«En el Eibar los lujos están de más»

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En la vida del futbolista no tiene que haber mucho más que pedir después de que se le compare con Zidane y Maradona. Claro que aquellas palabras salieron de la boca del Mourinho más ácido, el que sacó al Madrid del barro y lo puso a bailar sobre un inolvidable polvorín en el que el conjunto blanco volvió a pelear por todo mientras la cuerda que ataba aquel vestuario ponía a prueba su resistencia semana tras semana. A Pedro León (Mula, 1986) le tocó aterrizar en aquel equipo cuando todo parecía ir inevitablemente hacia arriba, 23 años y el futuro a sus pies. Pero la realidad no siempre se ciñe a los cauces de lo previsible, y este murciano de diestra de seda acabó de vuelta en Getafe.

El impulso que perdió durante su estancia en Chamartín lo recuperó tras un lustro estupendo en el Coliseum Alfonso Pérez, asentado en la lozanía del Sur de Madrid como uno de esos futbolistas que resignifican el valor de la clase media nacional. Entonces, verano de 2016, firmó por el Eibar. Espoleado por la propuesta de Mendilibar, el técnico de su carrera, más cerca de ser un padre que un jefe, firmó el mejor año de su vida en esta afable ciudad guipuzcoana, diez goles y seis asistencias que amenazaban con volver a lanzarlo a la estratosfera del mercado de fichajes. Por más que resistió la tentación y se aferró al fútbol en Ipurúa y a su vida en Donosti, el destino le deparó un calvario en forma de cuatro operaciones. Un periodo de prácticamente 20 meses sin rozar la pelota por culpa de tendón rotuliano izquierdo, una hernia discal entre la L4 y la L5 y una rotura en la fascia plantar izquierda.

Superados ya sus días más negros como deportista, consolidado León como uno de los puntales de un grupo admirable, hará de anfitrión esta tarde ante el Madrid (18:30 h, Movistar La Liga), en un cruce de caminos con el equipo donde un día todo pareció posible.

—¿Cómo está después de este calvario repleto de lesiones y quirófanos?

—Ha sido dificil, veinte meses muy complicados, pero ya ha pasado. Me encuentro al cien por cien.

—Durante todo este tiempo, ¿qué le pasa a uno por la cabeza?¿Se pierden las ganas?

—Todo lo que yo sentía eran ganas de volver. Son muchos años dedicándote a lo mismo: a mí me encanta el deporte, el fútbol. Necesitaba volver, y ahora lo estoy disfrutando.

—Pese a las cicatrices, ¿se siente mejor futbolista?

—De experiencias así sales más maduro. En el fútbol, por suerte, en estos dieciséis años como profesional, he disfrutado mucho. Excepto estos dos años, prácticamente no he tenido lesiones. No había visto esta cara amarga del deporte, y haberla vivido en tan poco tiempo y tan intensamente te refuerza.

—¿En quién se apoyó los días más difíciles?

—La familia es quien se traga todo. Lo bueno y lo malo.

—Su hermano Luis –el ciclista profesional, miembro del Astana– le sostuvo económicamente durante su temporada en el Levante, la 2006-2007, cuando la difícil situación del club hizo que estuviese prácticamente sin cobrar.

—Tenemos una relación muy estrecha. Llegué muy joven al Levante, con 19 años. Estaba en Valencia, una ciudad en la que, siendo futbolista de Primera, te puedes permitir vivir en zonas buenas. Era un crío. Al estar allí y saltar todo por los aires, sin cobrar nada, me vino muy bien su ayuda. Además, yo soy muy de bicicleta. En mi casa hablamos más de ciclismo que de fútbol.

—Que no le oiga Mendilibar.

—A Mendilibar hay que conocerle. Tengo una relación muy estrecha con él. Más que un entrenador, lo considero un amigo. Lo conozco desde que coincidimos en el Valladolid, hace once temporadas. Nunca perdí relación con él. Es el entrenador que más años lleva en activo de los que hay en Primera. Es muy exigente, con un estilo de juego de presión muy alta, de jugar en campo contrario. Viendo cómo le han ido las cosas, creo que se merece una oportunidad en un sitio importante.

—Cuesta pensar en el Eibar sin que se aparezca Mendilibar.

—No vamos a engañarnos: hay un antes y un después de su llegada. Nuestro objetivo sigue siendo mantenernos, pero él ha cambiado la cara del equipo. Y ahí están los resultados. Te saca el máximo. Luego los jugadores se van y no rinden igual. Es su sello.

—En alguna ocasión Fran Garagarza, director deportivo del club, comentó que uno de los aspectos que más valoran para fichar a un jugador es cómo se comporta fuera del campo.

—Fran es un gran profesional que se fija al detalle. Lo único que te puedo decir es que la gente que llega sabe a lo que viene, que aquí hay que tener ganas de trabajar. Aquí los lujos están de más.

—¿Cómo le surge a usted la oportunidad de venir?

—Vine más que nada porque me llamó «Mendi». De Éibar no tenía muchas referencias, salvo lo que vi cuando vine a jugar en Segunda. Me dijeron que era un club humilde, que hacía bien las cosas, pero nada más. Estoy orgulloso de haber formado parte de esta familia. Saben qué hacer y dónde hay que estar, en qué gastar y en qué no. Nos cuidan muchísimo a todos. También es verdad que siempre es difícil: hay clubes con mejores infraestructuras, presupuesto, afición… Es un pueblo de 27.000 habitantes. Yo lo asemejo a mi pueblo, Mula, que tiene 20.000, y me parece imposible.

—Y ahora llega el Madrid. ¿Le motiva especialmente?

—No. Cada vez que vienen estos equipos es especial, y más por haber estado allí. Pero para mí es igual de especial que contra el «Geta» o el Valladolid.

—¿Le queda la sensación de que pudo demostrar más en el Bernabéu?

—Son vivencias que te quedan en tu carrera. Cosas que pasan. Estoy muy agradecido a toda la gente que confió en mí… Pero ojalá todo hubiera sido de otra forma.

—¿Qué retiene de aquella etapa?

—El haber pertenecido a un equipo grande. Para mí, no hay nada más grande que el Madrid.

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