenemos problema con la idea de que un robot tambi√©n la tenga, de alguna manera. No hacemos mucha distinci√≥n entre robots y humanos”. En un principio pens√© que bromeaba. Pero no. Me pregunt√© si estar√≠a un poco loco: tampoco. Me lo explic√≥ la antrop√≥loga Jennyfer Robertson: en Jap√≥n, desde un tiempo milenario, imperan otras l√≥gicas. La empat√≠a de tantos japoneses con los robots no tiene que ver solo con una mentalidad “moderna”, sino con el hecho de que en la religi√≥n animista del sinto√≠smo las personas viven rodeadas de esp√≠ritus, tanto de ancestros familiares como de kamis, energ√≠as que habitan en una monta√Īa, en la espada de un samur√°i o en un √°rbol. En Occidente, cuando las almas van al infierno o al para√≠so, no regresan; por el contrario, en muchas casas de Jap√≥n hay un altar para comunicarse con antepasados. Si una antigua mu√Īeca en un templo puede encerrar un alma, ¬Ņc√≥mo no habr√≠an de tenerla una foca hiperrealista o un androide que adem√°s nos miran, escuchan y hablan?

Seg√ļn el fil√≥sofo Byung-Chul Han, la barrera entre lo real y la copia virtual es m√°s difusa en el este de Asia: el s√≠mbolo del yin y el yang es la representaci√≥n de un pensamiento donde los opuestos -blanco y negro, original y copia- no forman contradicci√≥n sino complemento. Por eso, en un robot late a veces una deidad: tiene algo de objeto y de ser.

Volv√≠ al archipi√©lago japon√©s a escribir el libro Jap√≥n desde una c√°psula porque necesitaba explicarme a m√≠ mismo ese pa√≠s, luego de una primera desconcertante aproximaci√≥n. Antes, dediqu√© cinco a√Īos a estudiar su desarrollo sociohist√≥rico y bases antropol√≥gicas. Fui vislumbrando que los japoneses no son tan raros ni tan modernos como me parec√≠an. Son fundamentalmente distintos, inmersos en la l√≥gica de una naci√≥n insular que queda al este del Este. Para colmo, estuvieron separados del mundo por decreto imperial -nadie entraba ni sal√≠a so pena de muerte- desde 1639 a 1858. Raro ser√≠a que Jap√≥n no hubiese devenido un planeta aparte: uno tiene all√≠ la sensaci√≥n de alunizar. Detr√°s de su hipercapitalismo, subyace una cosmovisi√≥n feudal: metaf√≥ricamente, el samur√°i devino en soldado corporativo, duerme en hotel c√°psula y cambi√≥ la espada por el malet√≠n. Pero sigue practicando el harakiri con otras t√©cnicas para lavar su honor, ese pudor que les viene del sinto√≠smo. El shog√ļn reencarn√≥ en CEO tecnol√≥gico y se qued√≥ con la geisha. Y el esp√≠ritu de los Kamis pervive en el robot. √ü

Autor de Japón desde una cápsula. Robótica, virtualidad y sexualidad (Adriana Hidalgo)

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