El viaje a ninguna parte de los músicos sin conciertos

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A Juan Carlos Lifante, confinado desde hace más dos de meses junto a su pareja en un piso de poco más de 30 metros cuadrados en Barcelona, la crisis del coronavirus le ha golpeado justo donde más duele: en la temporada estival. Porque este año, tocada y hundida la cultura por la pandemia, lo primero que en saltar por la bordan han sido las perspectivas de futuro de todos aquellos músicos que antes de que el covid-19 borrase de un plumazo la canción del verano ya malvivían entonando el estribillo de la precarización. «A estas alturas el año pasado ya tenía cerradas unas treinta fechas», relata un músico que, además de pilotar la banda indie pop Lifante, también actúa en

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