«En el cine está la representación de los actores, en el teatro está su alma»

Juan José Campanella (Buenos Aires, 1959), ganador hace casi una década de un Oscar por su película «El secreto de sus ojos», ha hecho de todo y ha conseguido todo en el mundo del cine, su hábitat natural. Pero hasta hace seis años no se atrevió (o no quiso) dar el salto al teatro como director – a pesar de ser, confiesa, un ávido devorador de este arte–, y de haber estrenado, en su veintena, un par de títulos. Lo hizo con una obra, «Parque Lezama» (adaptación de «I’m Not Rappaport», una exitosa comedia del estadounidense Herb Gardner), a la que rondaba como a una novia esquiva desde que la viera por primera vez, hace más de treinta y cinco años. Hoy esa función pone el pie en España, adaptada y dirigida por Campanella, y con una excepcional pareja de actores argentinos, Eduardo Blanco y Luis Brandoni –que interpretan a dos ancianos que comparten banco en el parque–, al frente de un reparto que completan Ana Belén Beas, José Emilio Vera, Martín Gervasoni. Luz Cipriota y Santiago Linari.

¿Qué tiene esta obra que le decidiera a dirigir teatro por primera vez?

La vi cuando tenía 24 años. Es y sigue siendo la mejor obra que vi en mi vida. Durante muchos años la busqué, pedí los derechos varias veces… Y me los negaron varias veces también, porque yo quería hacer esta adaptación;yo no era nadie, era para hacer un montaje en el off de Buenos Aires. Luego ya presenté una oferta para hacer un montaje más ambicioso, y finalmente, tras ganar el Oscar, pude pedirlos con otro peso… Y la viuda del autor me dio por fin el permiso para hacer la adaptación.

¿Tanto le gustó?

En un mes la vi tres veces. Comía perritos calientes todos los días para poder pagar la entrada. Me atraparon dos cosas: la temática y el tono. El tema –que no es la edad, sino el compromiso frente al conformismo– me apasiona, traspasa las edades y es inherente al ser humano durante toda su vida. Siempre nos estamos preguntando si hacer lo correcto o lo que nos conviene. También me influyó el tono de la función, que he querido llevar a todo el cine que he hecho después: pasar de reírse a carcajadas a llorar de emoción. Yesta obra logra la pirueta, que yo apenas he conseguido pocas veces en la vida, de hacer las dos cosas. Una misma frase te provoca una carcajada y un llanto de emoción. Para mí fue una revelación.

«Hay cosas que te hacen reír con una carcajada plena a los veinticuatro años y a los cincuenta te producen además un nudo en la garganta»

¿Pero la visión de la obra a los veinticuatro años debe de ser diferente que en la cincuentena?

No ha habido en realidad este salto, porque yo cada tanto volvía sobre la adaptación del texto;corregía diálogos, agrandé bastante el personaje de Eduardo Blanco, que en el original era más secundario… Todo para enfocar la obra en ese eje de compromiso versus conformismo… Claro, hay cosas que te hacen reír con una carcajada plena a los veinticuatro años y a los cincuenta te producen además un nudo en la garganta; cuando vi la obra por primera vez me sentí muy identificado con el personaje del padre, y con el paso del tiempo lo hice con el de la hija. Llega un momento en la vida en que uno se convierte en padre de sus padres… Claro, con la edad se van descubriendo sabores distintos, aunque la obra sigue siendo la misma.

¿Para el estreno en España ha hecho una «readaptación»?

Muy pequeña; la obra transcurre en Argentina, tiene sabor argentino… Solo hemos cambiado algunas palabras que en España tienen distinto significado. Pero la obra se entiende perfectamente.

Traerse a Luis Brandoni y a Eduardo Blanco era algo inexcusable…

No lo pensamos de otro modo. Ellos dos son, en mi adaptación, los dueños de los personajes; han hecho más de ochocientas funciones, tienen una química en escena impresionante, y el público los aplaude como a dos estrellas de rock. Es un duelo actoral digno de verse.

