El túnel del tiempo

Madrid Guardar

Todo lo que ha pasado en España en el último año también ha sido una ensoñación. O si se prefiere -por no atentar contra los derechos de autor del Tribunal Supremo-, una pérdida de tiempo. Sánchez vuelve donde solía. «Decíamos ayer…». Frases textuales del documento que Carmen Calvo distribuyó a los periodistas tras el Consejo de Ministros del 8 de febrero de 2019: «Los gobiernos de España y Cataluña convienen en afirmar la existencia de un conflicto sobre el futuro de Cataluña». «Es necesario iniciar un diálogo político efectivo». «En ese diálogo, cada uno de los participantes planteará sus propuestas con total libertad, en el marco de la seguridad jurídica». «De común acuerdo, las partes propondrán una persona que facilite la coordinación de los trabajos y las convocatorias, fije el orden del día, de fe de los acuerdos alcanzados y determine el seguimiento de su aplicación».

Como bien se ve, el pacto de Pedralbes, suscrito a principios de año, ya contemplaba «las cuatro patas de la mesa de negociación» que ERC exige estos días para facilitar la investidura de Sánchez: de gobierno a gobierno, para hablar de todo, con calendario claro y con garantías de cumplimiento. Nada nuevo bajo el sol. O tal vez sí.

Me temo que Sánchez no solo ha retomado la negociación con ERC en el punto en que la dejó hace un año, olvidándose de todo lo que nos ha venido diciendo en el entreacto -«el independentismo no es de fiar», «quiere romper España», «no condena la violencia», «el Gobierno no puede depender de ellos»-, sino que ha llegado más lejos. En Pedralbes, las dos partes habían aceptado que el diálogo entre gobiernos se canalizara a través de la comisión bilateral prevista en el Estatuto, pero ahora los independentistas reclaman «un organismo de nueva creación». La demanda de Junqueras (véase la entrevista que dio a «La Razón») es inequívoca: sin una mesa de gobiernos de nuevo cuño donde se pueda hablar del referéndum y de la autodeterminación, ERC votará «no» en la sesión de investidura. «La pelota -dijo Junqueras- está en el tejado de los socialistas, y las terceras elecciones también». Es un fijo en la quiniela que los independentistas no van a flexibilizar su postura. No lo han hecho jamás. La prueba es que Sánchez tuvo que convocar elecciones porque los republicanos supeditaron su apoyo a los presupuestos a que pudiera discutirse sin ambages sobre el derecho de autodeterminación. Antes de negarse, Sánchez dudó. Fue una duda tan escandalosa que los sectores más sensatos de su partido tuvieron que emplearse a fondo para evitar que claudicara. Felipe González salió a la palestra y dijo: «El derecho de autodeterminación no existe en el Derecho europeo, supondría trocear el país y terminaría con los derechos de todos los españoles. Es una petición imposible». Finalmente, la presión ambiental -la visible y la invisible, la de la clase política y la sociedad civil- lograron que el presidente aguantara el tipo, tal vez con la secreta esperanza, truncada dos veces consecutivas (en las elecciones de abril y en las de noviembre), de que las urnas le permitieran seguir en el poder sin necesidad de pagar el peaje que le exigía el independentismo. Pero ahora ya sabe que su esperanza era vana y que si quiere seguir en Moncloa, lo más fácil para él, aunque sea lo más dañino para España, es dar a Junqueras lo que le negó en febrero.

¿Se atreverá a hacerlo? Pincho de tortilla y caña a que sí. Los datos son concluyentes: el PSC ya defiende abiertamente que Cataluña sea reconocida como nación, el propio Sánchez omite de su discurso la referencia explícita a la Constitución Española (el viernes, en Bruselas, volvió al lenguaje de Pedralbes y dijo que el marco del diálogo debe ser «la seguridad jurídica» a secas) y en el interior del PSOE las únicas voces que se alzan contra lo abominable son las de Page y Lambán. Las bajas han diezmado el coro disidente hasta convertirlo en un simple dúo de viejas glorias. Si Sánchez sigue a los mandos, al Régimen del 78 le quedan dos telediarios.

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