«En el teatro, un mal actor es un problema muy serio. En el cine tienes muchas herramientas, trampas en el montaje… Solo se necesita que lo hagan bien una vez. En el teatro, al levantarse el telón el actor está desnudo y es el dueño del personaje»

Eso siempre es una garantía…

En el teatro, un mal actor es un problema muy serio. En el cine tienes muchas herramientas, trampas en el montaje… Solo se necesita que lo hagan bien una vez. En el teatro, al levantarse el telón el actor está desnudo y es el dueño del personaje. Es importante trabajar con actores de esa calidad.

En Argentina es fácil…

Y aquí también.

Pero los actores argentinos tienen algo especial.

Hay una escuela de la verdad. Los actores argentinos, salvo algún caso de comedia, buscan la verdad. Unos la encuentran y otros no. Aquí hay algunas escuelas que enseñan que el teatro tiene un código propio que está fuera del naturalismo. Eso en Argentina no existe. Pero yo he trabajado con actores españoles excelentes.

¿Cree usted entonces en el teatro naturalista?

Sí, sí, absolutamente. Me gusta todo tipo de teatro; pero lo experimental, por ejemplo, me gusta en cuanto a la puesta en escena. No he tenido tanta suerte respecto a lo actoral. En la comedia, que es naturalista pero no realista –son cosas diferentes–, hay un punto de estilización en la actuación. Y si el actor no lo tiene, es imposible de dirigir, especialmente en teatro.

Lo importante es buscar la verdad…

Aun en una puesta en escena delirante, con una escenografía abstracta o inexistente, uno se engancha con alguna verdad. Si no, está simplemente viendo un cuadro…

«Tengo la norma de no hablar de la política argentina cuando estoy fuera. Se leen las cosas y dicen:”mirá lo que anda diciendo allá”»

Ha hablado de compromiso versus conformismo. Parece que está hablando de la situación política en Argentina…

Tengo la norma de no hablar de la política argentina cuando estoy fuera. Se leen las cosas y dicen:«mirá lo que anda diciendo allá». Aunque hoy en día con internet se puede leer todo en todas partes y yo no me callo lo que pienso, prefiero no hablar cuando estoy fuera de Argentina. Además, estamos pasando unos días de vaivenes emocionales y no hablo ni con los medios argentinos.

Pues volvamos al teatro. Me ha dicho que después de «Parque Lezama» ha dirigido otra obra…

Sí. «¿Qué hacemos con Walter?, que lleva ya casi cuatrocientas funciones en Buenos Aires. Estamos pensando en hacer una versión española y traerla acá.

¿Y qué encuentra en el teatro que no encuentra en el cine?

Yo estoy fascinado con el teatro. Hice esta función después de estrenar «Metegol» («Futbolín» en España), una película de animación con un altísimo contenido tecnológico y digital, en la que trabajé durante tres años y medio. Y yo quería hacer después algo que fuera solamente actores y texto, y si había que mover algo se hiciera con una soga… No quería ni que hubiera cobertura para el móvil en el teatro… Y apelé a la mejor obra que había visto en mi vida, y con la que venía jugando y adaptando hace casi treinta años… Soy un gran espectador de teatro;en los últimos quince años he visto tanto teatro como cine, si no más. El teatro es un arma de doble filo;cuando funciona es mucho mejor que el cine, pero cuando no funciona es una tortura tremenda, porque no hay posibilidad de un cambio de plano o de algo que distraiga al espectador. Pero cuando funciona el teatro ofrece esa sensación de voyeurismo, de estar encerrado en un armario y ver por la rendija de la puerta lo que está pasando en la habitación, que para mí es inigualable. Eso el cine no lo tiene:en el cine está la representación de los actores, en el teatro está su alma. Cada función es distinta cada día en base a lo que les da el público, mucho más en una comedia: se alimentan diariamente de la risa del público. El teatro se hace artesanalmente, todas las noches de nuevo, es algo efímero de la que son testigos únicamente los que están en la platea esa noche. Los espectadores se ríen mucho más, se emocionan mucho más, y se meten en la historia mucho más.

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